CAMPANAS DEL
TEMPLO
Eran seis las butacas giratorias que se alineaban sobre
el lado opuesto del vagón panorámico de aquel expreso a Kyoto. Oki Toshio
observó que la del extremo giraba en silencio con el movimiento del tren. No
podía quitar los ojos de ella. Las butacas de su lado no eran giratorias.
Estaba solo en el vagón panorámico. Hundido en su asiento
observaba los movimientos de la butaca del extremo. No giraba siempre en la
misma dirección ni con la misma velocidad: a veces se movía con más rapidez,
otras con más lentitud y hasta se detenía y comenzaba a girar en dirección
contraria. Al contemplar aquel sillón giratorio que se movía ante sus ojos en
un vagón desierto, Oki se sintió solitario. Los recuerdos comenzaron a aflorar
en su memoria.
Era el día 29 de diciembre. Viajaba a Kyoto con la
intención de escuchar las campanas que señalaban el comienzo del nuevo año.
¿Cuántos años hacía que escuchaba el tañido de aquellas
campanas por radio? ¿Cuánto hacía que se habían iniciado esas transmisiones?
Probablemente las había escuchado todos los años desde que comenzaran y también
había escuchado los comentarios de los diversos locutores que anunciaban el
sonido de famosas campanas de los templos más antiguos del país. Durante la
transmisión, un año expiraba para dejar paso a otro, de modo que los comentarios
tendían a ser floridos y sentimentales. El sonido profundo de una enorme
campana de templo budista resonaba con largos intervalos y la prolongada reverberación
traía a la conciencia el Japón de antaño y el tiempo transcurrido. Primero eran
las campanas de los templos del Norte, luego las de Kyushu; pero todas las vísperas
de Año Nuevo concluían con las campanas de Kyoto. Eran tantos los templos de
Kyoto, que a veces la radio transmitía los sones entremezclados de cientos de
campanas diferentes.
A medianoche, su esposa y su hija estaban todavía en
pleno trajín, preparando manjares en la cocina, ordenando la casa o, quizá,
disponiendo sus quimonos y arreglando las flores. Oki se sentaba en el comedor
y escuchaba radio. Cuando sonaban las campanas hacía un repaso del año que
concluía. Aquélla le había parecido siempre una experiencia estremecedora. Algunos
años la emoción era violenta y dolorosa. A veces se sentía abrumado por la
pesadumbre y los remordimientos. Aunque el sentimentalismo de los locutores lo
repelía, el tañido de las campanas despertaba un eco en su corazón. Desde hacía
mucho tiempo se sentía tentado por la idea de pasar Año Nuevo en Kyoto, para
escuchar de cerca el sonido de las campanas de los templos.
La idea había vuelto a cobrar cuerpo ese fin de año y, en
un impulso, había decidido viajar a Kyoto. También lo había impulsado un acuciante
deseo de volver a ver a Ueno Otoko después de tantos años y de escuchar las
campanas en su compañía. Otoko no le había escrito desde que se había
establecido en Kyoto; pero vivía en esa ciudad y se había abierto camino como
pintora. Sus trabajos se ajustaban a la tradición japonesa clásica. No se había
casado.
Puesto que el viaje había obedecido a un impulso y le
disgustaba efectuar reservas, Oki se había limitado a dirigirse a la estación
de Yokohama y a instalarse en el vagón panorámico del expreso a Kyoto. Era muy
probable que el tren estuviera completo, pero conocía al camarero y sabía que
éste le conseguiría un asiento.
El expreso a Kyoto le pareció el medio más indicado, porque
partía de Tokyo y de Yokohama a primera hora de la tarde y llegaba a Kyoto al
anochecer. A la vuelta partía de Kyoto en las primeras horas de la tarde.
Siempre viajaba a Kyoto en aquel tren. La mayoría de las azafatas de los
vagones de primera lo conocían de vista.
Le sorprendió encontrar el vagón desierto. Quizá nunca
viajara mucha gente los 29 de diciembre. Quizás el pasaje fuera más numeroso el
31.
Mientras contemplaba aquella butaca del extremo que
giraba, Oki comenzó a pensar en el destino. En ese instante llegó el camarero
con el té.
–¿Estoy completamente solo? –preguntó Oki.
–Hoy sólo viajan cinco o seis pasajeros, señor.
–¿Estará completo el primero de año?
–No, señor. Por lo general no lo está. ¿Usted regresa ese
día?
–Me temo que sí.
–Yo no estaré de servicio, pero me encargaré de que le
solucionen cualquier problema.
–Gracias.
Cuando el camarero hubo partido, Oki paseó la mirada por
el vagón y vio un par de valijas de cuero blanco al pie de la última butaca.
Eran cuadradas, de línea fina y moderna. La blancura del cuero era interrumpida
por unas pálidas manchas parduscas. No era material japonés. Además, había un
gran bolso de piel de leopardo sobre el asiento. Los dueños de aquel equipaje
debían de ser norteamericanos. Probablemente estaban en el coche–comedor.
Los bosques desfilaban junto a la ventanilla,
desdibujados por una espesa bruma que sugería tibieza. Muy arriba de la bruma,
las blancas nubes estaban bañadas en una luz trémula, que parecía ser irradiada
por la tierra. Pero a medida que el tren avanzaba, el cielo se despejó en
totalidad. Los rayos de Sol penetraban oblicuamente por las ventanillas e
iluminaban todo el vagón. Al pasar junto a una montaña cubierta de pinares, Oki
pudo distinguir la pinocha con que estaba alfombrado el suelo. Un macizo de
bambú exhibía sus hojas amarillentas. Del lado del mar, olas centelleantes se
derramaban sobre la playa, contra el fondo negro de un saliente rocoso.
Dos parejas de norteamericanos, de edad madura,
regresaron del coche–comedor y no bien distinguieron el monte Fuji, luego de
pasar Numazu, se instalaron junto a las ventanillas y se dedicaron activamente
a tomar fotografías. Cuando el Fuji quedó por completo a la vista, hasta las
plantaciones de su base, los norteamericanos se habían cansado de fotografiar y
le volvieron la espalda.
El día invernal llegaba a su fin. Oki siguió con los ojos
la oscura línea argentada de un río y luego volvió a contemplar la puesta de
Sol. Durante un largo rato, los últimos rayos, fríos y brillantes, brotaron de
una grieta en forma de arco que se abría en las oscuras nubes y luego
desaparecieron. Las luces se habían encendido en el vagón y, de repente, todas
las butacas giratorias comenzaron a moverse. Pero sólo la del extremo continuó
girando.
Al llegar a Kyoto, Oki fue directamente al Miyako Hotel.
Solicitó una habitación tranquila, con la esperanza de que Otoko lo visitara.
El ascensor pareció haber subido seis o siete pisos; pero como el hotel estaba
construido en gradas sobre la empinada ladera de las Colinas Orientales, el
largo corredor que Oki recorrió lo condujo a un ala de planta baja. Las habitaciones
a lo largo del corredor estaban tan silenciosas que parecían no albergar otros
huéspedes. Poco después de las diez de la noche comenzó a oír a su alrededor
voces que hablaban animadamente en idioma extranjero. Oki preguntó al botones
del piso la razón de aquel repentino alboroto.
Le informaron que en las habitaciones vecinas se alojaban
dos familias y que entre las dos sumaban doce niños. Los niños no sólo se
gritaban entre sí en sus habitaciones sino que correteaban por el pasillo. ¿Por
qué lo habían alojado en medio de aquellos huéspedes tan ruidosos si el hotel
parecía casi vacío? Oki reprimió su fastidio, pensando que los niños no tardarían
en dormirse. Pero el ruido continuó; sin duda los niños se desahogaban después
del viaje. Lo que más lo irritaba eran los correteos por el pasillo. Por fin
abandonó la cama.
La charla en idioma extranjero lo hacía sentirse más
solitario. La butaca que giraba en el vagón panorámico volvió a su memoria. Era
como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón.
Oki había llegado a Kyoto para escuchar las campanas de
Año Nuevo y para ver a Ueno Otoko, pero se preguntó una vez más cuál sería la
verdadera razón. Por supuesto, no estaba seguro de poder verla. Y, sin embargo,
¿no eran las campanas un simple pretexto? ¿No hacía mucho tiempo que anhelaba
la oportunidad de verla? Había viajado a Kyoto con la esperanza de escuchar las
campanas del templo junto a Otoko. Le había parecido que no era una esperanza
tan loca. Pero entre ellos se abría un abismo de muchos años. Si bien ella
seguía soltera, era muy posible que se negara a ver a un antiguo amante, que se
negara a aceptar su invitación.
–No, ella no es así –murmuró Oki.
Pero no sabía qué cambios podían haberse operado en
Otoko. En apariencia, ella vivía en una vivienda situada dentro del predio de
cierto templo y compartía sus habitaciones con una joven discípula. Oki había
visto las fotografías en una revista de arte. No se trataba de una cabaña; era
una casa amplia, con una gran sala de estar, que Otoko utilizaba como estudio.
Hasta había un hermoso jardín antiguo. La fotografía mostraba a Otoko pincel en
mano, inclinada sobre un cuadro. La línea de su perfil era inconfundible. Su figura
era tan esbelta como siempre. Aun antes de que revivieran los viejos recuerdos,
Oki sintió una punzada de remordimiento por haberla privado de la posibilidad
de casarse y de ser madre. Era obvio que nadie podía sentir lo que sentía él al
contemplar esa fotografía. Para la gente que la viera en aquella revista, esa
fotografía no pasaría de ser el retrato de una pintora que se había establecido
en Kyoto y que se había convertido en una típica belleza de esa ciudad.
Oki había pensado en telefonearle al día siguiente o esa
misma noche. También había pensado en pasar por su casa. Pero por la mañana,
cuando los niños vecinos lo despertaron con sus gritos, comenzó a experimentar
dudas y decidió enviarle una nota. Sentado ante la mesa–escritorio contempló
perplejo la hoja de papel con membrete del hotel y llegó a la conclusión de que
no era necesario verla, de que bastaría con escuchar las campanas solo y luego
regresar.
Los niños lo habían despertado temprano, pero cuando las
dos familias extranjeras partieron, se volvió a dormir. Eran casi las once
cuando despertó.
Mientras hacía lentamente el nudo de su corbata recordó
la voz de Otoko: "Deja... Yo te haré el nudo...". En ese entonces
ella tenía quince años y aquéllas habían sido sus primeras palabras después de
haber perdido la virginidad en sus brazos. Oki, por su parte, no había hablado.
No sabía qué decir. La había abrazado con ternura, había acariciado su pelo,
pero no había logrado pronunciar palabra. Luego se había desprendido de sus
brazos y había comenzado a vestirse. Se había incorporado, se había puesto la
camisa y había comenzado a anudarse la corbata. Ella había clavado en su rostro
los ojos húmedos y brillantes, pero no llorosos. Él evitaba aquellos ojos.
Hasta cuando la besaba, antes de que todo sucediera, Otoko había mantenido los
ojos muy abiertos, hasta que él se los cerró con sus besos.
Su voz tenía una dulce nota infantil cuando le pidió que
la dejara anudarle la corbata. Oki sintió una oleada de alivio. Lo que le decía
era completamente inesperado. Quizás estuviera procurando escapar de sí misma;
quizá no fuera una manera de demostrarle que no lo culpaba; sin embargo,
manipulaba la corbata con ternura, a pesar de las dificultades que parecía oponerle
el nudo.
–¿Sabes hacerlo? –había preguntado Oki.
–Creo que sí. Solía observar a mi padre.
El padre había muerto cuando Otoko tenía once años.
Oki se había ubicado en un sillón y había sentado a Otoko
sobre sus rodillas mientras mantenía la barbilla en alto para facilitarle la
tarea. Ella se inclinó ligeramente sobre él mientras hizo y deshizo el nudo varias
veces. Luego se deslizó de sus rodillas y deslizó los dedos por el hombro
derecho de Oki, sin dejar de contemplar la corbata.
–Listo, chiquito. ¿Qué te parece?
Oki se había puesto de pie y se había encaminado al espejo.
El nudo era perfecto. Se restregó el rostro con la palma de la mano. El sudor
había dejado una leve película oleosa sobre él. Apenas si podía mirarse luego
de haber violado a una muchacha tan joven. Por el espejo vio el rostro de Otoko
que se aproximaba al suyo. Deslumbrado por su belleza fresca y punzante, se
volvió hacia ella. Ella rozó su hombro, sepultó el rostro en su pecho y dijo:
–Te amo.
También era extraño que una muchacha de quince años
llamara "chiquito" a un hombre que le doblaba la edad.
Eso había ocurrido veinticuatro años atrás. Ahora él
tenía cincuenta. Otoko debía de tener treinta y nueve.
Después de tomar un baño, Oki encendió la radio y se enteró
de que en Kyoto había helado, ligeramente. El pronóstico anunciaba que las
temperaturas invernales serían moderadas durante aquellos días de fiesta. Oki
desayunó en su habitación con café y tostadas, y adoptó las providencias necesarias
para alquilar un automóvil. Incapaz de tomar una decisión con respecto al
llamado o la visita a Otoko, ordenó al conductor que lo llevara al monte
Arashi. Desde la ventanilla del auto vio que las sierras del norte y del oeste,
bajas y suavemente redondeadas, ostentaban el gélido tono parduzco del invierno
de Kyoto, a pesar de que algunas de ellas estaban bañadas por una pálida luz solar.
Era un cuadro de atardecer. Oki descendió del auto al llegar al puente Togetsu,
pero en lugar de cruzarlo, recorrió la avenida costanera en dirección al parque
Kameyama.
A fin de año, hasta el monte Arashi, tan poblado de turistas
desde la primavera hasta el otoño, se había convertido en un paisaje desierto.
La vieja montaña se levantaba ante él en medio del más completo silencio. La
profunda hoya que formaba el río al pie de la ladera era de un verde límpido. A
la distancia se oían los ruidos de los troncos, que eran descargados de las
balsas alineadas a la orilla del río y cargados en camiones. La ladera que descendía
hasta el río debía de ser la celebrada vista del monte, supuso Oki; pero ahora
estaba en sombras, con excepción de una franja de luz solar sobre el flanco más
distante.
Oki tenía la intención de almorzar solo y tranquilo cerca
del monte Arashi. En ocasiones anteriores había concurrido a dos restaurantes
de la zona. Uno de ellos estaba cerca del puente, pero ahora sus puertas
estaban cerradas. Era muy poco probable que la gente llegara a aquella solitaria
montaña a fin de año. Oki caminó lentamente junto al río y se preguntó si el pequeño
restaurante rústico situado aguas arriba también estaría cerrado. Siempre quedaba
la posibilidad de regresar a la ciudad para almorzar. Cuando ascendía los
gastados peldaños de piedra que conducían al restaurante, una niña le anunció
que todos se habían marchado a Kyoto. ¿Cuántos años hacía que había comido allí
brotes de bambú en caldo de bonito, en la época en que el bambú tiene brotes
tiernos? Descendió nuevamente a la calle y allí advirtió la presencia de una
anciana que barría las hojas de un tramo de chatos peldaños de piedra que
conducían a un restaurante vecino. Le preguntó si estaba abierto y ella
respondió que creía que sí. Oki se detuvo junto a la mujer por unos instantes y
comentó lo tranquila que estaba la zona.
–Sí, uno puede oír lo que habla la gente del otro lado
del río –dijo ella.
El restaurante, oculto entre la arboleda, tenía un viejo
techo de paja de gran espesor y aspecto húmedo y un oscuro portal. Un macizo de
bambú se apretujaba contra el frente. Los troncos de cuatro o cinco espléndidos
pinos rojos asomaban sobre la techumbre de paja. Condujeron a Oki a un salón
privado; pero, aparentemente, él era el único comensal. Muy cerca de los
ventanales se veían arbustos de rojas bayas de acki. Una azalea florecía
solitaria, fuera de temporada. Los arbustos de acki, el bambú y los pinos rojos
atajaban la vista, pero a través de las hojas, Oki alcanzaba a divisar una
profunda hoya verde jade en el río. Todo el monte Arashi estaba tan tranquilo
como aquella hoya.
Oki se sentó ante la kotatsu y apoyó ambos codos sobre la
baja mesa acolchada, bajo la cual se percibía la tibieza de un brasero
alimentado con carbón de leña. Hasta sus oídos llegaron los trinos de un
pájaro. El sonido de los troncos cargados en los camiones resonaba en todo el
valle. Desde algún lugar situado allende las Colinas Occidentales llegó el
silbato quejoso y prolongado de un tren que entraba o salía de un túnel.
Oki no pudo menos que pensar en el débil llanto de un
recién nacido... A los dieciséis años, en el séptimo mes de embarazo, Otoko
había dado a luz. Era una niña. Nada pudo hacerse para salvarla y Otoko no
llegó a verla. Cuando la pequeña murió, el médico aconsejó no comunicar en
seguida la noticia a la madre.
–Señor Oki, quiero que usted se lo diga –había dicho la
madre de Otoko–. Yo me voy a echar a llorar. Pobre criatura; pensar que tiene
que pasar por todo esto a su edad.
En esos días, la madre de Otoko había reprimido su enojo
y su resentimiento. Su hija era todo lo que tenía y cuando supo que la muchacha
estaba encinta ya no se animó a vilipendiar a Oki por ser un hombre casado y
con un hijo. Le faltó coraje, a pesar de que hasta ese entonces se había
mostrado más decidida aún que Otoko. Tenía que apoyarse en Oki para lograr que
la criatura naciera en secreto y luego recibiera ayuda económica. Por otra
parte, Otoko, nerviosa y tensa por el embarazo, había amenazado quitarse la
vida si su madre criticaba a Oki.
Cuando Oki se sentó junto a la cama de Otoko, ésta lo miró
con esos ojos serenos, agotados, de la mujer que acaba de pasar por un parto.
Pero las lágrimas no tardaron en acumularse en las comisuras de esos ojos. Oki
comprendió que ella había adivinado. Las lágrimas fluían sin control. El secó
con rápido gesto las que corrían hacia el oído. Otoko tomó su mano y, por
primera vez, rompió en sollozos. Lloraba y sollozaba como si se hubiera
quebrado un dique.
–Murió, ¿verdad? El bebé ha muerto. ¡Ha muerto!
Se retorcía de angustia y Oki la abrazó y la apretó
contra la cama. Al hacerlo sintió el contacto de uno de sus pequeños y
juveniles pechos –pequeños, pero turgentes de leche– contra su brazo.
La madre de Otoko entró. Quizás hubiera estado aguardando
junto a la puerta.
Oki no aflojó su abrazo.
–No puedo respirar. Suéltame –dijo la muchacha.
–¿Te quedarás quieta? ¿No volverás a moverte?
–Me quedaré quieta.
Oki la dejó en libertad y los hombros de Otoko se
agitaron. Nuevos torrentes de lágrimas comenzaron a filtrarse a través de los
párpados cerrados.
–¿La vas a cremar, madre?
No hubo respuesta.
–¿A una criaturita tan pequeña?
La madre seguía sin responder.
–¿Dices que yo tenía el pelo renegrido cuando nací?
–Sí, renegrido.
–¿Cómo era el de mi bebé? ¿No me puedes guardar un
mechoncito, madre?
–No sé, Otoko –murmuró la madre y, tras una vacilación,
dijo abruptamente–: ¡Tendrás otro!
Luego se volvió con el ceño fruncido, como si hubiera
deseado tragarse sus propias palabras.
¿Acaso la madre de Otoko, y hasta el propio Oki, no habían
deseado en secreto que la criatura no llegara a ver la luz del día? Otoko había
sido internada en una clínica sórdida y pequeña de las afueras de Tokyo.
Oki sintió un súbito y agudo dolor al pensar que la vida
de la criatura podía haberse salvado de estar bien atendida en un buen
hospital. El solo la había llevado a la clínica; la madre no se había sentido
con fuerzas para acompañarlos. El médico era un hombre maduro, de rostro
congestionado por el alcohol. La joven enfermera dirigió una mirada acusadora a
Oki. Otoko llevaba un quimono, de corte infantil aún, y una capa de seda azul
oscuro.
La imagen de un bebé prematuro con pelo renegrido se
presentó ante los ojos de Oki allí, en el monte Arashi, veinte años después.
Reverberó en el bosque invernal y en las profundidades de la verde hoya. Golpeó
las manos para llamar al camarero. Era evidente que no aguardaban comensales y
le llevaría largo tiempo preparar la comida. Una muchacha le trajo té y
permaneció junto a él charlando y charlando como si quisiera mantenerlo
entretenido. Una de las historias que le narró se refería a un hombre hechizado
por un tejón. Lo habían encontrado chapoteando en el río al amanecer y pidiendo
socorro. Avanzaba a los tropezones en las zonas de poca profundidad, bajo el
puente Togetsu, un lugar en el que cualquiera puede salir del agua por sus
propios medios. Según parecía, después que lo rescataron y volvió en sí, relató
que había estado errando toda la noche por la montaña, como un sonámbulo...
Después de eso sólo recordaba el río.
Por fin, la cocina tuvo listo el primer plato: rodajas de
carpa plateada fresca. Oki la acompañó con un poco de sake.
Al partir, volvió a contemplar el pesado techo de paja.
El decadente encanto de su musgo lo atraía, pero la dueña del restaurante le
explicó que la sombra de los árboles nunca le permitía secarse realmente. No
era muy antiguo; hacía menos de diez años que habían renovado la paja.
Cerca del puente Togetsu volvió a subir al automóvil, con
la intención de visitar el cementerio de Adashino. En el atardecer invernal,
aquel bosque de tumbas y figuras Jizo serenaría sus sentimientos. Pero al ver
lo oscura que estaba la alameda que conducía al templo de Gio, ordenó al
conductor que regresara. Decidió entonces detenerse en el Templo del Musgo y
luego regresar al hotel.
Los jardines del templo estaban casi desiertos. Sólo los
recorría una pareja que parecía en luna de miel. Había pinocha esparcida sobre
el musgo y el reflejo de los árboles en el estanque se iba desplazando a medida
que él avanzaba. En el camino de regreso al hotel, las Colinas Orientales parecían
incandescentes bajo la luz anaranjada del sol poniente.
Luego de tomar un baño para entrar en calor, Oki buscó el
número de Ueno Otoko en la guía telefónica. Una voz de mujer joven atendió, sin
duda la discípula, e inmediatamente le pasó el teléfono a Otoko.
–Hola.
–Habla Oki –se produjo una pausa–. Habla Oki. Oki Toshio.
–Sí. Ha pasado tanto tiempo.
Ella hablaba con un suave acento de Kyoto.
Oki no sabía cómo comenzar, de modo que siguió hablando
rápidamente para no turbarla demasiado, como si su llamado obedeciera a un
repentino impulso.
–He venido para escuchar las campanas de Año Nuevo en
Kyoto.
–¿Las campanas?
–¿No quieres escucharlas conmigo?
Oki tuvo que repetir la pregunta, pero aun así ella no
respondió. Probablemente estaba demasiado sorprendida para saber qué decir.
–¿Viniste solo? –preguntó, por fin, tras una larga pausa.
–Sí. Sí, estoy solo.
Una vez más Otoko permaneció en silencio.
–Regresaré el 1° por la mañana... Sólo quería escuchar
junto a ti las campanas que despiden el año viejo. Ya sabes que no soy muy
joven. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos? Es tanto
tiempo que ya no me animaría a pedirte que me dejaras verte, salvo en una
ocasión como ésta.
No hubo respuesta.
–¿Puedo llamarte mañana?
–No, no lo hagas –respondió Otoko–. Yo pasaré por ti. A
las ocho... Quizás eso sea demasiado temprano... Digamos a las nueve, en tu hotel.
Reservaré mesa en algún lugar.
Oki había esperado reunirse con ella en una cena tranquila,
pero las nueve significaba después de comer. Con todo, estaba contento de que
ella hubiese aceptado. La Otoko
de sus viejos recuerdos volvía a cobrar vida.
Pasó el día siguiente solo en su habitación de hotel, de la
mañana a la noche. El hecho de ser el último día del año hacía que el tiempo
pareciera transcurrir con mayor lentitud aún. No había nada que hacer. Tenía
amigos en Kyoto, pero no tenía ganas de verlos ese día. Además, no quería que
nadie se enterara de su presencia en la ciudad. Conocía muchos buenos restaurantes
con tentadoras especialidades de Kyoto, pero decidió ordenar una comida simple
en el hotel. Por eso, el último día del año estuvo colmado de recuerdos de
Otoko. Al volver una y otra vez a su memoria, los recuerdos se fueron haciendo
más vívidos. Hechos ocurridos veinte años atrás estaban más vivos en su mente
que los sucesos de la víspera.
Demasiado lejos de la ventana como para ver la calle, Oki
permaneció sentado con los ojos clavados en las Colinas Occidentales, que se levantaban
sobre los techos de la ciudad. Comparada con Tokyo, Kyoto era una ciudad tan
pequeña e íntima que hasta las Colinas Occidentales parecían al alcance de la
mano. Mientras las contemplaba, una nube traslúcida, de un tono dorado pálido,
que flotaba sobre las cumbres, adquirió una fría tonalidad ceniza. Atardecía.
¿Qué eran los recuerdos? ¿Qué era ese pasado que él recordaba
con tanta nitidez? Cuando Otoko se trasladó a Kyoto con su madre, Oki tuvo la
seguridad de que su relación había terminado. ¿Pero había terminado realmente?
No podía evitar el dolor de saber que había arruinado la vida de aquella mujer,
que posiblemente la había privado de toda oportunidad de ser feliz. ¿Pero qué
habría pensado ella de él en todos esos años de soledad? La Otoko de sus recuerdos era
la mujer más apasionada que había conocido. ¿Acaso la nitidez de aquellos recuerdos
no significaba que ella no se había separado de él?
Aunque nunca había vivido en Kyoto, las luces de la
ciudad al atardecer despertaron en él una vaga nostalgia. Quizá todos los
japoneses se sintieran así. Pero lo cierto era que Otoko estaba en aquella
ciudad.
Inquieto, Oki tomó un baño, se cambió de ropa y comenzó a
pasearse por la habitación, deteniéndose de vez en cuando para observar su
propia imagen en el espejo mientras aguardaba la llegada de Otoko.
Eran las nueve y veinte cuando una llamada del hall
anunció la presencia de la señorita Ueno.
–Dígale que en seguida estaré allí –respondió Oki,
mientras se preguntaba si no sería mejor hacerla subir.
No vio a Otoko en el amplio hall. Una muchacha joven se
le aproximó y preguntó muy cortésmente si él era el señor Oki. Le explicó
entonces que la señorita Ueno le había rogado que pasara a buscarlo.
–¿Ah, sí? –exclamó Oki, esforzándose por que su voz
sonara indiferente–. Le agradezco mucho su atención.
Él había esperado a Otoko y ahora sentía que ella lo estaba
eludiendo. Los vívidos recuerdos que habían colmado su día parecían disiparse.
Oki permaneció un rato en silencio en el automóvil que
los estaba aguardando. Por fin preguntó:
–¿Es usted la discípula de la señorita Ueno?
–Sí.
–¿Y vive con ella?
–Sí. Además hay una criada.
–Supongo que usted es de Kyoto.
–No, soy de Tokyo. Pero me enamoré de los trabajos de la
señorita Ueno y vine en su busca y ella me aceptó.
Oki observó a la muchacha. Había advertido su belleza desde
el momento en que le dirigió la palabra en el hotel y ahora admiraba la perfección
de su perfil. Su cuello era largo y esbelto y sus orejas, de una delicadeza
incomparable. En conjunto era perturbadoramente bella. Pero hablaba en tono
sereno; su modo era más bien reservado. Se preguntó si sabría lo ocurrido entre
Otoko y él, algo que había sucedido antes de que ella naciera.
–¿Siempre usa quimono? –le preguntó de pronto.
–No, no soy tan formal –respondió ella con un poco más de
soltura–. De diario, por lo general, uso pantalones. La señorita Ueno me aconsejó
que me vistiera con más esmero, porque el Año Nuevo llegará mientras estemos fuera
de casa.
Por lo visto, la joven también escucharía con ellos las
campanas. Oki comprendió que Otoko quería evitar encontrarse a solas con él.
El automóvil cruzó el parque Maruyama, en dirección al
Templo Chionin. En el reservado de una antigua y elegante casa de té los aguardaba
Otoko, acompañada por dos aprendices de geisha. Nueva sorpresa para Oki. Otoko
estaba sentada sola ante la kotatsu con las rodillas bajo la carpeta. Las dos
geishas se habían sentado una frente a la otra, junto a un brasero abierto. La
muchacha que lo había acompañado se arrodilló en el vano de la puerta e hizo
una reverencia.
Otoko se apartó de la kotatsu para saludarlo.
–Cuánto tiempo que no nos veíamos –dijo–. Pensé que te
gustaría estar cerca de la campana de Chionin, pero me temo que aquí no podrán
ofrecernos nada elaborado, en realidad cierran los días de fiesta.
Todo lo que pudo hacer Oki fue agradecerle las molestias
que se había tomado. ¡Pero eso de esperarlo con dos geishas, además de la
discípula! Ni siquiera podría aludir al pasado compartido o permitir que sus
miradas lo delataran. La llamada telefónica del día anterior debía de haberla
turbado y preocupado tanto que había decidido invitar a las geishas. ¿Sería
aquella resistencia a permanecer a solas con él un indicio de sus sentimientos?
Oki lo pensó en el momento en que se enfrentó con ella. Pero le bastó una
mirada para sentir que su recuerdo aún vivía en el corazón de Otoko. Era
probable que los demás no lo advirtieran. O quizá sí, puesto que la muchacha
estaba siempre junto a ella, y las geishas, aunque jóvenes, eran mujeres
experimentadas en el amor. Por supuesto, ninguna de las tres reveló el menor
indicio.
Otoko permaneció a un lado, entre las dos geishas, e invitó
a Oki a sentarse ante la kotatsu. Luego hizo que su discípula ocupara el lugar
opuesto al de Oki. Parecía estar evitándolo una vez más.
–¿Se ha presentado usted al señor Oki, señorita Sakami?
–preguntó en tono ligero y luego procedió a la presentación formal: –Esta es
Sakami Keiko, que comparte mi casa. Aunque no lo parezca es un poco loca.
–¡Ay, señorita Ueno!
–Pinta cuadros abstractos con un estilo muy propio. Su
pintura es tan apasionada, que a veces parece un poco loca. Pero a mí me
encanta; la envidio. Tiembla cuando pinta.
Una camarera entró llevando sake y bocadillos. Las dos
geishas se encargaron de servir.
–Nunca sospeché que escucharía las campanas en esta compañía
–comentó Oki.
–Pensé que resultaría más grato con gente joven. Uno se
siente solitario cuando suenan las campanas y sabe que ha envejecido un año
más.
Otoko hizo una breve pausa y siguió hablando sin levantar
los ojos.
–A veces me pregunto por qué he seguido viviendo tanto
tiempo.
Oki recordó que dos meses después de la muerte del bebé,
Otoko había ingerido una sobredosis de píldoras para dormir. ¿Lo habría recordado
ella también? Él había corrido a su lado no bien se enteró. Los esfuerzos de la
madre de Otoko por lograr que la muchacha lo abandonara habían provocado aquel
intento de suicidio. No obstante eso, la mujer lo había hecho llamar. Oki se
trasladó a casa de Otoko y de su madre para colaborar en el cuidado de la joven.
Hora tras hora masajeaba sus muslos, hinchados y duros por las inyecciones. La
madre entraba y salía de la cocina trayendo toallas humeantes. Otoko yacía
desnuda bajo el liviano quimono. Sus esbeltos muslos de adolescente estaban
grotescamente hinchados por las inyecciones. A veces, cuando los masajeaba con
fuerza, sus manos resbalaban a la cara interna. Mientras la madre estaba fuera
de la habitación, limpiaba los desagradables humores que fluían entre las
piernas de la muchacha. Sus propias lágrimas de piedad y de amarga vergüenza
caían sobre aquellos muslos y se juraba a sí mismo que la salvaría, que nunca
más se apartaría de ella, sucediera lo que sucediera.
Los labios de Otoko habían adquirido una tonalidad violácea.
Oki oía los sollozos de la madre en la cocina. Allí la encontró hecha un
ovillo.
–¡Se está muriendo!
–Usted ha hecho todo lo que ha podido –trató de consolarla.
–Y usted también –dijo ella tomándole una mano.
Permaneció junto a Otoko tres días, sin dormir. Por fin
ella abrió los ojos. Se retorcía y gemía de dolor, se rasguñaba como en un
frenesí. Luego sus ojos vidriosos se clavaron en él.
–¡No, no! ¡Vete!
Dos médicos habían volcado todos sus esfuerzos en ella,
pero Oki sentía que su propia devoción había contribuido a salvarle la vida.
Era muy probable que la madre de Otoko no le hubiera dicho a su hija todo lo
que él había hecho; pero para él era inolvidable. El recuerdo de sus muslos
desnudos, mientras él los masajeaba para devolverle la vida, era más vívido aún
que el de su cuerpo rendido en el abrazo. Los veía ante sus ojos hasta en ese
momento, mientras estaba sentado allí, junto a ella, esperando escuchar la
campana del templo.
No bien alguien llenaba su taza de sake, Otoko la bebía
hasta el final. Era evidente que sabía resistir la bebida. Una de las geishas
comentó que la campana demoraba una hora en emitir los ciento ocho sones. Ambas
geishas vestían quimonos corrientes. No se habían arreglado para una fiesta. No
llevaban obis semejantes a una mariposa y, en lugar de las vistosas horquillas
con flores, sólo lucían graciosas peinetas en el pelo. Ambas parecían ser
amigas de Otoko; pero Oki no comprendía por qué habían concurrido a aquella reunión
sin lucir las galas que exigía la fecha.
Mientras bebía y escuchaba la frívola charla de sus
suaves voces, tan características de Kyoto, sintió que el corazón se le
aligeraba. Otoko había sido muy astuta. Había evitado estar a solas con él,
pero quizá también hubiera procurado calmar sus propias emociones ante aquella
reunión inesperada. El solo hecho de estar sentados allí, próximos el uno al
otro, creaba una corriente de sentimientos entre ambos.
Se oyó el tañir de la gran campana de Chionin, y el silencio
descendió sobre la habitación. El sonido de la desgastada y antiquísima campana
carecía ya de pureza, pero sus reverberaciones flotaron largo rato en el aire
nocturno. Luego de un intervalo resonó otra campanada. Parecía provenir de un
lugar muy próximo.
–Estamos demasiado cerca –opinó Otoko–. Me dijeron que
éste era un buen lugar para escuchar la campana de Chionin, pero pienso que el
sonido nos hubiera llegado mejor si hubiéramos estado un poco más lejos, quizás
en algún lugar de la orilla del río.
Oki corrió el panel de papel de una de las ventanas y vio
que el campanario estaba justamente debajo del pequeño jardín de la casa de té.
–Está ahí mismo –exclamó–. Desde aquí se ve cómo la hacen
sonar.
–Estamos realmente demasiado cerca –repitió Otoko.
–No, está muy bien así –la tranquilizó Oki–. Me alegro de
estar tan cerca, después de haberla escuchado tantas veces por radio para Año
Nuevo.
Pero ella tenía razón; faltaba algo. Frente al campanario
se habían reunido algunas figuras borrosas. Oki cerró el postigo y regresó a la
kotatsu. Al resonar las siguientes campanadas dejó de esforzarse por escucharlas
con atención y entonces percibió el sonido que sólo puede producir una
magnífica campana antigua, un sonido que parece atronar los aires con toda la
fuerza latente de un mundo lejano.
Al abandonar la casa de té se encaminaron al santuario de
Gion para asistir a la tradicional ceremonia de Año Nuevo. Mucha gente regresaba
ya, agitando cuerdas con el extremo encendido en el fuego del santuario. Según
una vieja costumbre, ese fuego serviría para encender el fogón, en el cual se
prepararían los platos para las fiestas.
PRIMAVERA
TEMPRANA
Oki se había detenido en una colina, con la mirada
perdida en las púrpuras de la puesta de Sol. Había estado trabajando desde la
una y media de la tarde, y había abandonado la casa para dar un paseo, luego de
completar uno de los capítulos de una novela en serie que publicaría un
periódico. Vivía en los ondulados suburbios del norte de Kamakura y su casa
estaba al otro lado del valle. El fulgor rojizo se elevaba a gran altura por
sobre el horizonte. Los cálidos tonos purpúreos sugerían la presencia de alguna
sutil capa nubosa. Las puestas de Sol púrpuras eran muy poco habituales. Las
gradaciones de color del oscuro al claro eran tan delicadas como si se las
hubiera logrado pasando un ancho pincel sobre un papel de arroz mojado. La
suavidad de aquel púrpura anunciaba la llegada de la primavera. En un sector,
la bruma era rosada. En aquel lugar debía de estar ocultándose el Sol.
Recordó que en su viaje de regreso de Kyoto, al
atardecer, las vías habían brillado con un resplandor carmesí hasta la
distancia. Al penetrar en la sombra de las montañas, el fulgor carmesí se
perdía. El tren penetró en un desfiladero y de pronto se hizo noche. Pero el
cálido carmesí de aquellas vías le había recordado una vez más el pasado
compartido con Otoko. Ella había evitado quedar a solas con él, pero ese mismo
hecho le hacía sentir que su recuerdo aún estaba vivo en ella. Cuando regresaban
del santuario de Gion, unos borrachos los habían acosado y habían intentado
tocar el alto rodete de las dos jóvenes geishas. Aquel comportamiento era muy
raro en Kyoto. Oki se puso junto a las geishas para protegerlas, mientras Otoko
y su discípula los seguían unos pocos pasos atrás.
Al día siguiente, cuando estaba por subir al tren,
mientras se repetía que era inútil esperar que Otoko lo despidiera en la
estación, apareció su discípula Sakami Keiko.
–¡Feliz Año Nuevo! La señorita Ueno tenía intenciones de
venir a despedirlo, pero tuvo que hacer algunas llamadas de Año Nuevo que le
ocuparán toda la mañana y por la tarde recibirá visitas. Por eso he venido en
su lugar.
–Muy amable de su parte –replicó Oki.
La belleza de la muchacha atraía la atención de las pocas
personas que viajaban aquel día de fiesta.
–Es la segunda vez que usted se incomoda por mí.
–Es un placer.
Keiko llevaba el mismo quimono de la noche anterior: una
prenda de satén estampado en el que predominaban los tonos de azul, con un
motivo de pájaros que revoloteaban entre copos de nieve. Los pájaros ponían una
nota de color, pero el conjunto era bastante sombrío para ser la vestimenta
festiva de una muchacha tan joven.
–Muy elegante su quimono. ¿El estampado es obra de la
señorita Ueno?
–No –dijo Keiko y se ruborizó un poco–. Es obra mía, pero
no resultó como esperaba.
Pero lo cierto era que ese quimono oscuro hacía resaltar
la perturbadora belleza de Keiko. Además había algo juvenil en la decorativa armonía
de colores y en las variadas formas de los pájaros. Hasta los copos de nieve
parecían estar danzando.
La muchacha le entregó varias cajas de bocadillos típicos
de Kyoto para que comiera en el tren y le señaló que se las enviaba Otoko.
Durante los minutos que el tren permaneció en la
estación, Keiko estuvo de pie junto a la ventanilla. Al verla así, enmarcada
por la ventanilla, Oki pensó que quizás aquel fuera el período en que la
belleza de aquella mujer había llegado a su esplendor. Él no había visto a
Otoko en el apogeo de su belleza juvenil. Tenía dieciséis años cuando se separaron.
Oki comió temprano; alrededor de las cuatro y media. En
las cajas encontró una variedad de comidas de Año Nuevo, entre las que
figuraban algunas bolitas de arroz de forma perfecta. Parecían expresar las emociones
de una mujer. Sin duda la propia Otoko las había preparado para el hombre que,
mucho tiempo atrás, había destruido su tierna juventud.
Al masticar aquellos bocadillos de arroz, sintió el
perdón de la mujer en su lengua y en sus dientes. No, no era perdón, era amor.
Estaba seguro de que era amor, un amor que aún ardía en lo más hondo de su ser.
Todo lo que él sabía de la vida de Otoko en Kyoto era que ella se había abierto
camino como pintora sin ninguna ayuda. Quizás hubieran existido en su vida
otros amores, otras historias sentimentales. Pero sabía que ella sentía por él
el desesperado amor de la adolescencia. Él, por su parte, había tenido
relaciones con otras mujeres; pero nunca había vuelto a amar con la misma
intensidad.
Pensó que el arroz era delicioso y se preguntó si
provendría de la región de Kyoto. Comió un bocadillo de arroz tras otro.
Estaban sazonados a la perfección, ni demasiado salados ni demasiado insípidos.
Unos dos meses después de su intento de suicidio, Otoko
había sido internada en una clínica psiquiátrica con ventanas enrejadas. Lo
supo por la madre, pero no le permitieron verla.
–Si usted quiere, puede verla desde el corredor –le había
dicho la madre–; pero yo preferiría que no lo hiciera. Me horroriza la idea de
que usted vea a la pobre criatura en esas condiciones, y ella se perturbaría
mucho si lo viera.
–¿Cree usted que me reconocería?
–¡Por supuesto que sí! ¿Acaso todo esto no es por su causa?
Oki no tenía respuesta para eso.
–Pero dicen que no ha perdido la razón. El doctor dice
que no me preocupe, que sólo permanecerá internada por un breve lapso.
La madre hizo una pausa y luego colocó los brazos como
para acunar a un bebé.
–Con frecuencia adopta esta actitud –prosiguió–. Reclama
a su bebé. Es realmente digna de lástima.
Otoko abandonó la clínica unos tres meses después. La
madre quiso hablar con Oki.
–Sé que usted tiene esposa y un hijo, y Otoko tiene que
haberlo sabido desde el comienzo. Por eso quizá crea que la loca soy yo, al preguntarle
a mi edad si... –temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas– ¿no puede
casarse con ella?
–Lo he estado pensando –murmuró Oki con aire desdichado.
En su hogar se habían producido escenas tempestuosas
también. Su esposa tenía por ese entonces poco más de veinte años.
–Usted puede hacer de cuenta que no me ha oído, puede
hacer de cuenta que yo también estoy un poco fuera de mis cabales. Nunca volveré
a pedírselo. No le digo que lo haga inmediatamente. Ella puede esperar unos
años... cinco o seis, si es necesario... Ella va a seguir esperando lo quiera
yo o no... Es de ese tipo de chica. Y no tiene más que dieciséis años.
Oki pensó que Otoko debía de haber heredado de su madre
aquel temperamento apasionado.
Transcurrido un año, la madre de Otoko vendió su casa de
Tokyo y llevó a su hija a vivir a Kyoto. Otoko completó sus estudios en un
colegio secundario de esa ciudad y luego ingresó en una academia de arte.
Más de veinte años después, volvían a reunirse para escuchar
juntos la campana de Chionin y ella le enviaba la cena que él consumía en el
viaje de regreso a Tokyo. Toda la comida festiva que le había enviado parecía
estar dentro de las tradiciones de Kyoto, pensó Oki mientras recogía uno a uno
los bocados con sus palillos. Hasta el desayuno que le sirvieron aquella mañana
en el hotel incluía un cuenco de la tradicional sopa de Año Nuevo. Pero era una
simple manera de guardar las formas; el verdadero sabor de la festividad estaba
en aquella comida enviada por Otoko. En su propia casa, en Kamakura, la comida
sería muy occidental, al estilo de las que se ven en las fotografías de color
de las revistas femeninas.
Era natural que alguien que ocupaba una posición tan expectable
como la que ocupaba Otoko tuviera que hacer "llamadas de Año Nuevo",
como había dicho Keiko; pero podría muy bien haber reservado diez o quince
minutos para concurrir a la estación. Una vez más se mantenía a distancia de
él. Pero aunque no había podido decir nada en presencia de otros, él advertía
que el pasado común creaba una corriente entre ambos. Y aquella cena era una
prueba más.
Cuando el tren comenzó a moverse, Oki golpeó el vidrio
con los nudillos, levantó un poco la ventanilla para que Keiko lo oyera, le dio
las gracias una vez más y la invitó a visitarlo, cuando fuera a Tokyo.
–Nos encontrará con toda facilidad: basta con que
pregunte en la estación Kamakura Norte. Y envíeme alguna tela suya ¿eh? Una
pintura abstracta, de esas que la señorita Ueno califica de un poco locas.
–¡Qué vergüenza me da! ¡Qué la señorita Ueno diga una
cosa como ésa...!
Por un instante brilló una chispa muy extraña en los ojos
de la muchacha.
–¿Pero acaso no ha dicho también que le envidia su talento?
El tren se detenía en la estación por un breve lapso y
aquella conversación con Keiko también había sido breve.
Oki, por su parte, nunca había escrito una novela
"abstracta", a pesar de que algunas de sus novelas tenían elementos
de fantasía. El lenguaje puede considerarse como abstracto o simbólico, en la
medida en que difiere de la realidad cotidiana, y él había tratado de reprimir
esas tendencias en sus escritos. Siempre le había gustado la poesía simbolista
francesa y también la poesía haiku y medieval japonesa; pero desde que
comenzara a escribir se había esforzado por aprender a usar un lenguaje abstracto,
simbólico, dentro de un estilo concreto, realista. Sin embargo, había pensado
que al profundizar esa forma de expresión sus escritos podían llegar a adquirir
una calidad simbólica.
¿Cuál era, por ejemplo, la relación entre la Otoko de su novela y la
verdadera Otoko? Resultaba difícil definirla.
De todas sus novelas, la de vida más larga era la que
narraba la historia de sus amores con ella. Era muy leída hasta el presente. La
publicación de aquella novela había causado más daño aún a Otoko al atraer
sobre ella miradas curiosas. Y sin embargo, ¿por qué ahora, décadas más tarde,
el personaje conquistaba el afecto de tantos lectores?
Podría decirse que había sido la Otoko de su novela, más que
la muchacha que había servido de modelo, la que había ganado el afecto de los
lectores. Aquella historia no era la de Otoko misma, sino algo que él había
escrito. El había añadido a esa historia toques imaginativos y de ficción y la
había idealizado hasta cierto punto. Dejando eso de lado, ¿quién podía afirmar
cuál de las dos era la verdadera Otoko: la que él había descrito o la que ella
podía haber creado al relatar su propia historia?
Con todo, la muchacha de su novela era Otoko. La novela
no podría haber existido sin su historia de amor. Y esa historia era la razón
de que la novela fuera tan leída. Si él no hubiera conocido a Otoko, nunca
habría sabido lo que era un amor como aquél. El encontrar un amor como aquél a
los treinta años podía considerarse una fortuna o una desdicha –él no habría
sabido decir qué era–, pero no cabía duda de que había posibilitado su exitoso
debut como autor.
Oki había intitulado su novela Una chica de dieciséis. Era un título simple, directo; pero en
aquel tiempo la gente se escandalizaba de que una adolescente, una niña en edad
escolar, tuviera un amante, diera a luz a un niño prematuro y sufriera un colapso
nervioso. A Oki, su amante, aquello no lo había escandalizado y, por supuesto,
no había escrito sobre el asunto con ese espíritu. Ni siquiera la había
considerado como una muchacha extraña. La actitud mental del autor era simple y
directa como el título y Otoko aparecía como una niña pura y ardiente. Había
procurado dar vida a su recuerdo del rostro, del cuerpo, de la manera de moverse
de la muchacha. En una palabra, había volcado todo su amor fresco y juvenil en
aquel libro. Probablemente ésa fuera la razón del éxito. Era la trágica
historia de amor de una muchacha muy joven y de un hombre joven aún, pero
casado y con un hijo. Pero la belleza de aquella historia había sido acentuada
hasta el punto de escapar a cualquier cuestionamiento moral.
En los tiempos en que se reunía con ella en secreto,
Otoko lo sorprendió una vez al decirle:
–Tú eres de los que siempre se preocupan por lo que pueden
pensar los demás, ¿no? Deberías ser más audaz.
–Me parece que soy bastante desvergonzado. ¿Qué me dices
de esta situación?
–No. No hablo de nosotros –dijo ella e hizo una pausa–.
Me refiero a todo... Deberías ser más tú mismo.
Al no encontrar respuesta, Oki había reflexionado sobre
sí mismo.
Mucho tiempo después, las palabras de la muchacha
continuaban grabadas en su mente. Sentía que aquella criatura veía con extrema
claridad su carácter y su vida, porque lo amaba. En lo sucesivo había accedido
a su propia voluntad con harta frecuencia, pero cada vez que comenzaba a
preocuparse por la opinión de los demás recordaba las palabras de Otoko. Recordaba
el momento en que las había pronunciado.
El había dejado de acariciarla por unos instantes. Otoko,
pensando quizá que eso obedecía a lo que ella acababa de decir, había sepultado
el rostro en el ángulo de su brazo. Luego había comenzado a morderlo, cada vez
con más fuerza. Oki mantenía el brazo inmóvil y soportaba el dolor.
–Me haces doler –dijo, por fin, aferrándola por el pelo y
apartándola.
La sangre brotaba de las marcas que los dientes de la
muchacha habían dejado en su brazo. Otoko lamió la herida.
–Lastímame a mí –dijo.
Oki contempló el brazo juvenil y lo acarició desde la
punta de los dedos hasta el hombro. Luego le besó el hombro. Ella se estremeció
de placer.
El hecho de que escribiera Una chica de dieciséis no fue un resultado de aquellas palabras
"deberías ser más tú mismo"; pero Oki las tuvo muy presentes al
escribir la novela. El libro se publicó dos años después de la separación.
Otoko vivía en Kyoto. Sin duda, su madre había abandonado Tokyo al ver que él
no accedía a su pedido; probablemente no pudo soportar más la pena que compartía
con su hija. ¿Qué habrían pensado ellas de su novela, del éxito que había
logrado él con una obra que penetraba tan profundamente en sus vidas? Nadie había
inquirido acerca de la existencia real de quien había servido de modelo al
joven autor. Sólo años después, cuando Oki tenía cincuenta años y se comenzaba
a investigar su carrera, se supo que el personaje estaba basado en Otoko. Eso
ocurrió después de la muerte de la madre de Otoko y, para entonces, ésta ya
había adquirido renombre como pintora. Las revistas habían comenzado a publicar
su fotografía con la leyenda: "La heroína de Una chica de dieciséis". Oki suponía que aquellas fotos habían
sido utilizadas sin el consentimiento de Otoko. Por supuesto, ella no accedía a
entrevistas que giraran en torno a aquel tema.
Oki no había tenido noticias de ella ni de su madre ni
siquiera cuando apareció la novela. Los problemas habían surgido en su propio
hogar, como era de esperar. Antes de su casamiento, Fumiko había sido dactilógrafa
en una agencia noticiosa, de modo que Oki le había entregado todos sus manuscritos
para que los mecanografiara. Era algo así como un juego de enamorados, la dulce
comunión de la pareja nueva; pero había algo más que eso.
Cuando se publicó su primer trabajo en una revista, él
había quedado atónito ante la diferencia de efecto entre el manuscrito y la
letra impresa. Con el tiempo adquirió experiencia y comenzó a anticipar el
efecto de sus palabras en la página de imprenta. No es que escribiera pensando
en ello; nunca lo recordaba. Pero la brecha entre manuscrito y obra publicada comenzó
a desaparecer. Había aprendido a escribir para que sus palabras se publicaran.
Hasta los pasajes que parecían tediosos o incoherentes en el manuscrito, resultaban
precisos y densos una vez publicados. Quizás eso significara que él había
aprendido su oficio. Solía aconsejar lo siguiente a los escritores noveles:
"Traten de lograr que se imprima alguno de sus trabajos, en una pequeña
revista o algo así. Verán qué distinto es del manuscrito... Y los sorprenderá
comprobar lo mucho que se aprende de eso".
En la actualidad el método habitual utilizado en imprenta
es la tipografía. Pero hasta eso habría de depararle una sorpresa, aunque de
naturaleza opuesta. Por ejemplo:
él siempre había leído La historia de Genji en los menudos
tipos de las ediciones modernas; un día cayó en sus manos un precioso ejemplar
impreso con métodos antiguos y el resultado de la lectura fue completamente
distinto. ¿Cómo habría impresionado a quienes la leían en aquellos bellísimos
manuscritos de la época de la
Corte de Heian? Mil años atrás, La historia de Genji era una
novela moderna. Nunca más se la volvería a leer así, por mucho que hubieran
progresado los estudios sobre Genji. Con todo, las ediciones antiguas brindaban
un placer más intenso que las modernas. Lo mismo ocurría, sin duda alguna, con
la poesía del período Heian. Y en cuanto a la literatura posterior, Oki había
procurado leer a Saikaku en facsímiles de las ediciones del siglo XVII, no por
pedantería sino en un intento por aproximarse todo lo posible a la obra
original. Pero leer novelas contemporáneas en facsímiles de los manuscritos era
un simple esnobismo. Las novelas contemporáneas han sido escritas para que se
las lea en letra de imprenta, no en un manuscrito sin ningún encanto.
Cuando Oki se casó con Fumiko ya no existía una brecha
importante entre sus manuscritos y las versiones impresas; pero dado que su esposa
era una excelente dactilógrafa, él prefería hacérselos transcribir. Los
manuscritos mecanografiados en japonés se aproximaban mucho más a la imprenta
que los escritos a mano. Además, él sabía que todos los manuscritos occidentales
surgían directamente de la máquina de escribir o eran transcriptos en ésta.
Pero las novelas de Oki mecanografiadas parecían más frías y más chatas que el
original a mano y que la versión final impresa, en parte debido a que él no
estaba habituado a leerlas así. Sin embargo, justamente eso le permitía
reconocer mejor los defectos y facilitaba las correcciones y las revisiones. De
modo que Fumiko se acostumbró a mecanografiar todos sus trabajos.
Y así surgió el problema del manuscrito de Una chica de dieciséis. Pedirle a Fumiko
que la pasara en limpio significaría someterla a un martirio y a una
humillación. Sería una crueldad.
Cuando él había conocido a Otoko, su esposa tenía
veintidós años y acababa de dar a luz al primer hijo del matrimonio. Por
supuesto que intuyó la historia de amor de su marido. Solía salir por las
noches, llevando a su hijo a la espalda y vagaba a lo largo de las vías del ferrocarril.
En una oportunidad en que ella faltó de su hogar por varias horas, Oki la
encontró en el jardín, apoyada contra el viejo ciruelo, sin voluntad de entrar
en la casa. El había salido a buscarla y escuchó sus sollozos al llegar a la
verja.
–¿Qué estás haciendo allí? Sólo conseguirás que el niño
se enferme.
Eso había ocurrido a mediados de marzo, aún hacía bastante
frío. El niño se enfermó. Debió ser internado con un comienzo de neumonía.
Fumiko permaneció junto a él en el hospital.
–Será mejor para ti que muera –le dijo a su esposo–. Si
eso ocurre no tendrás inconvenientes en dejarme.
Aun en aquella situación, Oki aprovechó la ausencia de su
esposa para ver a Otoko con más frecuencia. El niño se salvó.
Al año siguiente, cuando Otoko tuvo la criatura antes de
tiempo, Fumiko se enteró del hecho a través de una carta de la madre de Otoko,
que encontró por casualidad. El que una muchacha tan joven tuviera un hijo no
era sorprendente en sí, pero Fumiko nunca había pensado en ello. En la violenta
escena que siguió a su descubrimiento, cayó en un estado de frenético furor que
la llevó a morderse la lengua. Cuando Oki vio la sangre que corría por las
comisuras de los labios, la obligó a abrir la boca y le introdujo la mano en
ella hasta que Fumiko comenzó a asfixiarse y a hacer arcadas y, por fin,
aflojó. Los dedos de Oki sangraban cuando los extrajo de la boca de su esposa. Ante
ese espectáculo, Fumiko se calmó y se ocupó de vendarle la mano.
Antes de que la novela estuviera concluida, Fumiko también
se había enterado de que Otoko había terminado con él y se había marchado a
Kyoto. Si le daba a transcribir los originales reabriría las heridas de sus
celos y su dolor; pero hacer lo contrario significaría tratar el asunto como
algo secreto. Oki estaba perplejo, pero finalmente decidió entregarle el
manuscrito; entre otras cosas, porque quería confesarle toda la verdad. Ella lo
leyó inmediatamente.
–Debí haberte dejado partir –le dijo–. No sé por qué no
lo hice. Todo el que lea esta novela se pondrá de parte de Otoko.
–No quise escribir sobre ti.
–Sé que no puedo compararme con tu mujer ideal.
–No quise decir eso.
–Fui celosa. Desagradablemente celosa.
–Otoko se marchó. Tú y yo seguiremos viviendo juntos por
mucho, mucho tiempo. Pero gran parte de la Otoko de este libro es pura ficción. Por ejemplo,
no sé cómo se sentía ni cómo se comportaba mientras estuvo internada.
–Ese tipo de ficción es inspirada por el amor.
–No podría haber escrito sin amor –admitió Oki
abruptamente–. ¿Quieres pasar en limpio estos originales? Odio preguntártelo.
–Lo haré. Después de todo, una máquina de escribir no
pasa de ser eso, una simple máquina. Yo me convertiré en parte de esa máquina.
Por supuesto, Fumiko no pudo funcionar simplemente como
una máquina. Parecía cometer frecuentes errores... Oki oía a cada paso como
desgarraba alguna página. A veces el tableteo cesaba y él oía los sollozos
ahogados de su esposa.
La casa era muy pequeña y la máquina de escribir estaba
en un ángulo del comedor próximo a su ruinoso escritorio, de modo que él tenía
muy presente la proximidad de Fumiko. Era difícil mantenerse en calma, sentado
ante su mesa de trabajo.
A pesar de todo, Fumiko no decía ni una palabra acerca de
Una chica de dieciséis. Parecía
pensar que una "máquina" no tenía por qué hablar. Los originales
sumaban unas trescientas cincuenta páginas y era evidente que, pese a toda su
experiencia, la tarea le demandaría bastante tiempo. A los pocos días de
trabajo se la veía ya pálida y demacrada. Permanecía largos ratos inmóvil, con
la mirada perdida en el infinito, las manos crispadas sobre la máquina y el
ceño fruncido. Un buen día, antes de comer, vomitó una sustancia amarillenta y
permaneció así, doblada en dos. Oki corrió a golpearle la espalda.
Fumiko aspiró una bocanada de aire y le pidió agua. Sus
ojos enrojecidos estaban llenos de lágrimas.
–Lo siento. No debí haberte pedido que transcribieras
esto –murmuró Oki–. Pero pensé que sería inútil tratar de mantenerte apartada
de este libro...
Si bien no había llegado a destruir su matrimonio, esa
herida también demoraría en cicatrizar.
–A pesar de todo, me alegro de que me lo hayas confiado
–aseguró Fumiko, mientras procuraba sonreír–. Estoy realmente exhausta. Es la
primera vez que transcribo un trabajo tan largo casi sin parar.
–Mientras más largo sea, más prolongada será tu tortura.
Quizás ése sea el destino de la esposa de un novelista.
–Gracias a tu novela he llegado a entender muy bien a
Otoko. Por mucho que me haya lastimado, comprendo que el haberla encontrado fue
una experiencia valiosa para ti.
–¿No te he dicho acaso que la he idealizado?
–Lo sé. No existe una niña tan adorable como ésa. ¡Pero
me gustaría que hubieras escrito más acerca de mí! No me importaría aparecer
como una horrible arpía celosa.
–Nunca lo fuiste.
–No tienes idea de lo que ocurría en mi corazón.
–No estaba dispuesto a exponer todos nuestros secretos de
familia.
–¡No, tú estabas tan absorto en la pequeña Otoko que sólo
querías escribir sobre ella! Seguramente pensaste que yo empañaría su belleza y
ensuciaría tu novela. ¿Pero es necesario que una novela sea tan bonita?
Hasta su resistencia a describir los celos de su esposa
había provocado una explosión de resentimiento. Y no era que él hubiera eludido
por completo ese aspecto. Quizá justamente el hecho de haberlo tratado en forma
tan concisa hubiera subrayado el efecto. Pero Fumiko parecía frustrada al ver
que él no había entrado en detalle. Las reacciones de su esposa lo desconcertaban.
¿Cómo era posible que se sintiera ignorada? La novela tenía que estar centrada
en torno a Otoko, puesto que narraba su trágica historia de amor. Oki había
incluido en la acción numerosos hechos que su esposa desconocía hasta ese
momento. Eso era lo que más lo había preocupado y, sin embargo, lo que más parecía
lastimar a Fumiko era que él hubiera escrito tan poco sobre ella.
–No me pareció bien explayarme sobre tus celos –explicó
Oki.
–¡Lo que ocurre es que no puedes escribir sobre alguien a
quien no amas, sobre alguien a quien incluso odias! Mientras escribo a máquina
no ceso de preguntarme por qué no te dejé marchar.
–Estás diciendo disparates.
–Hablo muy en serio. El retenerte fue un crimen. Es probable
que me arrepienta por el resto de mi existencia.
–¡Basta ya!
Oki aferró a su esposa por los hombros y la sacudió.
Fumiko se estremeció violentamente y volvió a vomitar algo amarillento. Oki la
soltó.
–Ya pasó –dijo ella–. Creo que es... una de esas náuseas
normales.
–¡¿Cómo dices?!
Fumiko se cubrió la cara con las manos y sollozó.
–Si es así debes cuidarte. No puedes seguir escribiendo a
máquina.
–No, quiero seguir trabajando. Ya no me falta mucho y no
me puede hacer ningún daño hacer trabajar los dedos.
No quiso atender razones. Pocos días después de concluida
la tarea, Fumiko perdió la criatura. En apariencia, la causa fue más la conmoción
emocional que el esfuerzo físico de mecanografiar. Tuvo que guardar cama varios
días, y su suave y abundante cabellera, que ella usaba suelta, perdió parte de
su esplendor. Su rostro pálido, sin afeites, lucía en cambio terso.
Dada la juventud de Fumiko, el aborto no le acarreó
consecuencias.
Oki archivó el manuscrito. No se resolvía a destruirlo ni
quería volver a verlo. Aquella novela hundía dos vidas en las tinieblas. ¿Acaso
no era una trágica coincidencia lo de la niña prematura de Otoko y el aborto de
Fumiko? Marido y mujer evitaron mencionar la novela por largo tiempo. Por fin
fue Fumiko quien se decidió a hablar.
–¿Por qué no la publicas? ¿Te preocupa herirme? Cuando
una mujer está casada con un novelista tiene que aceptar ese tipo de cosas. Si
alguien debe preocuparte, ese alguien es Otoko.
Fumiko ya estaba casi totalmente recuperada y su piel lucía
sonrosada y lustrosa. ¿Era el milagro de la juventud? Hasta deseaba con más intensidad
a su marido.
Aproximadamente en la época en que se editó Una chica de dieciséis, Fumiko quedó
nuevamente encinta. Una chica de
dieciséis fue muy elogiada por la crítica. Además, gustó a los lectores.
Fumiko no podía haber olvidado sus celos y su resentimiento, pero sólo exhibió
su placer ante el éxito del marido. Y aquella novela –según la opinión unánime,
la mejor de su primer período– fue siempre su libro más vendido. Para Fumiko
eso había significado ropa nueva y hasta alhajas. Además, ayudaba a costear la
educación de su hijo y de su hija. ¿Habría olvidado ya que todo aquello se debía
a los amores de su marido con una niña? ¿Aceptaría ese dinero como un ingreso
normal? ¿Habría dejado de ser trágico para ella aquel trágico amor?
Oki no se resistía a que eso sucediera, pero más de una
vez se detenía a pensar. Otoko no había recibido compensación alguna como
modelo de la heroína. Tampoco le había llegado queja alguna de ella o de su
madre. A diferencia del pintor o del escultor de un retrato realista, él podía
penetrar en los pensamientos y sentimientos de su modelo, podía alterar su
apariencia, podía idealizarla e inventar según su capricho. A pesar de todo, la
adolescente seguía siendo Otoko; de eso no cabía duda. Oki había derramado
libremente su pasión juvenil sin pensar en la situación de la muchacha, en los
problemas que eso podría acarrear a una mujer soltera. Sin duda alguna era su
pasión la que había atraído a los lectores, pero era muy probable que esa
pasión se hubiera convertido también en un obstáculo para el casamiento de
Otoko. La novela había acarreado a Oki fama y dinero. Fumiko parecía haber olvidado
sus celos y quizá la herida hubiera sanado. Hasta había una diferencia en la
forma en que ambas mujeres habían perdido sus bebés. Fumiko era su esposa; se
había recuperado normalmente de su aborto y tiempo después había dado a luz a
una niña.
Los años pasaban y la única persona que jamás cambiaba
era la adolescente de su libro. Desde un punto de vista estrictamente doméstico
había sido una suerte que no subrayara los salvajes celos de Fumiko, aun cuando
ése fuera quizás uno de los puntos débiles de la novela. Pero ese detalle
contribuía a hacer grata la lectura y añadía atracción a la heroína.
Años después, cuando la gente hablaba de las mejores
obras de Oki, invariablemente mencionaba en primer lugar Una chica de dieciséis. Como novelista, Oki encontraba aquel hecho
deprimente y se lo repetía a sí mismo con tristeza. Sin embargo, el libro tenía
toda la frescura de la juventud, y el gusto del público, apoyado por la opinión
de la crítica, no tomaba en cuenta las objeciones del autor. La obra comenzó a
tener vida propia. Pero ¿qué había sido de Otoko, luego que su madre la llevó a
Kyoto? Aquella pregunta no abandonaba su mente, en parte como consecuencia de
la perdurabilidad de su novela.
Sólo en los últimos años Otoko había adquirido renombre
como pintora. Hasta entonces Oki no había sabido nada de ella. Suponía que se
había casado y que llevaba una vida corriente. En realidad, eso era lo que él
deseaba; pero le resultaba difícil imaginar ese género de vida para una
muchacha con su temperamento. ¿Acaso era porque aún se sentía ligado a ella?
Por eso le produjo una verdadera conmoción el enterarse
de que Otoko se había dedicado a la pintura.
Oki no sabía lo que ella podía haber sufrido, ignoraba
las dificultades que debía de haber superado; pero su éxito le produjo profundo
placer. Un día encontró un cuadro de ella en una galería. Su corazón dejó de
latir. No era una exhibición de sus obras; sólo uno de los cuadros le pertenecía:
el estudio de una peonía. En el extremo superior de la banda de seda había
pintado una peonía roja. Era una vista de frente de la flor, en un tamaño
superior al natural, con pocas hojas y un único pimpollo blanco en la parte
inferior del tallo. En aquella flor enorme creyó ver el orgullo y la nobleza de
Otoko. Lo adquirió inmediatamente, pero como llevaba la firma, decidió donarlo
al club de escritores al cual él pertenecía y no llevarlo a su casa.
En la pared del club, la tela le causó una impresión
diferente de la que le había causado en la abarrotada galería. La enorme peonía
roja parecía una aparición. La soledad parecía brotar de su interior. Por ese
entonces fue cuando descubrió una fotografía de Otoko en su estudio, publicada
por una revista.
Durante muchos años, Oki había deseado viajar a Kyoto
para escuchar las campanas de fin de año; pero aquella tela lo había hecho
pensar en la posibilidad de escucharlas junto a Otoko.
Kamakura Norte también era conocida como Yamanouchi,
"Entre colinas". Una carretera bordeada de árboles en flor corría
entre las suaves colinas del norte y del sur. Muy pronto, los capullos
brotarían en aquellos árboles para anunciar la llegada de otra primavera. Oki
había adquirido el hábito de caminar hasta las colinas del sur y, justamente
desde la cumbre de una de éstas, contemplaba ahora el purpúreo cielo de
atardecer.
El resplandor púrpura del ocaso se fue perdiendo hasta
convertirse en un azul oscuro, que iba empalideciéndose hasta llegar a un tono
ceniciento. La primavera parecía haberse transformado en otoño. El sol había
desaparecido; ya no se distinguía aquella tenue bruma rosada. Comenzaba a hacer
frío. Oki descendió al valle y caminó de regreso a su hogar, situado en una de
las colinas del norte.
–Una joven de Kyoto, una tal señorita Sakami estuvo aquí
–anunció Fumiko–. Trajo dos cuadros y una caja de pasteles.
–¿Se fue ya?
–Taichiro la llevó a la estación. Quizás hayan tratado de
dar contigo.
–¿Sí?
–Es de una belleza casi atemorizante –dijo Fumiko, clavando
los ojos en él–. ¿Quién es?
Oki hizo lo posible por parecer indiferente, pero la intuición
femenina de su esposa debía de haberle advertido a ésta que la muchacha estaba
vinculada de alguna manera con Ueno Otoko.
–¿Dónde están los cuadros? –preguntó.
–En tu estudio. Aún están embalados. No los he mirado.
Por lo visto, Keiko había hecho lo que él le había pedido
en la estación de Kyoto. Oki se dirigió a su estudio y desembaló los cuadros.
Los dos tenían marcos sencillos. Uno de ellos llevaba el título de Ciruelo, pero no mostraba ramas ni
tronco; sólo se veía una flor, grande como el rostro de un bebé. Además,
aquella flor tenía pétalos rojos y blancos. Cada pétalo rojo estaba pintado con
una extraña combinación de matices oscuros y claros.
La forma de la flor no aparecía muy alterada, pero
producía la impresión de un estático diseño decorativo. Era como una extraña
aparición. Parecía mecerse en el aire. Quizás eso se debiera a un efecto del fondo.
Al comienzo, Oki creyó que ese fondo estaba constituido por espesas capas de
hielo superpuestas, pero al examinarlo mejor descubrió que se trataba de una
cadena de montañas nevadas. Sólo las montañas podían conferir esa sensación de
vastedad. Pero ninguna montaña real se estrechaba en la base como ocurría con
aquéllas, ninguna montaña real era tan dentada... Era el elemento abstracto en
el estilo de la muchacha. El fondo podía haber sido una imagen de los
sentimientos de la propia Keiko. Aun cuando se lo hubiera tomado por cascadas
de nieve en la montaña, el blanco no era frío. El frío de la nieve y su tono
cálido producían una especie de música. No se trataba de una blancura uniforme,
sino de la armoniosa fusión de muchos colores. Tenía la misma tonalidad que la
variación de rojo y blanco en los pétalos de la flor. Se lo considerara o no un
cuadro frío en su conjunto, la flor de ciruelo palpitaba con las emociones
juveniles de la pintora. Era probable que Keiko lo hubiera pintado
especialmente para él como alusión al comienzo de la primavera. La flor de
ciruelo, por lo menos, era claramente discernible.
Al contemplar el cuadro, Oki pensó en el viejo ciruelo de
su jardín. Siempre había aceptado la opinión del jardinero de que se trataba de
un capricho de la
Naturaleza , sin molestarse en controlar la erudición del
hombre en materia de botánica. El ciruelo tenía flores rojas y blancas. No se
trataba de un injerto: las flores rojas y blancas se alternaban en una misma
rama. Por otra parte, no todas las ramas ostentaban flores blancas y rojas:
algunas sólo tenían flores blancas, otras sólo tenían flores rojas. Empero, la mayoría
de las ramas menores exhibían la caprichosa combinación de rojo y blanco,
aunque no todos los años apareciera esa mezcla de colores en las mismas ramas.
Oki era un enamorado de aquel viejo ciruelo. En ese
momento, los capullos apenas comenzaban a abrirse.
Era evidente que Keiko había simbolizado el extraño ciruelo
en una única flor. Sin duda Otoko le había hablado de él. Él y Fumiko ya vivían
en esa casa cuando Oki conoció a Otoko y, aunque ella nunca la había visitado,
él debió de hablarle sobre el curioso árbol. Ella lo había recordado y lo había
comentado con su discípula. ¿Le habría confesado también su antiguo amor?
–Supongo que es obra de Otoko.
–¿Cómo?
Oki se volvió. Absorto en la contemplación del cuadro no
había advertido la presencia de su esposa.
–¿No es un cuadro de Otoko?
–Por cierto que no. No podría haber hecho una cosa tan
juvenil. La autora es la muchacha que acaba de estar aquí. ¿No ves? Lo firma
"Keiko".
–Es un cuadro muy extraño.
La voz de Fumiko era dura.
–Así es –replicó Oki, haciendo un esfuerzo por ser
cordial–. Pero los jóvenes de hoy, aun los que pintan en estilo japonés...
–¿Es esto lo que llaman pintura abstracta?
–Bueno, quizá no llegue tan lejos.
–El otro es más extraño aún. Uno no sabe si se trata de
peces o de nubes... Jamás he visto semejante mezcla de colores en pinceladas
aplicadas en cualquier sentido.
Fumiko se arrodilló detrás de su marido.
–Mmm. Los peces y las nubes son muy diferentes. Quizá no
se trate de ninguna de las dos cosas.
–¿Y qué es entonces?
–Puedes imaginar lo que quieras.
Oki se inclinó para mirar el dorso de la tela, apoyada contra
la pared.
–Sin título. Lo
ha llamado Sin título.
El cuadro no mostraba formas discernibles y sus colores
eran más intensos y variados aún que los de Ciruelo.
Quizá la profusión de líneas horizontales hubiera hecho que Otoko viera peces o
nubes en él. A primera vista no parecía existir armonía alguna entre los
colores. Pero era excepcionalmente apasionado, para ser un cuadro pintado con
la clásica técnica japonesa. El hecho de carecer de título lo abría a cualquier
interpretación, quizá porque los sentimientos subjetivos de la artista, supuestamente
ocultos, quedaban revelados en él. Oki buscó el corazón de aquella pintura.
–¿Qué tiene que ver ella con Otoko? –preguntó Fumiko.
–Es una estudiante que vive con ella.
–¡Ah, sí! Quiero destruir esos cuadros.
–¡No seas absurda! ¿Por qué eres tan violenta?
–Ha volcado en ellos sus sentimientos hacia Otoko. No son
cuadros que debamos conservar en esta casa.
Pasmado por aquel relámpago de celos femeninos, Oki habló
con voz débil:
–¿Por qué crees que están vinculados con Otoko?
–¿Pero es que no lo ves?
–Es tu imaginación. Estás comenzando a ver fantasmas.
Pero a medida que Oki hablaba, se iba encendiendo una
minúscula llama en su corazón. Era bastante claro que el cuadro del ciruelo expresaba
el amor que Otoko le profesaba. Y hasta la pintura sin nombre parecía referirse
al mismo tema. En él, Keiko había empleado también pigmentos minerales y los
había aplicado en gruesas capas, mezcladas con pigmentos húmedos, un poco hacia
abajo y a la izquierda del centro del cuadro. Oki sintió que podía vislumbrar
el espíritu de aquella pintura en el extraño espacio brillante, semejante a una
ventana, que se encontraba dentro de la porción más recargada. Se podría haber
dicho que aquello era el amor de Otoko, ardiente aún.
–Después de todo, no fue Otoko quien los pintó –dijo.
Fumiko parecía sospechar que su marido se había
encontrado con Otoko, en ocasión de su viaje a Kyoto para escuchar las campanas
de los templos. Sin embargo, no había dicho nada en aquella ocasión. Quizás
hubiera callado por ser Año Nuevo.
–¡Sea como sea, odio estos cuadros! –exclamó y sus
párpados se contrajeron de rabia–. ¡No los quiero en esta casa!
–Los odies o no, pertenecen a la pintora. ¿Te parece bien
destruir una obra de arte, aunque la autora sea una muchacha joven? Y, en
primer lugar, ¿estás segura de que nos los ha obsequiado? ¿No cabe la posibilidad
de que los haya dejado sólo para que los veamos?
Fumiko permaneció unos instantes en silencio. Luego dijo:
–Taichiro la atendió. Ahora debe de haberla llevado a la
estación; aunque ya ha transcurrido muchísimo tiempo.
¿.Acaso eso también la estaría mortificando? La estación
no quedaba lejos y había trenes cada quince minutos.
–Supongo que esta vez el seducido será él. Una chica tan
bonita, con una fascinación maligna...
Oki comenzó a envolver los cuadros.
–Deja de hablar de seducciones. No me gusta. Si ella es
tan bonita como dices, estos cuadros no son otra cosa que ella misma: el narcisismo
de una muchacha joven.
–No. Estoy segura que se refieren a Otoko.
–En ese caso podría ser que ella y Otoko fueran amantes.
–¿Amantes?
Había sorprendido a Fumiko con la guardia baja.
–¿Crees que pueden ser amantes?
–No sé. Pero no me sorprendería que fuesen lesbianas.
Viven juntas en un antiguo templo de Kyoto y, por lo visto, ambas son demencialmente
apasionadas.
La posibilidad de que aquellas dos mujeres fueran lesbianas
había calmado a Fumiko. Cuando volvió a hablar, su voz era serena.
–Aun cuando sea así, creo que estos cuadros demuestran
que Otoko te sigue amando.
Oki se sintió avergonzado de haber apelado al argumento
del lesbianismo para salir de una situación difícil.
–Es probable que ambos estemos equivocados. Hemos
contemplado estas pinturas con ideas preconcebidas.
–¿Y entonces, por qué se empeña ella en pintar cuadros
así?
–Mmm.
Realista o no, un cuadro expresaba los pensamientos y
sentimientos más ocultos del artista. Pero Oki no se animaba a proseguir ese
tipo de discusión con su esposa. Quizá su primera impresión de la pintura de
Keiko hubiera sido inesperadamente acertada. Y quizá su propio comentario, al
pasar, acerca de una posible relación lesbiana también hubiera sido acertada.
Fumiko abandonó el estudio. Oki esperó el regreso de su
hijo. Taichiro había comenzado a enseñar literatura japonesa en una universidad
privada. Los días que no dictaba cátedra, concurría a la biblioteca del
establecimiento o estudiaba en su casa. Originariamente había querido estudiar
"literatura moderna" –literatura japonesa desde Meiji–, pero ante la
oposición de su padre, se había especializado en los períodos Kamakura y
Muromachi. No era común que la gente de su especialidad leyera inglés, francés
y alemán, como él. El muchacho tenía talento, sin duda alguna; pero era tan callado,
que parecía sombrío. Era el polo opuesto de su hermana Kumiko, alegre y
despreocupada, con sus superficiales conocimientos de arreglo floral, costura,
tejido y todo tipo de artes y artesanías.
Kumiko siempre había mirado a su hermano mayor como a un
excéntrico: ni siquiera le daba una respuesta lógica cuando lo invitaba a patinar
o a jugar al tenis. No quería saber nada con sus amigas. Invitaba a sus alumnos
a la casa, pero apenas si se los presentaba. Kumiko no era de las que guardan
rencor, pero a veces se enfurruñaba al ver que la madre se mostraba muy
solícita con los alumnos de su hermano.
–Cuando Taichiro tiene invitados –se defendía la madre–,
lo único que hacemos es servirles té.
–Pero tú haces un gran alboroto, revuelves la heladera y
las alacenas o encargas comida.
–Y bien, ¡él no trae a nadie más que a sus alumnos!
Kumiko se había casado y se había marchado a Londres con
su marido. Sólo tenían noticias de ella dos o tres veces por año. Taichiro aún
no había conquistado su independencia económica y nunca hablaba de matrimonio.
El propio Oki comenzó a preocuparse por la demora de
Taichiro.
Miró a través de las puertas vidrieras de su estudio. Al
pie de la colina que se levantaba detrás de la casa había un gran montículo de
tierra proveniente de una excavación, practicada durante la guerra para
construir un refugio antiaéreo. La hierba lo había cubierto y entre las hierbas
florecía un macizo de flores de color lapislázuli. Eran flores pequeñísimas,
pero de un azul brillante, intenso. Aquellas flores eran las primeras en
aparecer en el jardín, con la sola excepción de la adelfa. Además permanecían
abiertas por largo tiempo. Oki ignoraba el nombre de aquellas flores, que no
figuraban entre las célebres precursoras de la primavera; pero estaban tan
próximas a su ventana que más de una vez experimentó el deseo de arrancar una y
estudiarla. Nunca lo había hecho, pero eso no hacía más que acrecentar su amor
por aquellas diminutas flores azules.
Poco después de ellas comenzaban a florecer los dientes
de león entre la espesura de hierbas. También esas flores duraban mucho. Aun a
esa hora, en la débil claridad del atardecer se distinguía el amarillo de los
dientes de león y el azul de las otras florecillas. Oki permaneció largo rato
mirando por la ventana.
Taichiro seguía sin llegar.
Otoko proyectaba llevar a Keiko al templo del monte
Kurama, con motivo de la Festividad
de la Luna Llena.
La fiesta se celebraba en mayo, pero en una fecha distinta de la que fijaba el
antiguo calendario lunar. La tarde anterior a la fiesta, la Luna asomó por detrás de las
Colinas Orientales sobre el fondo de un cielo límpido.
Otoko la contemplaba desde la galería.
–Creo que mañana habrá una luna magnífica –comentó en voz
alta, dirigiéndose a Keiko, que permanecía en el interior de la casa.
Se suponía que los asistentes a la fiesta debían beber de
un cuenco de sake que reflejara la luna llena; por eso, nada podía ser más decepcionante
que un cielo nublado, sin luna.
Keiko salió a la galería y apoyó suavemente la mano en la
espalda de Otoko.
–La luna de mayo –dijo Otoko.
–¿No quieres que demos un paseo en automóvil al pie de
las Colinas Orientales? –preguntó Keiko después de una pausa–. ¿O que vayamos a
Otsu, a ver la Luna
en el lago Biwa?
–¿La Luna
en el lago Biwa? ¿Qué tiene de particular?
–¿Crees que se refleja mejor en un cuenco de sake?
–preguntó a su vez Keiko, mientras se sentaba a los pies de Otoko–. Sea como
fuere me gustan los colores que hay esta noche en el jardín.
–¿Sí? –dijo Otoko y se asomó al jardín–. Trae un almohadón,
¿quieres? Y apaga las luces de adentro.
Desde la galería del estudio sólo se veía el jardín
interior del templo; la residencia principal interrumpía la vista. Era un
jardín oblongo, no muy artístico; pero la Luna bañaba aproximadamente la mitad de su superficie,
de modo que hasta las piedras lucían colores variados por efecto de las luces y
sombras. Una azalea blanca parecía flotar en la oscuridad. El arce rojo que se
levantaba cerca de la galería aún tenía hojas tiernas, pero la noche las
oscurecía. En la primavera, la gente solía tomar por pimpollos las yemas
rojo–brillante de aquel árbol y preguntaban qué flor era ésa. Otra
característica del jardín era la profusión de musgo pilífero.
–¿Qué te parece si preparo un poco de té nuevo? –propuso
Keiko.
Otoko seguía contemplando aquel jardín que le era tan
familiar, como si no estuviera habituada a verlo a todas las horas del día.
Permanecía sentada, con la cabeza ligeramente gacha, preocupada, con los ojos
fijos en la mitad del jardín bañada por la Luna.
Al regresar con el té, Keiko comentó una noticia que
había leído en alguna parte: la modelo de Rodin para El beso vivía aún y tenía alrededor de ochenta años.
–Cuesta creerlo, ¿no?
–Dices eso porque eres joven. ¿Acaso es forzoso que
mueras temprano porque un artista ha inmortalizado tu juventud? ¡No se debe
perseguir así a los modelos!
El recuerdo de la novela de Oki había producido aquel estallido.
Pero Otoko era bellísima a los treinta y nueve años.
–En realidad, esto me ha hecho pensar que podrías pintar
mi retrato mientras soy joven aún.
Si puedo, lo haré, por supuesto.
–¿Pero por qué no un autorretrato?
–¿Que me pinte yo? No lograría un parecido aceptable, por
una parte. Y aun cuando lo lograra, en ese retrato aparecería todo tipo de
fealdades y terminaría por odiarlo. Y a pesar de todo, la gente seguiría pensando
que me he favorecido, a menos que lo hiciera abstracto.
–¿Significa eso que quieres un retrato realista? Eso no
condice con tu personalidad.
–Quiero que tú me pintes.
–Me encantaría hacerlo, si pudiera –repitió Otoko.
–Es posible que tu cariño por mí se haya enfriado... ¿o
es que me temes? –La voz de Keiko se había hecho cortante.
–Un hombre estaría encantado de pintarme. Aun al desnudo.
Otoko parecía imperturbable.
–Si lo tomas así, lo intentaré.
–¡Cuánto me alegra!
–Pero no desnuda. Los desnudos pintados por mujeres nunca
resultan bien. Por lo menos en mi estilo anticuado.
–Cuando yo pinte mi autorretrato te incluiré en el
cuadro.
El tono de Keiko era insinuante.
–¿Qué clase de cuadro sería?
La muchacha lanzó una risita enigmática.
–No te preocupes. Si tú me retratas, mi cuadro puede ser
abstracto. Nadie se enterará.
–No es que me preocupe –dijo Otoko y tomó un sorbo del
fragante té nuevo.
Era el primer té de la temporada, un obsequio de la plantación
de té de Uji, que Otoko había visitado para hacer unos bocetos. En esos bocetos
no aparecía ninguna de las muchachas que recogían el té: la superficie íntegra
estaba colmada por las suaves ondulaciones de las hileras de arbustos de té.
Día tras día había regresado a la plantación dibujar con diversas luces y
sombras. Keiko la había acompañado en todas las ocasiones. En una oportunidad
le preguntó:
–¿No crees que esto es una abstracción?
–Si tú la hubieras pintado, sí lo sería. Supongo que es
una audacia de mi parte; pero quiero hacer el intento de armonizar los colores
de las hojas nuevas y de las viejas, y las líneas suaves y redondeadas de las
hileras.
Había hecho una versión preliminar del cuadro en su estudio,
sobre la base de los bocetos.
Pero la razón por la cual Otoko deseaba pintar la plantación
de té de Uji no era sólo el placer que le causaban las hojas de diferentes matices
de verde. Después de romper su relación con Oki, había huido a Kyoto con su madre,
pero había efectuado varios viajes a Tokyo. Lo que más recordaba de aquel
período eran los campos de té vecinos a Shizuoka, vistos desde la ventanilla
del tren. A veces los veía a mediodía, otras veces, al atardecer. Por entonces
sólo era una colegiala e ignoraba que algún día sería pintora; pero ante el
espectáculo de los campos de té, la tristeza de la separación la había oprimido
repentinamente. No podía decir por qué aquellas lomadas verdes, tan poco
vistosas, habían llegado tanto a su corazón, cuando a lo largo de las vías
férreas había montañas, lagos, el mar... y a veces hasta nubes de tonalidades caprichosas.
Pero quizá fuera su melancólico verde y las melancólicas sombras crepusculares
de las hondonadas que las separaban, lo que había provocado su dolor. Eran lomas
pequeñas, bien cuidadas, con vallecitos oscuros: no era un panorama salvaje. Y
las hileras de arbustos redondeados parecían rebaños de mansas ovejas verdes.
Pero era muy probable que aquel estado de ánimo de Otoko se debiera simplemente
a que su tristeza había llegado al apogeo cuando cruzó por primera vez los
campos vecinos a Shizuoka.
Esa tristeza retornó cuando Otoko vio la plantación de té
de Uji. Comenzó a visitarla para hacer sus esbozos. Ni siquiera Keiko parecía
advertir su estado de ánimo. Lo cierto era que los campos de té de Uji, en
primavera, no tenían la melancolía de los que había contemplado Otoko desde la
ventanilla del tren; el verde de las hojas nuevas era demasiado brillante.
A pesar de haber leído la novela de Oki y de haber oído
hablar de él tantas veces durante las largas charlas que mantenía con Otoko en
la cama, Keiko no parecía comprender que los bocetos de la plantación de té
escondían la tristeza del antiguo amor de Otoko. Ella, por su parte, se
deleitaba en la textura de aquellas ondulantes hileras de arbustos que se
entrecruzaban; pero mientras más bocetos producía, más se alejaba de la
realidad. Otoko encontraba muy divertidos aquellos ensayos.
–Piensas hacer todo el cuadro en verde, ¿no? –preguntó
Keiko.
–Por supuesto. Son campos de té en la época de cosecha...
Variaciones del verde.
–Yo no sé si usar rojo o púrpura... No me importa que la
gente no se dé cuenta de que son campos de té.
El estudio preliminar de Keiko quedó colgado en la pared
junto al de Otoko.
—Que té nuevo tan delicioso –comentó Otoko con una
sonrisa–. Prepara un poco más... en estilo abstracto.
–¿Tan amargo como
para que no puedas beberlo?
–¿A eso le llamas abstracto?
Desde la habitación vecina le llegó la risa joven de Keiko.
Su voz se endureció un poco.
–Cuando fuiste a Tokyo te detuviste en Kamakura, ¿no?
–Sí.
–¿Por qué?
–El día de Año Nuevo el señor Oki manifestó sus deseos de
ver mis cuadros. –Keiko se detuvo unos instantes y luego prosiguió hablando con
voz fría: –Otoko, quiero vengarte.
–¿Vengarme? –exclamó Otoko sobresaltada–. ¿A mí?
–Así es.
–Keiko, ven, siéntate aquí. Discutamos esto ante una taza
de tu té abstracto.
Keiko se arrodilló en silencio junto a su maestra y
levantó una taza de té verde, mientras sus rodillas rozaban las de Otoko.
–¡Caramba! ¡Está amargo en serio! –comentó frunciendo el
ceño–. Voy a preparar otra tetera.
–Está bien así –la detuvo Otoko–. ¿Quieres decirme ahora
por qué hablas de venganza?
–Tú sabes muy bien por qué.
–Yo nunca he pensado en semejante cosa. No la deseo en lo
más mínimo.
–Porque todavía lo amas... porque no podrás dejar de
amarlo mientras vivas. –La voz de Keiko se ahogó.
–De modo que quiero vengarte –concluyó.
–Pero, ¿por qué?
–¡Yo experimento celos a mi manera!
–¿De veras?
Otoko apoyó la mano sobre el hombro de Keiko. La muchacha
temblaba.
–Es verdad lo que he dicho, ¿no? Lo adivino. Y me enfurece.
–Qué criatura violenta –comentó Otoko suavemente–. ¿Qué
quieres decir cuando hablas de venganza? ¿Qué has pensado hacer?
Keiko permanecía inmóvil, con los ojos bajos. La franja
de luz lunar abarcaba ahora un sector más amplio del jardín.
–¿Por qué fuiste a Kamakura sin decirme una palabra?
–Quería conocer a la familia del hombre que te hizo tan
desdichada.
–¿Y lo lograste?
–Sólo pude conocer a su hijo Taichiro. Supongo que es la
imagen de su padre cuando era joven. Parece que estudia literatura japonesa
medieval. Fue muy gentil conmigo. Me hizo conocer los templos de Kamakura y
hasta me llevó a la costa, a Enoshima.
–Tú has nacido y has vivido en Tokyo, ¡cómo es posible
que no conozcas esos lugares!
–Los conocía pero nunca los había visto bien. Enoshima ha
cambiado enormemente. Me encantó enterarme de que había templos en los cuales
las mujeres podían refugiarse de sus maridos.
–¿Ésa es tu venganza? ¿Estás tratando de seducir al muchacho?
¿O acaso piensas dejarte seducir por él? –preguntó Otoko y dejó caer su mano
del hombro de Keiko–. Al parecer soy yo la que debe sentir celos.
–¡Ay, Otoko! ¡Celos, tú! ¡Qué feliz me haces! La muchacha
rodeó el cuello de Otoko con sus brazos y se apretó contra ella.
–¡Yo puedo ser perversa, un verdadero demonio! ¡Con
cualquiera menos contigo! ¿Lo comprendes?
–Pero llevaste contigo dos de tus cuadros predilectos.
–Una muchacha perversa también quiere impresionar bien.
Taichiro me escribió para anunciarme que mis cuadros están colgados en su
estudio.
–¿Es ésa la forma de vengarme? –preguntó Otoko con voz
serena–. ¿Es el comienzo de tu venganza?
–Sí.
–Él era apenas un niño. No sabía nada acerca de la relación
de su padre conmigo. Lo que a mí me lastimó fue el enterarme del nacimiento de
su hermana menor. Ahora que veo las cosas a la distancia estoy segura de que
fue así. Supongo que la niña ya estará casada.
–¿Quieres que destruya su matrimonio?
–¡Keiko, por favor! ¡Cómo puedes ser tan superficial! ¡No
hables así! Te crearás problemas serios. No se trata de una inocente travesura.
–No temeré nada mientras te tenga a ti. ¿Crees que podría
seguir pintando si te perdiera? Renunciaría a la pintura... y hasta a la vida.
–¡No digas esas cosas horribles!
–Me pregunto si no podrías haber destruido el matrimonio
de Oki.
–Pero es que yo era apenas una colegiala... y ellos
tenían un hijo.
–Yo lo habría hecho.
–No sabes lo fuerte que puede ser una familia.
–¿Más fuerte que el arte?
–Bueno... –Otoko inclinó la cabeza con expresión triste.
–En ese tiempo yo no pensaba en el arte.
–Otoko –dijo Keiko y se volvió hacia su amiga,
sujetándola suavemente por la muñeca–: ¿por qué me enviaste a recibir y a
despedir a Oki?
–¡Porque tú eres joven y bonita, por supuesto! Porque estoy
orgullosa de ti.
–Me enfurece que me ocultes cosas. Y yo te he observado
atentamente con mi mirada celosa.
–¡Ah, sí!
Otoko miró los ojos de Keiko, que centelleaban a la luz
de la Luna.
–No es que haya querido ocultarte nada. Pero yo tenía
apenas dieciséis años cuando nos separamos y ahora soy una mujer madura, que
comienza a engordar de cintura. Lo cierto es que no tenía muchas ganas de
encontrarme con él. Tenía miedo de desilusionarlo.
–¿No era más lógico que se preocupara él? Yo te admiro
más que a nadie en el mundo, de modo que él me decepcionó. Desde que vine a
vivir aquí, contigo, me aburren los muchachos jóvenes. Pero creí que el señor
Oki me impresionaría más. Cuando lo vi me sentí atrozmente decepcionada. A
través de tus recuerdos yo había llegado a imaginármelo mucho mejor de lo que
es.
–No puedes abrir juicio habiéndolo tratado tan poco.
–Por cierto que sí.
–¿Cómo?
–No me costaría nada seducir al señor Oki o a su hijo.
–¡Me asustas! –exclamó Otoko–. Ese tipo de presunción es
peligroso, Keiko.
–No veo por qué –replicó Keiko, imperturbable.
–Sí que lo es. Además, ¿no crees que estás adoptando una
actitud terriblemente depredatoria, por muy joven y bella que seas?
–Supongo que la mayoría de las mujeres tienen esa actitud
que tú llamas depredatoria.
–Así es. ¿Y ésa es la razón por la cual llevaste tus
cuadros favoritos a Oki?
–No. No necesito de mis cuadros para seducirlo. Otoko
parecía consternada.
–Lo hice porque soy tu discípula y quería que él viera
mis mejores obras.
–Te agradezco. Pero dices que sólo cruzaste unas pocas
palabras con él en la estación. ¿Era razón suficiente para entregarle tus
cuadros?
–Se lo había prometido. Además tenía curiosidad por ver
su reacción ante ellos y necesitaba un pretexto para tomar contacto con su
familia.
–¡Menos mal que él estaba ausente!
–Me imagino que habrá visto los cuadros más tarde; pero
es probable que no los haya entendido.
–Eres injusta con él.
–Ni siquiera llegó a escribir algo mejor que Una chica de dieciséis.
–Eso no es cierto. A ti te gusta porque en ella me ha idealizado.
Una novela juvenil como ésa gusta a la gente joven. Entiendo que no te entusiasmen
sus trabajos posteriores.
–De todas maneras, si muriera hoy sólo se lo recordaría
por esa novela.
–¡No sigas hablando así!
La voz de Otoko se había hecho severa. Arrancó su muñeca
de la mano de Keiko y se apartó.
–¿Tanto lo aprecias todavía? –exclamó Keiko en tono áspero
también–. ¿Aunque yo diga que te voy a vengar?
–No es aprecio.
–Entonces es... amor.
–Quizá.
Otoko se puso abruptamente de pie y entró en la casa.
Keiko permaneció afuera, en la galería bañada por la luna, sentada, con el
rostro hundido en las manos.
–Otoko: yo también vivo para otro ser –dijo, por fin, con
voz temblorosa–. Pero cuando se trata de un hombre como Oki...
–Perdóname. Todo sucedió cuando yo era muy joven.
–Me voy a vengar.
–Eso no destruiría mi amor.
Keiko sollozaba ahora en la galería. Aún tenía el rostro
hundido entre las manos.
–Otoko: píntame... píntame antes de que me convierta en
la clase de mujer que has dicho. ¡Hazlo, por favor! Déjame que pose desnuda para
ti.
–Está bien. Tendré mucho gusto en pintar tu retrato.
–¡Qué alegría me das!
Otoko había guardado varios bocetos de su bebé muerto.
Pasaban los años, pero ella mantenía su intención de utilizarlos para un cuadro
que se intitularía Ascensión de un
infante. Había hojeado muchos libros de arte occidental en busca de cuadros
de querubines y del Niño Jesús, pero aquella rolliza lozanía parecía poco
apropiada para su dolor. Había varios célebres cuadros japoneses antiguos de
San Kobo de niño, que la habían conmovido por su graciosa expresión de emoción
contenida. Pero el santo no era un
infante ni ascendía al cielo. No era que Otoko quisiera mostrar la ascensión
como tal, sólo pretendía sugerir la sensación espiritual. ¿Pero llegaría a
hacerlo algún día?
Ahora que Keiko le pedía que la pintara, Otoko pensaba en
sus antiguos bocetos para La ascensión de
un infante. Quizá pudiera retratar a Keiko a la manera de los cuadros del
niño santo. Sería un Retrato de una
virgen en el más puro estilo clásico. A pesar de tratarse de obras de arte
religioso, algunos retratos de santos tenían una seducción indescriptible.
–Keiko, he decidido pintarte y he pensado en una composición.
Estará dentro de la tradición budista, de modo que no quiero ninguna pose
inadecuada.
–¿Budista? –exclamó Keiko incómoda–. No estoy segura de
que me guste la idea.
–Por lo menos déjame probar. Los cuadros budistas suelen
ser muy bellos... y podría intitularlo Muchacha
abstraccionista.
–Té estás burlando de mí.
–Hablo en serio. Lo comenzaré no bien termine con la
plantación de té.
Otoko se volvió para mirar la pared del estudio. Sobre
los cuadros de la plantación de té pendía el retrato de su madre, pintado por
ella. Sus ojos se detuvieron en ese cuadro. La madre lucía joven y bella en él,
más joven que la propia Otoko. Quizá fuera el reflejo de su edad –treinta y uno
o treinta y dos años– en el momento en que había pintado el retrato. O quizás
hubiera surgido simplemente así.
Al verlo por primera vez, Keiko había dicho:
–Adorable. Parece un autorretrato.
¿Sería realmente así?, se preguntó Otoko.
Otoko se asemejaba mucho a su madre. ¿Sería la añoranza
de su madre muerta lo que había hecho que captara en aquel retrato todos los
elementos de semejanza? Al comienzo había hecho un buen número de bocetos
basados en una fotografía, pero ninguno de esos ensayos la había conmovido. Por
fin decidió ignorar la foto... y de pronto su madre se le apareció sentada ante
ella. Más que un fantasma, era su imagen viviente. Trazó un boceto tras otro, a
toda prisa, con el corazón rebosante de emoción. Pero con frecuencia debía
detenerse pues los ojos se le nublaban de lágrimas. Advirtió que el retrato de
su madre se estaba convirtiendo más bien en un autorretrato.
El resultado final era el cuadro que ahora pendía de la pared
sobre los estudios de la plantación de té. Otoko había quemado todas las versiones
previas. La restante era la que más se aproximaba a un autorretrato, pero Otoko
la consideraba la mejor. Cada vez que contemplaba el cuadro, sus ojos se
velaban de tristeza. El retrato respiraba con ella. ¿Cuánto le había llevado
fijar la imagen en aquella pintura?
Hasta ese momento Otoko no había pintado ningún otro
retrato y sólo una que otra figura. Sin embargo, esa noche, presionada por
Keiko había experimentado el repentino deseo de hacer un retrato. Nunca había
imaginado así la Ascensión de un infante; pero aquel deseo largamente
acariciado explicaba por qué había recordado los retratos del niño santo y
había pensado en pintar a Keiko en el clásico estilo budista. Su madre, su
hijita perdida y Keiko... ¿acaso no eran sus tres amores? Por diferentes que
fueran, debía pintarlos a los tres.
–Otoko, estás contemplando el retrato de tu madre y te
preguntas cómo puedes pintarme, ¿no? Piensas que es imposible sentir esa clase
de amor por mí.
Keiko había entrado en el estudio y se había sentado muy
cerca de su maestra.
–¡Tonterías! Ahora no me siento satisfecha cuando lo
miro... He progresado un poco desde que lo pinté, ¿sabes? De todos modos siento
cariño por este cuadro. Con todas sus fallas, es una obra a la cual me consagré
en cuerpo y alma.
–No necesitas esforzarte tanto con mi retrato. Hazlo rápidamente.
–No, no –dijo Otoko absorta en sus pensamientos.
Mientras contemplaba el cuadro se había ido hundiendo en
un mar de recuerdos de su madre. Luego Keiko le habló y su mente volvió a los
retratos del niño santo. Algunas de las imágenes parecían niñas delicadamente
graciosas o hermosas doncellas, en el estilo elegante y refinado del arte
budista; pero también había una cierta voluptuosidad en el personaje. Aquellas
figuras podían interpretarse como símbolos del amor homosexual en los
monasterios medievales –de donde estaban proscritas las mujeres–, como
expresión del anhelo de adolescentes hermosos que pudieran confundirse con
bellas muchachas. Quizás esa fuera la razón por la cual había recordado los
retratos del santo no bien pensó en pintar a Keiko. El peinado no difería mucho
de la melena y el flequillo usado por las niñas en la actualidad. Lo que ya no
se veía eran esos esplendorosos quimonos de brocato, salvo en el teatro. No,
resultaban demasiado anticuados para una jovencita moderna. Otoko recordó los
retratos de Reiko, la hija del pintor Kishida Ryusei. Eran óleos o acuarelas
con un dibujo minucioso, en un estilo clásico que mostraba influencias de Durero.
Algunos de esos retratos eran cuadros de tema religioso. Pero Otoko había visto
uno extremadamente raro, en colores claros, sobre papel chino. Mostraba a Reiko
vistiendo una enagua roja y desnuda de la cintura para arriba. Estaba sentada
en una pose muy formal. No era una de las obras maestras de Ryusei, y Otoko se
preguntaba por qué había retratado a su propia hija en esa forma, en un cuadro
de clásico estilo japonés. El pintor había hecho cosas semejantes en estilo
occidental.
¿Por qué no hacer, entonces, un desnudo de Keiko? No
había razón para renunciar a la idea del retrato del niño santo. Incluso había
personajes budistas en los que se advertía una insinuación de pechos femeninos.
¿Y qué hacer con el peinado? Había visto un magnífico retrato del cual era
autor Kobayashi Kokei. Era de exquisita pureza, pero el peinado no armonizaba.
Luego de considerar diversas soluciones, Otoko sintió en forma casi dolorosa
que el problema estaba más allá de sus fuerzas.
–¿Quieres que nos acostemos, Keiko? –preguntó.
–¿Tan temprano? ¿Con una luna tan maravillosa? Keiko se
volvió para mirar el reloj.
–Son sólo las diez y cinco.
–Estoy un poco cansada. ¿No podemos seguir hablando en la
cama?
–Está bien.
Keiko preparó las camas mientras Otoko estaba sentada
ante su tocador. Era muy rápida. Cuando Otoko se hubo levantado, Keiko se
dirigió al espejo para quitarse el maquillaje. Inclinada hacia adelante, con el
esbelto cuello curvado, miró su rostro en el cristal.
–Otoko, no soy la persona más indicada para un cuadro
budista.
–Eso depende del pintor.
Keiko se quitó las horquillas y sacudió la cabeza.
–¿Te estás soltando el pelo?
–Sí.
Otoko observó a Keiko desde la cama.
–¿Piensas dormir con el pelo sin sujetar?
–Creo que necesita ventilación. Debería habérmelo lavado.
Keiko hizo una pausa y se llevó un manojo de pelo a la
nariz.
–¿Qué edad tenías cuando murió tu padre, Otoko? –preguntó
luego.
–Once años. ¿Cuántas veces me vas a hacer la misma
pregunta?
Keiko no replicó. Corrió los paneles deslizables que
daban sobre la galería, cerró las puertas entre dormitorio y estudio, y se
tendió al lado de Otoko. Las camas estaban juntas.
Durante varias noches se habían acostado sin correr los
paneles exteriores. Las hojas de papel de arroz brillaban con tenue resplandor
a la luz de la Luna.
La madre de Otoko había muerto de cáncer pulmonar, sin
revelarle que su marido había tenido una hija con otra mujer y que, por lo tanto,
Otoko tenía una media hermana menor que ella. Otoko siempre lo había ignorado.
Su padre se había dedicado a la importación y exportación
de productos textiles. Fueron muy numerosas las personas que asistieron a sus
funerales y que practicaron las habituales reverencias y ofrendas de incienso;
pero la madre de Otoko advirtió la presencia de una mujer bastante extraña, que
parecía tener sangre blanca. Sus párpados hinchados por el llanto le llamaron
la atención, cuando la mujer se inclinó ante la acongojada familia. La madre de
Otoko sintió una aguda punzada de dolor. Hizo un gesto para que se aproximara
el secretario privado de su marido y le susurró que preguntara a los
recepcionistas quién era aquella joven de aspecto euroasiático. Más tarde, el
secretario pudo averiguar que una abuela de aquella mujer era canadiense y se
había casado con un japonés. Ella, por su parte, se había educado en un colegio
para norteamericanos y trabajaba como intérprete. Vivía en una casita en Azabu.
–Supongo que no tiene hijos.
–Dicen que hay una niñita.
–¿La vio usted?
–No. Me informaron los vecinos.
La madre de Otoko tuvo la seguridad de que aquella niñita
era hija de su marido. Había formas de verificarlo, pero pensó que la joven euroasiática
la iría a ver. Nunca lo hizo.
Habrían transcurrido algo más de seis meses cuando el secretario le informó que se había casado
y que había llevado a la niña consigo. Él también insinuó que la joven
euroasiática había sido amante del desaparecido.
Con el correr del tiempo, los furiosos celos de la viuda
se fueron calmando. Comenzó a pensar en la posibilidad de adoptar a la niñita.
Aquella hija de su marido debía de ignorar quién era su verdadero padre. Sintió
que había perdido algo precioso... y no sólo porque Otoko era su única hija.
Empero, le resultaba difícil hablar a una niña de once años de la hija
ilegítima de su padre. Sin duda aquella niñita ya se había casado y tendría sus
propios hijos; pero para Otoko era como si no existiera...
–¡Otoko, Otoko! –gritó Keiko sacudiendo a su amiga–. ¿Has
tenido una pesadilla? Parecías quejarte de un dolor.
Acarició a Otoko, mientras ésta recuperaba el aliento.
–¿Me estabas mirando?
–Sí, desde hace unos instantes.
–¡Qué mala eres! Estaba soñando.
–¿Qué clase de sueño?
–Soñaba con una persona verde –la voz de Otoko aún
mostraba signos de agitación.
–¿Alguien vestido de verde?
–No era la ropa. Era todo verde, incluyendo brazos y piernas.
–¿Sería el monstruo de los ojos verdes?
–¡No te burles de mí! No tenía un aspecto aterrador, sólo
era una figura verde que flotaba y flotaba en torno a mi cama.
–¿Una mujer?
Otoko no replicó.
–Es un buen presagio. ¡Estoy segura!
Keiko apoyó una mano sobre los ojos de Otoko y los cerró;
luego tomó una de las manos de su amiga y le mordió un dedo.
–¡Ay! –exclamó Otoko y abrió los ojos de par en par.
–Dijiste que me ibas a pintar –dijo Keiko–. Por eso
adopté el color verde de la plantación de té.
–¿Te parece? ¿Bailas a mi alrededor hasta cuando duermo?
Eso me asusta.
Keiko dejó caer la cabeza sobre el pecho de Otoko y lanzó
una risita un poco histérica.
–¡Pero si eres tú la que soñaba!...
Al día siguiente ascendieron hasta el templo del Monte
Kumara y llegaron allí hacia el atardecer. Los fieles se congregaban en el
predio del templo. El tardío crepúsculo de un largo día de mayo desdibujaba ya
los picos y los bosques vecinos.
La luna llena asomaba por sobre las Colinas Orientales,
más allá de Kyoto. A izquierda y derecha del recinto central del templo ardían
grandes hogueras. Los sacerdotes habían salido y comenzaban a entonar los
sutras. El sacerdote principal, que llevaba vestiduras escarlatas, entonaba las
palabras, repetidas luego por los demás. Los acompañaba un armonio.
Todos los fieles ofrecían cirios encendidos. Justo
enfrente del recinto central se había instalado un gigantesco cuenco de sake,
que contenía agua, en la cual se reflejaba la Luna. Los fieles iban
desfilando para que se vertiera agua de ese cuenco en sus palmas ahuecadas. Después
de hacer una reverencia, la bebían. Otoko y Keiko hicieron lo mismo.
–Puede que encuentres pisadas verdes cuando regresemos a
casa –dijo Keiko.
Parecía excitada por la atmósfera de aquella ceremonia en
la montaña.
UN CIELO CARGADO
DE LLUVIA
Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no
progresaba, Oki se tendía en un sofá ubicado en la galería vecina a su estudio.
Por la tarde solía dormir allí por espacio de una o dos horas. Había contraído
ese hábito durante los últimos cinco años. Antes salía a caminar en lugar de
echar aquellos sueñitos; pero después de tantos años de residir en Kamakura se
había familiarizado demasiado con los templos vecinos y hasta con las colinas
de la región. Por otra parte, como se levantaba temprano, siempre hacía una
breve caminata por la mañana. Una vez despierto, no podía remolonear en la
cama. Además, prefería estar lejos cuando la criada limpiaba la casa.
Antes de cenar hacía otra larga caminata.
La galería vecina a su estudio era amplia: en un rincón
había un escritorio y una silla. Oki escribía allí o en la mesa baja de su
estudio, sentado en el suelo cubierto de esteras. El sofá de la galería era muy
cómodo. Cuando se recostaba en él y estiraba los miembros, todas sus dificultades
parecían desvanecerse. Mientras escribía una novela tenía tendencia a dormir
mal de noche y a soñar con su trabajo, pero en el sofá de la galería no tardaba
en caer en un sueño profundo que borraba todo. De joven nunca había dormido
siesta. Con frecuencia dedicaba la tarde entera a recibir visitas. Escribía de
noche; por lo general desde la medianoche hasta el amanecer. Ahora que escribía
durante el día, había adoptado la costumbre de dormir un rato, pero no a hora
fija. Se tendía en aquel sofá cada vez que no avanzaba en su trabajo. A veces
lo hacía de mañana, otras veces casi al atardecer. Muy pocas veces sentía que
la fatiga estimulaba su imaginación, como en los tiempos en que trabajaba de
noche.
"Mis siestas deben de ser un síntoma de
envejecimiento", pensaba Oki. Pero el sofá era mágico.
Cuando se recostaba en él, se dormía y despertaba renovado.
No era raro que en sueños encontrara un camino que lo sacara del atolladero. Un
sofá mágico.
Ahora había llegado la estación de las lluvias... La
estación que menos le gustaba. Su casa estaba bastante lejos del mar y separada
de éste por una cadena de cerros, pero era extremadamente húmeda. El cielo
estaba bajo y opresivo. Oki experimentaba una sorda sensación de pesadez y
confusión en el cráneo, como si el moho hubiera comenzado a invadir las circunvoluciones
de su cerebro. Había días en que dormía por la mañana y por la tarde en su sofá
mágico.
Una tarde, la criada le anunció que alguien de Kyoto, llamado
Sakami, deseaba verlo. Oki acababa de despertar y aún estaba tendido en el
sofá.
–¿Le digo que está descansando? –preguntó la mujer.
–No. ¿Es una señorita?
–Sí, señor. Ya había estado aquí antes.
–Hágala pasar al saloncito de recibo, por favor.
Dejó caer nuevamente la cabeza y cerró los ojos. El breve
sueño había aliviado su sensación de pesadez, pero la visita de Keiko era más
revitalizante aún. Se levantó, se lavó y entró en el salón. Keiko se puso de
pie no bien lo vio. Se había ruborizado ligeramente.
–Lamento haberme presentado así, sin previo aviso.
–Me alegra que haya venido. La vez pasada yo había salido
y me quedé sin verla. Debió esperarme un rato más.
–Taichiro me llevó a la estación.
–Ya lo sabía. Me dijo que le había enseñado Kamakura.
–Sí.
–Supongo que no habrá sido novedad para usted, puesto que
es natural de Tokyo. Además, Kamakura no tiene comparación con Kyoto o con
Nara.
–La puesta de sol en el mar era una maravilla –dijo
Keiko, mirándolo a los ojos.
Oki se sorprendió de que su hijo la hubiera llevado hasta
la costa.
–No nos habíamos visto desde Año Nuevo –comentó–. Ya han
transcurrido seis meses.
–¿Usted considera que eso es mucho tiempo, señor Oki?
¿Seis meses le parecen un período largo?
Oki se preguntó a dónde querría llegar la muchacha.
–Supongo que todo depende de cómo lo vea cada uno –dijo.
Keiko no sonreía, casi parecía considerar su respuesta
con un cierto desdén.
–Si pasará seis meses sin ver a la persona que usted ama,
¿no le parecería que es un lapso muy largo?
Keiko permanecía en silencio, con la misma expresión
desdeñosa. Sus ojos verdosos parecían desafiarlo. Oki comenzaba a sentirse un
poco incómodo.
–A los seis meses de embarazo la criatura se mueve en el
vientre de la madre –prosiguió, con la intención de confundirla. Ella no
respondió.
–Sea como fuere, hemos pasado del invierno al verano, aun
cuando todavía estemos en esta insoportable estación de las lluvias... Ni siquiera
los filósofos parecen tener una explicación satisfactoria de lo que significa
el tiempo. La gente dice que el tiempo lo resuelve todo: pero yo tengo mis
dudas acerca de eso también. ¿Qué opina usted, señorita Sakami? ¿Cree usted que
la muerte es el final de todo?
–No soy tan pesimista.
–Yo no diría que eso es pesimismo –dijo Oki, para
mostrarse contradictorio–. Es lógico que seis meses no sean lo mismo para mí
que para una joven como usted. O supongamos que alguien padece de cáncer y sólo
tiene seis meses de vida. También hay gente que pierde la vida en forma
repentina, por un accidente de tránsito o en la guerra. Hay quienes son asesinados.
–Pero usted es un artista, señor Oki, ¿no?
–Me temo que sólo voy a dejar tras de mí cosas de las
cuales me avergüenzo.
–No tiene por qué avergonzarse de ninguna de sus obras.
–Ojalá fuera así. Pero quizá todo lo que he hecho desaparezca.
Me gustaría.
–¿Cómo puede decir semejante cosa? Usted tiene que saber
que su novela sobre mi maestra va a perdurar.
–¡Otra vez esa novela! –exclamó Oki con el ceño
fruncido–. Hasta usted la menciona, a pesar de conocer a Otoko como la conoce.
–Justamente porque la conozco. Es inevitable.
–Quizá lo sea.
La expresión de Keiko se iluminó.
–¿Ha vuelto a enamorarse usted, señor Oki?
–Sí, supongo que sí. Pero no como me enamoré de Otoko.
–¿Y por qué no escribió sobre ese otro amor?
–Bueno... –Oki vaciló. –Ella me dijo a las claras que no
quería figurar en un libro mío.
–¿En serio?
–Quizás eso señale una debilidad de mi parte, como escritor;
pero creo que no hubiera podido volcar tanta emoción por segunda vez.
–A mí no me importaría que usted escribiera sobre mí.
–¿No?
Aquél era su tercer encuentro con la muchacha... si es
que podía hablarse de "encuentros". ¿Qué podía escribir sobre ella? A
lo sumo podía tomar prestada su belleza para adjudicársela a algún personaje.
Keiko había dicho que había bajado a la playa con Taichiro. ¿Qué habría
sucedido en aquella oportunidad?
–De modo que he dado con una espléndida modelo –dijo Oki en voz alta y rió para ocultar sus
aprensiones. Pero cuando la miró, la extraña seducción de aquellos ojos
silenció su risa. Tenía unos ojos tan brillantes, que casi parecían llenos de
lágrimas.
–La señorita Ueno ha prometido pintar mi retrato –dijo
Keiko.
–¡Ah, sí!
–Y yo traje otro cuadro para mostrárselo.
–No puedo decir que sepa mucho de pintura abstracta, pero
me encantaría verlo. Vayamos a la habitación de al lado. Allí hay más espacio.
Mi hijo ha colgado en su estudio los dos cuadros que usted trajo la otra vez.
–¿No está en casa su hijo?
–No. Hoy es uno de sus días de universidad. Mi esposa
está en el teatro.
–Me alegro de que usted esté solo –murmuró Keiko y se
dirigió al hall de entrada para buscar su tela. La llevó a la sala de estar de
estilo japonés. El cuadro tenía un marco simple de madera natural. El color
predominante era el verde, pero la joven había utilizado también con audacia
una gran variedad de colores, según su fantasía. La superficie entera era
bullente y ondulada.
–Para mí esto es realista, señor Oki. Es un campo de té
en Uji.
Oki se puso en cuclillas para observar la pintura.
–Es una plantación de té que parece un mar agitado... es
un campo de té restallante de juventud. Al comienzo pensé que simbolizaba un corazón
en llamas.
–¡Cuánto me alegra! ¡De modo que usted lo ha visto
así...!
Keiko se arrodilló junto al hombre. Su barbilla estaba
muy próxima al hombro de él mientras estudiaba la tela, y su aliento rozó la
nuca de Oki como una brisa tibia.
–¡Me alegro tanto! –repitió la muchacha–. ¡Me hace feliz
que usted haya visto un corazón en este cuadro! Sin embargo, no es gran cosa como
representación de un campo de té.
–Es realmente juvenil.
–Por supuesto fui a la plantación de té a hacer los bocetos,
pero sólo lo vi como un conjunto de hileras de arbustos en el transcurso de la
primera hora.
–¡Ah, sí!
–La plantación estaba muy quieta. De pronto todas aquellas
olas de fresco verde se pusieron en movimiento y, finalmente, surgió esto. No
es abstracto.
–Pero yo diría que en un campo de té predominan los
colores apagados aun cuando haya brotes nuevos.
–¡Nunca aprendí a ser apagada! Ni en el arte ni en las
emociones.
–¿En las emociones tampoco?
Al volverse hacia ella, el hombro de Oki rozó los tiernos
pechos de Keiko. Sus ojos se detuvieron en una de las orejas de la joven.
–Si sigue así, quizás un buen día decida cortarse una de
esas preciosas orejas.
–No soy un genio como Van Gogh. Alguien tendrá que encargarse
de arrancármela de un tarascón.
Alarmado, Oki se volvió bruscamente para enfrentarla y
Keiko se aferró de él para no perder el equilibrio.
–Detesto las emociones moderadas –dijo, sin modificar su
posición.
Habría bastado la más ligera presión para que cayera indefensa
en brazos de Oki, dispuesta al beso, Pero Oki no se movió. Ella también
permaneció estática.
–Señor Oki –murmuró, mientras sus ojos se clavaban en los
del hombre.
–Sus orejas son adorables –dijo él–; pero su perfil es de
una belleza un tanto aterrante.
–¡Me alegra mucho que piense así! –murmuró la joven y su
cuello se tiñó de un ligero rubor–. No lo olvidaré mientras viva. ¿Pero cuánto
durará esa belleza? A las mujeres nos entristece pensar en eso.
Oki no encontró respuesta a aquella observación.
–Es incómodo que la contemplen a una; pero cualquier
mujer estaría encantada de parecer hermosa a los ojos de un hombre como usted.
Oki se sorprendió ante el calor de esas palabras. La muchacha
parecía estar pronunciando frases de amor.
–Yo también estoy encantado –dijo con expresión grave–.
Pero pienso que en usted debe de haber aspectos de belleza que yo no he llegado
a conocer.
–¿Le parece? No lo sé. No soy modelo. No soy más que
alguien que trata de pintar.
–Un pintor tiene derecho a usar un modelo. A veces envidio
eso.
–Si yo le sirvo de algo...
–Muy agradecido.
–Ya le dije que no me importaría que usted escribiera sobre
mí. Lo único que lamento es no poder estar a la altura de la mujer que usted
sueña.
–¿Prefiere que sea realista?
–Es cosa suya.
–Una modelo de pintor y una modelo de escritor son cosas
muy diferentes, como usted comprenderá.
–Por supuesto –aceptó Keiko, agitando sus largas pestañas–.
Pero mi boceto del campo de té no es meramente una escena de la naturaleza.
Muestra mucho de mí misma.
–Todos los cuadros son así, ¿no? Aun los abstractos.
Pero una modelo tiene que ser otro ser viviente. Las novelas
también necesitan de seres vivos, por mucho que hablen de los paisajes.
–¡Yo soy un ser humano, señor Oki!
–Y un ser humano muy bello –añadió Oki mientras la
ayudaba a ponerse de pie–. Pero hasta la modelo para un desnudo sólo tiene necesidad
de posar. Y eso no basta para un novelista.
–Lo sé.
–¿De veras?
–Sí.
Oki se sentía inhibido por la audacia de ella.
–Supongo que puedo tomar prestados sus encantos para
algún personaje de novela.
–No me parece muy divertido –dijo ella con aire deliberadamente
coqueto.
–Las mujeres son muy extrañas –comentó Oki para salir del
paso–. Dos o tres me han dicho que están seguras de que he construido un
determinado personaje sobre el modelo de ellas. Y eran perfectas desconocidas,
mujeres con las que no he tenido nada que ver. ¿Qué clase de autoengaño puede
ser ése?
–Hay muchas mujeres desdichadas que se consuelan con ese
tipo de autoengaño. ¿No cree que hay algo que anda mal en esas mujeres? –Es muy
fácil que algo no ande bien en las mujeres. Usted podría hacer que una mujer
ande mal, ¿no?
Perplejo, Oki no supo qué responder.
–¿Y se limita a esperar con toda frialdad a que eso suceda?
–insistió ella.
Oki procuró cambiar el giro de la conversación.
–Pero, como le decía, es muy distinto ser modelo de un novelista.
Es un sacrificio sin recompensa.
–¡Adoro sacrificarme! Quizás ésa sea la razón de mi vida.
Una vez más la muchacha lo dejaba atónito.
–En su caso es como si estuviera exigiendo el sacrificio
de la otra persona.
–Eso no es verdad. El sacrificio nace del amor. Del
deseo.
–¿Se está sacrificando usted por Otoko?
Keiko no respondió.
–Estoy en lo cierto, ¿no?
–Quizás haya sido así; pero Otoko es una mujer, después
de todo. No tiene nada de sublime que una mujer consagre su vida a otra.
–No sé nada de eso.
–Ambas pueden destruirse.
–¿Destruirse?
–Sí –dijo Keiko e hizo una pausa; luego prosiguió–. Odio
albergar la menor duda. No me importa que sólo dure cinco o diez días, pero necesito
a alguien que pueda hacerme olvidar completamente de mí misma.
–Eso es mucho pedir, aun en el matrimonio, ¿no le parece?
–He recibido propuestas matrimoniales, pero ese tipo de
devoción no cuenta. No quiero preocuparme por mí misma. Como ya le dije, odio
las emociones moderadas.
–Parecería sentir que debe suicidarse a los pocos días de
haberse enamorado de alguien.
–No temo al suicidio. Lo peor que puede ocurrir es que
uno se harte de la vida. Me sentiría plenamente feliz si usted me
estrangulara... después de haberme usado como modelo.
Oki trató de rechazar la idea de que Keiko se había
acercado con la expresa intención de seducirlo; quizá no fuera tan calculadora.
De cualquier manera, era un modelo muy interesante para un personaje. Pero no
era improbable que una historia sentimental, seguida de separación, la
condujera a una clínica psiquiátrica, como había ocurrido con Otoko.
A comienzos de la primavera, cuando Keiko había llevado
sus otros dos cuadros, Taichiro la había recibido y luego la había llevado
hasta el mar, a bastante distancia de Kamakura. Era evidente que la muchacha
había cautivado a su hijo.
Pero una mujer como ésa podía arruinarlo, pensó Oki.
Se dijo a sí mismo que esa conclusión no era fruto de sus
celos.
–Espero que cuelgue este cuadro en su estudio –dijo Keiko.
–Pues bien, supongamos que lo haga –replicó él.
–Quiero que le eche una mirada de noche, en una
habitación poco iluminada. El verde del campo de té pasará a segundo plano y
todos mis colores chillones emergerán.
–Supongo que eso me provocará sueños muy extraños.
–¿Qué clase de sueños, por ejemplo?
–Bueno... Sueños juveniles sin duda.
–¡Qué amable de su parte! ¿Lo dice en serio?
–No tiene nada de extraño puesto que usted es joven
–comentó Oki–. Esas ondulaciones redondeadas reflejan la influencia de Otoko,
pero los colores son usted misma.
–Un día bastará. No me importa que después junte polvo en
un armario. Es un mal cuadro. ¡No pasará mucho tiempo antes de que yo vuelva
por aquí y lo haga trizas!
–¿Cómo?
–Lo digo muy en serio –aseguró ella en un tono curiosamente
dulce–. Es un mal cuadro. Pero si usted lo cuelga en su estudio aunque no sea más que por un día...
Oki no sabía qué decir. Keiko agachó la cabeza.
–Me pregunto si este cuadro realmente puede provocarle
sueños.
–Me temo que voy a sentirme tentado de soñar con usted.
–¡Ay, por favor, hágalo! ¡Sueñe conmigo todo lo que quiera!
–exclamó la muchacha y un rubor inesperado tiñó sus orejas–. Pero usted no ha
hecho nada para soñar conmigo, señor Oki –añadió mirándolo a los ojos.
–Entonces la acompañaré como hizo mi hijo. No hay nadie
en casa, de modo que no puedo ofrecerle una cena. Llamare un taxi.
El taxi dejó atrás Kamakura y avanzó a lo largo de la playa
de Shichiri. Keiko se mantenía en silencio.
Tanto el mar como el cielo estaban grises.
Oki hizo detener el taxi en el acuario de Enoshima, frente
a la isla.
Compró pulpo y caballa para alimentar a los delfines. Los
delfines saltaban del agua para recibir la carnada de manos de Keiko. Ella se
fue haciendo cada vez más audaz y comenzó a elevar más y más los bocados. Los
delfines saltaban cada vez más alto. Keiko se divertía como un niño. Ni
siquiera advirtió que había comenzado a llover.
–Salgamos de aquí antes de que arrecie –la urgió él–. Su
ropa ya debe de estar húmeda.
–¡Es tan divertido!
En el auto, Oki le contó que del otro lado de la bahía,
un poco más allá de Ito, solían verse cardúmenes enteros de delfines.
–Los persiguen hasta obligarlos a llegar cerca de la
costa, y entonces los hombres se tiran al agua y los agarran a mano limpia. Los delfines no resisten que se
les hagan cosquillas bajo las aletas.
–Pobrecitos.
Me pregunto si una chica bonita lo resistiría.
–¡Qué idea tan repugnante! Creo que se defendería a arañazos.
–Es probable que los delfines sean más mansos.
El taxi llegó a un hotel situado en el punto más alto de
una colina. Desde allí se contemplaba toda Enoshima. La isla también estaba
gris, y la península de Miura se extendía vagamente hacia la izquierda. La
lluvia caía en grandes gotas y en el aire pendía la niebla habitual en esa
época. Hasta los pinos cercanos parecían brumosos.
Mientras se dirigían a la habitación que se les había
destinado, sentían la piel húmeda y pegajosa.
–No podemos regresar –dijo Oki–. La niebla es demasiado
espesa.
Keiko hizo un gesto afirmativo. Él se sorprendió al ver
lo dispuesta a acceder que se mostraba la muchacha.
–Deberíamos darnos un baño antes de cenar –prosiguió Oki,
y se pasó una mano por la cara–. ¿Quiere que juguemos a los delfines?
–¡Qué cosas tan asquerosas que dice usted! ¡Se da cuenta
que me está colocando en la misma categoría que un pez! ¿Es necesario que se
ponga grosero? ¡Jugar a los delfines!
Se apoyó contra el marco de la ventana.
–¡Qué mar tan oscuro! –comentó.
–Lo siento.
–Podría haber dicho que le gustaría verme desnuda; podría
haberme tomado simplemente en sus brazos.
–¿Y usted no se hubiera resistido?
–No lo sé... ¡Pero pedirme que juegue a los delfines es
un insulto! Después de todo no soy una prostituta. ¡Qué depravado es!
–¿Sí?
Oki se dirigió al baño, se dio una ducha, enjuagó
rápidamente la bañera y comenzó a llenarla. Cuando salió tenía el pelo revuelto
y se friccionaba el cuerpo con una toalla.
–Le estoy preparando un baño caliente –dijo, sin
mirarla–. La bañera ya debe de estar casi llena.
Keiko contemplaba el mar con expresión impenetrable.
–Ahora llovizna. Apenas si se distinguen la isla y la
península.
–¿Está triste?
–Odio ese tono de mar.
–Tiene que sentirse incómoda con esta humedad. ¿Por qué
no toma su baño?
La muchacha asintió con la cabeza y se dirigió al baño.
No se oyeron chapoteos, pero cuando regresó lucía fresca, Se sentó ante la mesa
tocador y abrió su bolso.
Oki se le aproximó por detrás.
–Me lavé la cabeza en la ducha, pero en el baño no había
más que crema fijadora y no me gusta el olor.
–Póngase un poco de mi perfume –dijo Keiko y le alargó un
frasquito.
Oki lo olió.
–¿Qué hago, me lo echo encima de la crema fijadora?
–¡Una gotita! –dijo ella sonriendo.
Oki le tomó una mano.
–Keiko, no te maquilles.
–¡Me está haciendo daño! –protestó ella y se volvió para
enfrentarlo–. Es malo, ¿eh?
–Me gustas tal como eres. Tienes unos dientes y unas cejas
tan lindos.
Apoyó los labios sobre las mejillas ardientes de Keiko.
Ella lanzó un gritito cuando su silla se tumbó y la arrastró en la caída.
Ahora, los labios de Oki estaban sobre los de ella.
Fue un beso muy largo.
Oki echó la cabeza atrás para cobrar aliento.
–No, no. No te detengas –clamó Keiko y lo apretó contra
su cuerpo.
El trató de bromear para ocultar su sorpresa.
–Ni los pescadores de perlas resisten tanto tiempo sin
respirar. Te desmayarás.
–Haz que me desmaye...
–Ya sé que las mujeres tienen más energías...
Una vez más la besó largamente. Cuando quedó sin aliento
la levantó en sus brazos y la depositó sobre la cama. Ella se ovilló. No ofreció resistencia, pero a Oki le resultó
difícil lograr que extendiera sus miembros. No tardó en comprobar que no era virgen.
Comenzó a tratarla con más rudeza.
En ese momento Keiko gimió bajo él:
–¡Ay! ... ¡Otoko, Otoko!
–¿Qué?
Oki creyó que pronunciaría su nombre, pero su vigor cedió
al advertir que estaba nombrando a Otoko.
–¿Qué has dicho? ¡Otoko!
Su tono era frío.
Ella se hizo a un lado sin responder.
UN JARDÍN ROCOSO
Entre los tantos célebres jardines rocosos de Kyoto están
los del Templo del Musgo, los del Pabellón de Plata y el de Ryoanji; en
realidad, este último es casi demasiado famoso, si bien puede decirse que materializa
la esencia misma de la estética zen.
Otoko los conocía a todos y guardaba una imagen mental de
todos ellos. Pero desde el final de la época de las lluvias había estado visitando
el Templo del Musgo para hacer bocetos de su jardín rocoso. No es que
pretendiera pintarlo. Sólo quería absorber un poco de su fuerza. ¿Acaso no era
aquél uno de los jardines de piedra más fuertes y más antiguos? Otoko no tenía
realmente ganas de pintarlo. El paisaje rocoso de la ladera no tenía nada de la
tierna belleza del llamado Jardín de Musgo, situado más abajo. De no ser por
los visitantes que lo recorrían, habría permanecido horas y horas
contemplándolo. Quizá sólo dibujara para evitar la curiosidad de la gente que
la veía allí contemplándolo inmóvil desde un ángulo y desde otro.
El Templo del Musgo había sido reparado en 1339 por el
sacerdote Muso, quien había restaurado las edificaciones y había hecho excavar
un estanque y construir una isla. Se decía que llevaba a sus visitantes a un
pabellón–mirador en el punto más alto de la colina, para disfrutar de la vista
de Kyoto.
Todos aquellos edificios habían sido destruidos. El jardín
debía de haber sido restaurado muchas veces, después de inundaciones y otras
calamidades. En apariencia, el actual paisaje árido, que simbolizaba una
cascada y un arroyo, estaba construido a lo largo de un sendero flanqueado de
faroles de piedra, que conducía al pabellón mirador. Era muy probable que hubiera
permanecido inalterable, puesto que eran piedras.
Otoko sólo visitaba aquel jardín de rocas para
contemplarlo y para dibujarlo; no tenía interés en los datos históricos. Keiko
la seguía como su sombra.
–Todas las composiciones de piedra son abstractas, ¿no?
–comentó Keiko un día–. Esto tiene algo de la fuerza de los cuadros de Cézanne
sobre la costa rocosa de L'Estaque.
–¿Los has visto? Por supuesto se trataba de un paisaje real...
no eran enormes acantilados, pero sí unos macizos salientes que se sucedían a
lo largo de la costa.
–¿Sabes una cosa, Otoko? Si pintas este jardín rocoso, el
cuadro resultará abstracto. Yo ni siquiera podría intentar una cosa realista.
–Supongo que tienes razón. Pero yo no he dicho que lo
vaya a pintar.
–¿Quieres que intente hacer un bosquejo?
–Creo que sería lo mejor. Me gustó tu cuadro de la plantación
de té. Es tan juvenil. También lo llevaste a lo de Oki, ¿no?
–Sí. Supongo que su esposa ya lo habrá hecho trizas...
Pasé la noche con él en un hotel próximo a Enoshima. Me pareció un depravado: pero
cuando pronuncié tu nombre se calmó bruscamente. Todavía te ama y tiene la
conciencia sucia. Eso basta para despertar mis celos.
–¿Pero qué perseguías?
–Quiero destrozar su familia para vengarte.
–¡Otra vez hablando de venganza!
–Me indigna que sigas enamorada de él a pesar de todo.
¡Qué estúpidas son las mujeres...! Eso es lo que me enfurece.
Keiko hizo una pausa.
–Ésa es la razón por la cual estoy celosa –dijo por fin.
–¿Estás celosa?
–Por supuesto.
–¿Pasaste la noche con él por celos? Si todavía lo amo,
la celosa debería ser yo.
–¿Estás celosa?
Otoko no replicó.
–¡Me haría tan feliz que fuera así! –exclamó Keiko
y comenzó a dibujar con trazos rápidos–. No pude dormirme esa noche en el
hotel. Oki, en cambio, parecía dormir muy contento. No soporto a los hombres cincuentones.
Otoko se descubrió a sí misma pensando si se habrían
acostado en una cama camera.
–Dormía profundamente –continuó Keiko–. Fue una sensación
maravillosa la de saber que estaba a mi merced y que podía estrangularlo allí
mismo.
–¡Eres realmente peligrosa!
–Fue tan sólo una sensación; pero me hizo tan feliz que
no pude conciliar el sueño.
La mano de Otoko temblaba cuando prosiguió con su dibujo.
–¿Y dices que haces todo eso por mí? No puedo creerlo.
–¡Sí que lo hago por ti!
Otoko estaba cada vez más alarmada.
–Te ruego que no vuelvas a esa casa. Es imprevisible lo
que puede llegar a suceder.
–¿Nunca deseaste matarlo con tus propias manos, cuando
estabas internada en la clínica psiquiátrica?
–Nunca. Puedo haber estado loca, pero de ahí a pensar en
matar a alguien...
–¿Porque no lo odiabas, porque lo amabas demasiado?
–Además estaba el bebé.
–¿Bebé?
Keiko dudó unos instantes.
–¿Y si yo tuviera un hijo suyo?
–¡Keiko!
–Y luego lo arruinara...
Otoko la miró horrorizada. De aquella hermosa garganta
surgían palabras aterrantes.
–Supongo que podrías hacerlo –dijo, tratando de controlarse–.
¿Pero te das cuenta de lo que eso significa? Si tuvieras un hijo de él yo no
podría cuidarte. Y una vez que el niño naciera, tú no seguirías pensando como
piensas. Todo cambiaría para ti.
–¡Yo no cambiaré jamás!
¿Qué habría ocurrido en ese hotel con Oki? Otoko sospechaba
que la joven le estaba ocultando algo. ¿Qué trataba de ocultar Keiko detrás de
palabras tan violentas como celos y venganza?
Otoko se preguntó si ella misma aún podía celar a Oki y
cerró los párpados. El jardín rocoso se recortó como un perfil oscuro en el
fondo de sus ojos.
–¡Otoko! ¿Te sientes bien? –exclamó Keiko alarmada y la
abrazó–. ¡Te has puesto muy pálida! La pellizcó con violencia bajo los brazos.
–¡Me has hecho daño!
Otoko vaciló y Keiko la sostuvo.
–Otoko, yo no quiero a nadie más que a ti. A ti y solamente
a ti.
Otoko se enjugó el sudor frío que humedecía su frente.
–Si sigues así serás desdichada por el resto de tu vida.
–No me asusta la infelicidad.
–Dices eso porque eres joven y bonita.
–Seré feliz mientras pueda estar contigo.
–Lo celebro... pero ten en cuenta que soy mujer.
–Odio a los hombres.
-Eso no debe ser –comentó Otoko con tristeza–. Si es
verdad, mientras más tiempo vivamos juntas... Por otra parte, nuestros gustos
en materia de arte son muy distintos.
–Odiaría tener un maestro que pinte igual que yo.
–Odias muchas cosas, ¿no? –dijo Otoko, un poco más
serena–. Préstame un instante tu cuaderno de bocetos. Keiko se lo alargó.
–¿Y esto qué es?
–¡No seas cruel! El jardín rocoso, ¿qué otra cosa iba a
ser? Míralo con detenimiento. He hecho algo que no creía poder hacer.
Otoko observó el dibujo con más detenimiento y su expresión
cambió. Era difícil interpretar el rápido boceto en tinta; pero la estampa
parecía vibrar con una misteriosa vida.
Tenía una calidad que hasta entonces no había existido en las obras de Keiko.
–¡De modo que ha habido algo entre Oki y tú en ese hotel!
–Yo no diría tanto.
–¡Este boceto no se parece a nada de lo que has hecho
hasta ahora!
–Otoko, si quieres que te diga la verdad, él ni siquiera
es capaz de un beso prolongado.
Otoko permaneció en silencio.
–¿Son todos los hombres así?... Es la primera vez que me
acuesto con un hombre, ¿sabes?
Perturbada por las implicaciones de aquella "primera
vez", Otoko siguió mirando el dibujo de Keiko.
–Ojalá yo también fuera una piedra –dijo por fin.
El jardín rocoso del sacerdote Muso, sometido a la acción
de la intemperie por espacio de siglos, había adquirido tal pátina de antigüedad,
que las piedras parecían haber estado siempre allí. Sin embargo, sus rígidas
formas angulares no dejaban lugar a dudas de que se trataba de una composición
humana y Otoko nunca había sentido tan intensamente su presión como en aquel
instante. Se sentía sometida a un aplastante
peso espiritual.
–Regresemos a casa –propuso–. Las piedras están empezando
a asustarme.
–Está bien.
–No puedo sentarme aquí a meditar –prosiguió Otoko y su
paso vaciló al iniciar el descenso–. Estoy segura de que no podría pintar estas
rocas. Son abstractas, efectivamente... Quizá tú hayas captado algo en tu
nervioso boceto.
Keiko la tomó del brazo.
–Volvamos a casa y juguemos a los delfines.
–¿Jugar a los delfines? ¿Qué quieres decir con eso?
Keiko rió con malicia y se adelantó hacia un grupo de
bambúes que se erguían a la izquierda del camino. Se asemejaba mucho al macizo
verde que mostraban las fotografías del templo.
Otoko parecía más tensa que desdichada. Mientras avanzaban
por el sendero flanqueado de bambúes, Keiko la llamó, se acercó a ella y la
palmeó.
–¿Qué ocurre? ¿Te ha hipnotizado ese jardín rocoso?
–No. Pero me gustaría instalarme aquí y contemplarlo durante
días y días.
–No son más que piedras, ¿no? –comentó Keiko, con la expresión radiante y juvenil de siempre–.
Por la forma en que las miras, juraría que ves una especie de belleza potente y
añeja que irradia de ellas. Pero una piedra es una piedra... Recuerdo el ensayo
de un poeta haiku, según el cual si se
observa el mar día tras día y luego se contempla un jardín rocoso de Kyoto, se
comprenderá el significado real de estos jardines.
–¿El mar en un jardín de piedras? Por supuesto, si uno
piensa en el océano o en los grandes peñascos y acantilados, un arreglo de
piedras en un jardín no pasa de ser la obra de un hombre. De cualquier manera,
me temo que no podré pintar éste.
–¡Pero es que se trata, en efecto, de la obra de un
hombre! Es abstracto. Siento como si yo lo pudiera hacer en mi propio estilo y
utilizando los colores que se me ocurran.
Tras una pausa, Keiko añadió:
–¿Cuándo se comenzaron a hacer jardines de piedra?
–No sé. Quizá no antes del siglo XIV.
–¿Y qué antigüedad tenían las piedras?
–No tengo idea.
–¿Te gustaría que tus cuadros perduraran más aún?
–No puedo llegar a desear una cosa así –respondió Otoko,
incómoda–. ¿Pero no crees que hasta este jardín o el del Palacio Katsura han cambiado
mucho a través del tiempo? Hay árboles que brotan o que mueren o que son
desgajados por las tormentas y cosas por el estilo. Aunque es probable que los
arreglos rocosos en sí no hayan experimentado muchos cambios.
–Quizá sea mejor que todo cambie y desaparezca, Otoko
–exclamó Keiko–. Mi cuadro de la plantación de té ya debe de estar hecho jirones
como consecuencia de esa noche en Enoshima.
–Era un cuadro tan maravilloso.
–¿Lo crees?
–Dime, Keiko, ¿tienes intenciones de llevar todos tus mejores
trabajos a casa de Oki?
–Sí... hasta que cumpla mi venganza.
–¡Ya te he dicho que no quiero volver a oír hablar de venganza!
–Comprendo –replicó Keiko alegremente–. Lo que no
comprendo es mi propio rencor. ¿O será orgullo femenino? ¿O celos?
–¿Celos? –repitió Otoko con voz apenas audible, tomando
uno de los dedos de Keiko.
–En lo más profundo de tu corazón sigues enamorada de él.
Y él también te mantiene oculta en las profundidades del suyo. Lo advertí la
noche de Año Nuevo.
Otoko permaneció en silencio.
–Supongo que en una mujer, hasta el odio es una forma del
amor –prosiguió Keiko.
–¿Cómo puedes decir esas cosas, Keiko, y precisamente en
un lugar como éste?
–Para mí, ese jardín de piedras simboliza los potentes
sentimientos de los hombres que lo hicieron. Sin embargo, no puedo entender
ahora lo que ocurría en sus corazones. Estas rocas han necesitado siglos para
adquirir esa pátina; pero yo me pregunto qué aspecto tenían cuando el jardín
era nuevo.
–Creo que me desilusionaría.
–Si yo lo pintara utilizaría cualquier forma y color que
se me antojara, y mostraría estas piedras como si estuvieran recién emplazadas.
–Quizá puedas pintarlo.
–Otoko, este jardín rocoso durará mucho, mucho más que tú
y que yo.
–Por supuesto –dijo Otoko y mientras hablaba sintió un
estremecimiento–. Pero, con todo, no durará para siempre.
–Mientras esté junto a ti me importará poco que mis cuadros
sean de corta vida o que alguien los destruya.
–Dices eso porque eres joven.
–Te diré que me encantaría que la señora de Oki destruyera
mi cuadro de la plantación de té.
Hizo una pausa.
–No vale la pena que nadie tome en serio mis pinturas.
–Eso no es verdad.
–No tengo verdadero talento y no tengo interés en dejar
nada para la posteridad. Lo único que quiero es estar junto a ti. Me habría
conformado con hacer tareas domésticas a tu lado... y, sin embargo, tú te
mostraste dispuesta a enseñarme a pintar.
–¿Estabas dispuesta a eso? –exclamó Otoko perpleja.
–En el fondo me sentía así.
–¡Pero tú tienes talento! A veces me deslumbra el talento
que tienes.
–¿Como los dibujos infantiles? Los míos siempre se
exponían en las paredes del aula.
–Eres mucho más creativa que yo. Con frecuencia te envidio.
De modo que no sigas diciendo disparates.
–Muy bien –acató Keiko con una graciosa inclinación de
cabeza–. Mientras pueda vivir junto a ti me esforzaré. Cambiemos de tema.
–¿Me has entendido realmente?
Keiko volvió a asentir con un movimiento de cabeza.
–Siempre que tú no me abandones...
–¿Cómo habría de abandonarte? –exclamó Otoko–. Pero, de
todas maneras...
–¿De todas maneras qué?
–Una mujer tiene que tener en cuenta el matrimonio y los
hijos.
–¡Ah! ¿Te referías a eso? –rió Keiko–. ¡Yo no pienso en
eso!
–Y es por mi culpa. Lo lamento.
Otoko se volvió con la cabeza gacha y arrancó una hoja de
un árbol próximo. Siguió andando en silencio.
–Las mujeres son seres dignos de compasión, ¿no te parece,
Otoko? Un joven jamás se enamoraría de una mujer de sesenta años; pero, a
veces, muchachas adolescentes se enamoran de hombres cincuentones o sesentones.
No sólo porque piensen en obtener algo de ellos... ¿No estoy en lo cierto?
No hubo respuesta y Keiko prosiguió:
–Un hombre como Oki es realmente un caso desesperado.
Creyó que yo era una simple prostituta. Otoko palideció.
–Y luego, en el instante crítico me oí a mi misma pronunciando
tu nombre... ¡y él se quedó como petrificado! Me sentí insultada por tu causa.
Otoko sintió que las rodillas estaban a punto de flaquearle.
–¿En Enoshima? –preguntó, por fin.
–Sí.
Por alguna razón, Otoko no pudo protestar.
El taxi llegó al templo en el cual vivían las dos
mujeres. Entraron en el estudio y se sentaron allí.
–Quizás opines que eso me salvó –dijo Keiko y no pudo
reprimir el rubor–. ¿Quieres que tenga un hijo de Oki?
Una repentina bofetada en pleno rostro arrancó lágrimas
de los ojos de la muchacha.
–¡Ay, qué lindo! –exclamó–. ¡Hazlo otra vez! Otoko temblaba
de pies a cabeza.
–¡Hazlo otra vez! –repitió Keiko.
–¡Keiko!
–No sería mi hijo. Quiero que sea tuyo. Yo lo llevaré en
mis entrañas y luego te lo entregaré. Quiero arrancarle un hijo a Oki para
obsequiártelo a ti...
Una vez más la bofetada de Otoko aguijoneó la mejilla de
Keiko. La muchacha se echó a llorar.
–Comprende, Otoko, por mucho que lo ames, ya no podrás
tener un hijo suyo. ¡No podrás! Yo podría concebirlo sin experimentar sentimiento
alguno. Sería como si tú lo hubieras llevado en tus entrañas.
–Keiko...
Otoko saltó a la galería y con su pie desnudo asestó un
puntapié a la jaula de luciérnagas, que rodó hasta el jardín. Todas las
luciérnagas parecieron encenderse al mismo tiempo. La jaula derramó una
claridad verde–lechosa sobre el manchón de musgo en el que había caído. El
cielo se estaba cubriendo, luego del largo día estival, y una ligera bruma
vespertina comenzaba a flotar sobre el jardín. Pero aún había luz de día. Era
muy raro que las luciérnagas brillaran con tanta intensidad. Quizás ella sólo
hubiera imaginado aquella claridad verdosa que emanaba de la jaula, quizá la
hubieran conjurado sus propios sentimientos. Permaneció rígida, como si se
hubiera paralizado, y clavó los ojos en la jaula tumbada sobre el musgo.
Keiko dejó de sollozar. Reclinada aún en el suelo
cubierto de esteras, apoyada sobre el brazo derecho, observaba a Otoko desde
atrás. Por un momento, la rigidez de ésta pareció contagiarse al cuerpo de su
discípula. Pero luego entró Omiyo para anunciar que el baño estaba preparado.
–Gracias –dijo Otoko con voz ahogada.
Sentía el frío húmedo de la transpiración en su pecho y
la desagradable humedad del quimono bajo su ancho obi.
–Hay mucha humedad, ¿no? –prosiguió sin volverse–. Quizá
todavía no haya concluido la época de las lluvias... Me alegro de que nos haya
preparado el baño.
Omiyo se encargaba de la limpieza del templo desde hacía
seis años y también atendía la casa de Otoko. Su enorme capacidad de trabajo le
permitía hacerse cargo de la limpieza, del lavado de ropa y de platos, y hasta
de la comida, en determinadas ocasiones. A Otoko le gustaba cocinar y lo hacía
bien, pero a veces se enfrascaba tanto en su pintura que prefería no hacerlo.
Keiko, por su parte, tenía un sorprendente talento para crear los sutiles sabores
de la cocina de Kyoto; pero no se podía confiar demasiado en ella. Por eso, con
bastante frecuencia se las arreglaban con los platos simples que preparaba
Omiyo. En el templo había otras dos mujeres, la joven esposa del administrador
y su madre; por lo tanto, Omiyo podía dedicar la mayor parte del tiempo a
Otoko. Era una mujer cincuentona, baja y rolliza. Sus muñecas y sus tobillos
eran tan regordetes que parecían haber sido ajustados con un cordel.
Jovial como siempre, Omiyo miró con curiosidad la jaula
de las luciérnagas.
–¿Piensa hacerles beber el rocío de la noche, señorita Ueno?
–preguntó mientras se acercaba a la jaula y la enderezaba. Aparentemente creía
que las habían colocado allí ex profeso.
Cuando se enderezó y miró hacia la galería, Otoko ya
había desaparecido en el cuarto de baño y Omiyo se encontró frente a Keiko.
Había una mirada penetrante en los húmedos ojos de Keiko y, a pesar de su
palidez, una de sus mejillas estaba roja. Omiyo bajó los ojos y preguntó si
ocurría algo malo.
Keiko no respondió. Se puso de pie sin cambiar de
expresión. Oyó ruido de agua en el baño. Sin duda Otoko estaría añadiendo agua
fría a la bañera.
De pie ante el espejo del estudio, Keiko retocó su
maquillaje con cosméticos que extrajo del bolso y se pasó un pequeño peine de
plata por el cabello. En el cuarto de vestir, vecino al baño, había un espejo
de cuerpo entero y un espejo con alas movibles; pero vacilaba en entrar, pues
Otoko se había desvestido allí. Keiko tomó el primer quimono sin forro que
encontró en un cajón de la cómoda, se cambió de ropa interior y se deslizó
dentro de la prenda. Trató de ajustarlo adelante, pero sus manos se movían con
torpeza. En ese instante sus labios pronunciaron el nombre de Otoko. Al mirar
la prenda, vio a Otoko en el estampado de las mangas y de la falda. Otoko había
creado aquel estampado para ella. Las flores estivales parecían demasiado
audaces y abstractas para haber sido diseñadas por Otoko. Se las podría haber
tomado por dondiego, pero eran flores de ensueño en la más moderna gama de colores.
Era un estampado muy fresco y juvenil. Probablemente, Otoko lo había diseñado
en la época en que ella y Keiko eran inseparables.
–¿Va a salir, señorita Sakami? –preguntó Omiyo desde la
habitación vecina.
–¿Qué está haciendo? –dijo Keiko sin volverse–. ¿Por qué
no viene y me ayuda con esto?
Se le ocurrió que Omiyo podía entrar en sospechas al ver
la torpeza con que se movían sus manos al abrochar la faja.
–¿Va a salir? –insistió Omiyo tras una pausa.
–¡No, no voy a salir! –replicó Keiko con brusquedad y recogió
la falda del quimono con la mano derecha, mientras sostenía el obi sobre el brazo
izquierdo.
–Tráigame un par de medias, por favor –ordenó luego desde
el cuarto de vestir.
Otoko había oído los pasos y creyó que Keiko iba a reunirse
con ella en la bañera.
–El agua está a la temperatura ideal –gritó desde el
baño. Pero Keiko no se movió de su sitio, ante el espejo de pie. Continuaba
luchando con la faja. La ajustó tanto, que casi se le enterró en la carne.
Omiyo llegó con las medias, las dejó y se retiró.
–¡Entra de una vez! –invitó Otoko.
Sumergida en el agua hasta el pecho, observó la puerta de
cedro que conducía al cuarto de vestir. Pero Keiko no la abrió. Ni siquiera se
oyó el susurro de su falda.
De pronto, Otoko tuvo miedo de que Keiko se negara a
compartir el baño con ella. Se aferró al borde de la bañera, se incorporó y
salió del agua.
¿Acaso Keiko vacilaba en mostrarse desnuda ante ella
después de haber pasado una noche con Oki?
Hacía más de dos semanas que había regresado de Tokyo.
Desde entonces se había bañado muchas veces con Otoko y nunca se había
avergonzado de exhibirse desnuda. Pero sólo aquel día, en el jardín de piedras,
se había confesado en forma inesperada. Lo que había dicho parecía muy extraño.
Durante años Otoko había ido descubriendo lo extraña que
era aquella muchacha. Era indudable que ella misma había contribuido a acentuar
las peculiaridades de la joven. No podía atribuírsele toda la responsabilidad,
pero había alentado la llama que ya ardía en ella.
Mientras aguardaba en el baño, Otoko sintió que su frente
se perlaba de sudor frío.
–¿No vienes, Keiko? –preguntó.
–No.
–¿No te vas a bañar?
–No.
–¿Ni siquiera te vas a pasar una esponja por el cuerpo?
–No necesito hacerlo.
Se hizo un silencio y luego se oyó nuevamente la voz de
Keiko:
–Otoko, lo lamento. Te ruego que me disculpes.
–Tú tienes que perdonarme a mí... –replicó Otoko–. Yo soy
la culpable. Keiko no replicó.
–¿Qué estás haciendo? ¿Estás simplemente de pie, allí?
–Estoy sujetando mi obi.
–¿Has dicho que estás sujetando tu obi?
Otoko se secó a toda prisa y se dirigió al cuarto de
vestir. Keiko estaba inmaculada, en su quimono limpio.
–Caramba, ¿piensas salir?
–Sí.
–¿Y a dónde vas?
–No sé –confesó Keiko.
Sus brillantes ojos tenían una mirada triste.
Otoko se echó una salida de baño sobre los hombros, como
si su propia desnudez le incomodara.
–Iré contigo –anunció.
–Está bien.
–¿No te importa?
–Por supuesto que no.
Keiko se apartó. Su rostro se reflejaba en el espejo de
cuerpo entero.
–Te aguardaré –dijo.
–No voy a demorar. Pero déjame entrar aquí.
Otoko pasó junto a Keiko y se sentó ante la mesa–tocador.
Miró su rostro en el espejo.
–¿Qué opinas de Kiyamachi? El local de Ofusa –propuso–.
Llama y reserva una mesa en el balcón o una pequeña habitación en el piso alto...
Cualquier cosa, con tal de que tenga vista al río... Si no consigues nada allí
iremos a otro lado.
Keiko asintió con un movimiento de cabeza.
–Pero primero te traeré un vaso de agua helada.
–¿Parezco acalorada?
–Sí.
–No te preocupes, no me pondré violenta...
Otoko vertió un chorrito de loción en la palma de su mano
izquierda.
El agua helada que le trajo Keiko descendió por su garganta
dejando a su paso una sensación de frío.
Keiko se había encaminado a la residencia principal del
templo para telefonear. Cuando regresó, Otoko seguía vistiéndose a toda prisa.
–Ofusa dice que podemos ocupar una mesa en el balcón
hasta las ocho y media.
–¿Ocho y media? –Otoko frunció el entrecejo–. Y bien, eso
basta. Si vamos en seguida podemos cenar con tranquilidad.
Cerró más el ángulo de los espejos laterales del tocador
y se inclinó para controlar su peinado.
–Creo que no es necesario que me vuelva a peinar. Keiko
se detuvo detrás de Otoko y enderezó la costura trasera de su quimono con
ademán suave.
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