EL LOTO EN
LLAMAS
Un pasaje de la obra Vistas ilustradas de la Capital habla de la gente
que disfrutaba las noches de verano a orillas del río Kamo: "La vasta
playa está flanqueada por bancos y sobre ambas orillas se suceden los balcones
de las casas de placer, cuyos faroles se reflejan en el agua como si fueran
estrellas. Los pañuelos purpúreos de los jóvenes actores kabuki flamean en la
brisa nocturna... Esos bellísimos adolescentes se muestran recatados a la luz
de la Luna y
ocultan el rostro tras los abanicos con gesto seductor. Sus movimientos son tan
graciosos, que quienes los ven quedan prendados y no pueden apartar la mirada
de ellos. Las cortesanas se lucen en toda su exquisitez mientras pasean de
norte a sur; más adorables que la flor del hibisco, esparcen la fragancia de
sus costosos perfumes..."
Además estaban los narradores de historias cómicas, los mimos
y demás entretenimientos... " monos, perros de riña, caballos amaestrados,
malabaristas y equilibristas que hacen sus cabriolas como seres de fábula. Se
oye el penetrante sonido de las flautas de los vendedores, el chorro
refrigerante de un local para venta de jalea, el tintineo de los colgantes de
cristal que se agitan suavemente en la mansa brisa. Se exponen los pájaros más
exóticos de China y Japón, y animales salvajes de la montaña. Gente de toda
clase se congrega para divertirse y beber a orillas del río".
En 1690, el poeta Basho, que visitó la ciudad, escribía:
"Lo que llaman disfrutar la noche de verano a
orillas del río comienza al atardecer y se prolonga hasta la última claridad de
la Luna , antes
del amanecer. A lo largo de ambas orillas se suceden los balcones en los que se
bebe y se disfruta. Las mujeres sujetan sus obis con espléndidos lazos, los
hombres llegan envueltos en largas capas; los sacerdotes y caballeros ancianos
se confunden con la multitud, hasta los aprendices de toneleros y de herreros
cantan y se divierten con gran despreocupación. ¡Verdaderamente una escena de la Capital !"
La brisa del
río...
Vistamos un fino
quimono bermejo
en la noche
estival.
Después de la era Meiji se dragó el lecho del río y sobre
la orilla oriental se tendieron las vías del ferrocarril a Osaka. Ése fue el
final de las veladas junto al río "en una playa salpicada de quioscos
dedicados a diversos entretenimientos, rarezas y curiosidades, todos ellos
iluminados por faroles, lámparas y fuegos de artificio que brindaban una luz
tan clara como la del día...". También fue el final de los tiovivos y de
los espectáculos de equilibristas, que se habían sumado al conjunto al
promediar el Meiji. Sólo los balcones que se sucedían a lo largo de Kiyamachi y
Pontocho recordaban las antiguas veladas estivales junto al río. De todo lo que
Otoko había leído acerca de esas veladas, lo que más se había grabado en su
memoria era el pasaje acerca de los jóvenes actores kabuki, que se unían a la
multitud en la playa bañada por la luz de la Luna , con sus pañuelos purpúreos, que flameaban
en la brisa nocturna. "Esos bellísimos adolescentes se muestran recatados
a la luz de la Luna
y ocultan el rostro tras los abanicos con gesto seductor..."
Atrayentes imágenes desfilaban por la mente de Otoko.
La primera vez que vio a Keiko pensó en aquellos hermosos
adolescentes. Ahora, sentada en el balcón de la casa de té de Ofusa, los
recordó nuevamente. Era probable que los jóvenes actores kabuki fueran más
femeninos, más seductores que la
Keiko de su primer encuentro, con aquel aire de muchachito.
Una vez más pensó en que ella había transformado a esa niña en la joven que era
hoy.
–Keiko, ¿recuerdas la primera vez que me visitaste?
–preguntó.
–¿Es necesario que vuelvas a mencionarlo?
–Sentí como si se me acabara de aparecer una joven
hechicera.
Keiko tomó la mano de Otoko, se la llevó a la boca y
mordisqueó el dedo meñique, sin dejar de mirarla. Luego susurró:
–Era un brumoso atardecer de primavera y tú parecías
flotar en el pálido azul de la bruma que pendía sobre el jardín.
Aquellas eran palabras de Otoko. Otoko le había dicho que
la bruma del atardecer contribuía a crear la sensación de que era una joven hechicera.
Keiko no lo había olvidado.
Una vez más repetía las inolvidables palabras. Sabía muy
bien que de esa manera atormentaba a Otoko, la hacía culparse a sí misma y lamentar
su afecto, y al mismo tiempo lograba que ese afecto acrecentara aún más el
misterioso poder que ejercía sobre ella.
En cada ángulo del balcón de la casa de té contigua a la
de Ofusa se había encendido un farol de papel. Tres geishas, dos de ellas muy jóvenes,
atendían a un único comensal. Era un hombre joven, regordete, bastante calvo,
que permanecía con la mirada fija en el río y asentía con aire indiferente,
mientras las muchachas procuraban mantener una conversación. ¿Esperaba la noche
o aguardaba a un amigo? Los faroles estaban ya encendidos, pero no eran necesarios,
pues aún había suficiente luz de día.
Los dos balcones estaban muy próximos, casi al alcance de
la mano uno del otro. Como tantos otros que asomaban sobre la margen occidental
del Kamo, no sólo carecían de techo sino también de postigos. Se podía ver
hasta el último de la larguísima hilera. Aquella sucesión de balcones abiertos
acentuaba esa sensación de frescura que brindan las orillas de un río.
Sin preocuparse por la falta de intimidad, Keiko mordió
con fuerza el meñique de Otoko. El dolor la atravesó como un dardo, pero Otoko
no parpadeó. La lengua de Keiko jugueteó con la punta del dedo. Luego lo dejó
caer y dijo:
–Te bañaste, así que no tiene ni una pizca de sabor salado.
El espectáculo del río Kamo y de las colinas que se levantaban
más allá de la ciudad calmaron la irritación de Otoko y cuando sus sentimientos
se serenaron comenzó a pensar que ella era culpable hasta de que Keiko hubiera
pasado la noche con Oki.
Keiko acababa de completar sus estudios secundarios cuando llegó por primera vez al atelier de
Otoko. Dijo que había visto los cuadros de ésta en una exposición de Tokyo y su
fotografía en una revista y que se había prendado de ella.
Ese año, uno de los cuadros de Otoko había ganado un premio en una exposición de Kyoto y, en parte
debido al tema, se había hecho muy popular. Representaba a dos jóvenes geishas
que jugaban a un juego llamado tijeras,
papel y piedra, y estaba basado en una fotografía de alrededor de 1880. El
fotógrafo había recurrido a un truco para mostrar la doble imagen de una
célebre geisha del período Gion, llamada Okayo. La joven de la derecha, que
tenía los dedos de ambas manos estirados, estaba casi de frente; la otra tenía
los puños cerrados y estaba de cuarto perfil. A Otoko le gustaba la composición
de las manos, las posturas contrastantes
y las expresiones faciales de las dos geishas. La joven de los dedos extendidos
mantenía el pulgar erecto y los demás dedos curvados hacia atrás. A Otoko le
gustaban también los trajes, que eran idénticos (aunque la fotografía no
permitía adivinar los colores), y el anticuado motivo del estampado, muy
amplio, que iba desde los hombros hasta el ruedo. En la foto también se veía un
brasero cuadrado, entre ambas figuras, una marmita de hierro y una botella de
sake. Pero Otoko prefirió omitir esos detalles para no recargar el cuadro.
Su cuadro mostraba a la misma joven geisha, por duplicado,
que jugaba al juego de tijera, papel y
piedra. Quería transmitir la inquietante sensación de que aquella muchacha
era dos a la vez, que las dos eran una que, o quizá, no eran ni una ni dos. Aun
la antigua fotografía producía esa sensación, hasta cierto punto. Para que todo
no quedara en una ingeniosa intención, Otoko dedicó grandes esfuerzos a los rostros.
El estampado de los quimonos, que parecía tan grande y pesado en la fotografía,
fue una ayuda y contribuyó a destacar las cuatro manos. Aun cuando la pintura
no era una copia exacta, mucha gente de Kyoto debió de reconocer a la primera
ojeada, que el cuadro estaba basado en la fotografía de una geisha de la época
Meiji.
Un marchand de Tokyo, interesado en el cuadro de las
geishas, viajó a Kyoto para visitar a Otoko. Acordó con ella exhibir algunas de
sus obras menores en Tokyo. Fue en esa oportunidad que Keiko las vio... por
pura casualidad, porque nunca había oído hablar de la artista Ueno Otoko,
establecida en Kyoto.
Sin duda fue el cuadro de las geishas... y la belleza de
la pintora... lo que indujo a un conocido semanario a publicar una nota sobre
Otoko. Un equipo de fotógrafos y un reportero la condujeron a diferentes lugares
de Kyoto y le tomaron infinidad de fotografías. En realidad fue Otoko quien los
condujo, pues ellos querían mostrar los lugares preferidos por la pintora. El
resultado fue una nota ilustrada especial, que ocupaba tres de las páginas
centrales de la revista. Incluía una fotografía del cuadro de las geishas y un
primer plano de Otoko, pero la mayoría de las ilustraciones eran vistas de
Kyoto a las cuales la presencia de Otoko añadía interés humano. Era posible que
el objetivo de los periodistas fuera descubrir sitios nuevos en la ciudad, con
la ayuda de una artista local. Otoko no creía haber sido utilizada –comprendía
que le habían dedicado tres páginas enteras–, pero era evidente que los
paisajes de fondo nada tenían que ver con las habituales "vistas de
Kyoto".
Pero Keiko no advirtió que allí se estaban exhibiendo los
encantos ocultos de la ciudad y sólo vio la belleza de Otoko. Quedó fascinada.
Y así había surgido de la bruma azul–pálido y había
rogado a Otoko que la aceptara como alumna de pintura. El fervor de aquel ruego
había molestado a Otoko. Y de pronto los brazos de la muchacha la rodearon y
ella se sintió abrazada por una joven hechicera. Fue como un inesperado impulso
de deseo.
Con todo, le preguntó si los padres estaban enterados.
–De lo contrario no podré darle una respuesta. Estoy
segura de que usted comprenderá.
–Mis padres han muerto –explicó Keiko–. Yo tomo mis
propias decisiones.
Otoko la miró con desconfianza.
–¿No tiene un tío o una tía? ¿No tiene hermanos o hermanas?
–Soy una carga para mi hermano y su esposa. Y ahora que
tienen un bebé parezco molestarlos más que nunca.
–¿Por el bebé?
–Por supuesto que yo lo quiero. Pero a ellos no les gusta
la forma en que lo mimo.
Cuatro o cinco días después de que Keiko se hubo
instalado en la casa, Otoko recibió una carta del hermano. En ella le decía que
la muchacha era salvaje y terca, y que probablemente no le serviría ni como
criada, pero que esperaba que Otoko la aceptara. Con la carta llegaron las ropas
y demás pertenencias de Keiko. A juzgar por ellas, la muchacha provenía de una
familia en buena posición.
Otoko no tardó en comprender que debía de haber habido
algo anormal en la forma en que Keiko mimaba al bebé. Aproximadamente una
semana después de su llegada, la muchacha había forzado a Otoko a que la
peinara... como ella quisiera. El peine se enredó en unos mechones.
–¡Tire! –había exclamado Keiko–. ¡Tire con más fuerza!
¡Arrástreme de las mechas!
Otoko retiró el peine y entonces Keiko se volvió y clavó
los dientes en la mano de su maestra.
–¿Qué edad tenía usted cuando besó a alguien por primera
vez, señorita Ueno? –preguntó luego.
–¡Qué cosas preguntas!
–Yo tenía tres años. Lo recuerdo perfectamente. Era un
tío por parte de mi madre. Supongo que tendría unos treinta años. Pero a mí me
gustaba, y un día, él estaba sentado a solas en la sala y yo me le acerqué y lo
besé. Mi beso lo tomó tan de sorpresa, que se llevó una mano a la boca.
Allí, en el balcón junto al río, Otoko recordó la
historia de aquel beso infantil. Los labios, que habían besado por primera vez
a un hombre a los tres años, le pertenecían ahora y acababan de sostener su
dedo meñique.
–Recuerdo la lluvia de primavera que cayó la primera vez
que me llevaste al monte Arashi –dijo Keiko.
–Yo también.
–Y la mujer que vendía fideos.
Pocos días después de su llegada, Otoko había llevado a
Keiko a visitar el Pabellón Dorado, el Templo del Musgo, el Templo Ryoanji y
luego el monte Arashi. Habían entrado en un negocio de fideos vecino al puente
Togetsu. La anciana que atendía el negocio se había disculpado por la lluvia.
–A mí me gusta la lluvia –había replicado Otoko–. Es una
hermosa lluvia de primavera.
–Gracias, señora –había exclamado la mujer con una cortés
reverencia.
Keiko miró a Otoko y susurró:
–¿Está hablando en nombre del tiempo?
–¿Cómo? Sí, supongo que sí. En nombre del tiempo. Otoko
había aceptado las observaciones de la mujer con la mayor naturalidad.
–¡Qué interesante! –prosiguió Keiko–. Me gusta la idea de
agradecer en nombre del tiempo. ¿Es habitual entre la gente de Kyoto?
En realidad, las palabras de la mujer podían muy bien interpretarse
así. Era muy natural pedir disculpas en nombre del tiempo. Pero el comentario
de Otoko no había sido un simple gesto de cortesía; le gustaba realmente el monte
Arashi bajo una mansa lluvia primaveral. Y la anciana se lo había agradecido.
Parecía estar hablando en nombre del tiempo o del monte Arashi bajo la lluvia.
Además era natural que alguien que tenía su negocio allí adoptase esa actitud,
pero a Keiko le había parecido muy extraño.
–¡Qué fideos excepcionales!, ¿no? –dijo Keiko–. Me gusta
este lugar.
El conductor del taxímetro se lo había recomendado. Otoko
había contratado el automóvil por medio día, a causa de la lluvia.
Aun cuando era la época en que los cerezos estaban en
flor, era muy poca la gente dispuesta a visitar el lugar con lluvia. Esa era otra
de las razones por las cuales Otoko amaba la lluvia. La brumosa lluvia primaveral
suavizaba el perfil de la montaña que se levantaba más allá del río y la
embellecía más aún. Tan mansa era la lluvia que las dos mujeres apenas si
advirtieron que se estaban mojando, mientras caminaban de regreso al auto. Ni
siquiera se molestaron en abrir los paraguas. Los delicados hilos de agua se
perdían en el río sin alterar su superficie. Las flores de cerezo se
entremezclaban con tiernas hojas verdes y los colores de los árboles florecidos
se esfumaban en la lluvia con matices sutiles.
El Templo del Musgo y el de Ryoanji también lucían, bellísimos
bajo la lluvia. En el Templo del Musgo, una solitaria camelia roja había caído
entre las blancas flores de andrómedas dispersas sobre el musgo: rojo y blanco
sobre un fondo verde. La camelia, de forma perfecta, yacía con su corola hacia
arriba, como si hubiera florecido allí. Y las piedras mojadas del jardín rocoso
de Ryoanji brillaban con toda la gama de sus matices.
–Cuando se emplea una vasija de cerámica Iga en la ceremonia
del té, se la humedece primero, ¿sabías? –dijo Otoko–. El efecto es el mismo.
Pero Keiko no estaba familiarizada con la cerámica Iga ni
parecía muy impresionada por los colores del jardín rocoso que tenía ante sí.
En cambio la impresionaron las gotas de lluvia que centelleaban en los pinos
del sendero que cruzaba el parque del templo. Otoko le hizo advertir que cada
aguja parecía un tallo de flor, con una gotita en su extremo; los árboles
parecían cubiertos por flores de rocío. Era la sutil floración de la lluvia de
primavera; una floración que casi todos pasaban por alto. Los arces y otros
árboles también ostentaban gotas de lluvia en sus tiernas yemas.
Las gotas de lluvia en el extremo de las agujas de pino
podían verse en cualquier parte, pero era la primera vez que Keiko las miraba,
de modo que para ella eran algo característico de Kyoto. Las gotas de lluvia en
los pinos y las palabras de la mujer del negocio de fideos figuraban entre las
primeras impresiones que había recogido en Kyoto. La ciudad era nueva para ella
y, además, la estaba recorriendo con Otoko.
–Me pregunto cómo está la mujer del negocio de fideos
–dijo Keiko–. Desde entonces no hemos vuelto al monte Arashi.
–Es cierto. Pero cuando más me gusta es en invierno.
Vayamos en invierno.
–¿Es forzoso que esperemos hasta el invierno?
–El invierno no tardará mucho en llegar.
–¡Cómo que no va a tardar! Ni siquiera estamos en pleno
verano y falta el otoño.
Otoko rió.
–¡Podemos ir en cualquier momento! Podemos ir mañana.
–Sí, vayamos. Le diré a la mujer de los fideos que me
gusta el monte Arashi en el calor del verano y es probable que me lo agradezca.
En nombre del calor.
–Y en nombre del monte Arashi.
Keiko miró el río.
–En el invierno ya no estará ninguna de esas parejas que
pasean por la orilla, Otoko.
Por los malecones que separaban al Kamo del brazo que
corría bajo los balcones y del canal paralelo a la margen oriental paseaba
mucha gente joven. Sólo unas pocas eran parejas con niños... casi todas
parecían ser enamorados. Muchachas y muchachos tomados de la mano o sentados
muy juntos al borde del agua. A medida que oscurecía su número aumentaba.
–Sí, en invierno hace mucho frío aquí –asintió Otoko.
–Dudo de que perdure hasta el invierno.
–¿A qué te refieres?
–A su amor. Algunos de ellos ya no tendrán ganas de ver
al otro para entonces.
–¿De modo que pensabas en eso? ¿Por qué tienes que
preocuparte por una cosa así, a tu edad?
–¡Porque no soy tan tonta como tú, que has pasado veinte
años enamorada de alguien que arruinó tu vida!
Otoko permaneció en silencio.
–Oki te abandonó pero tú te has negado a reconocerlo.
–No hables así, por favor.
Otoko se volvió y Keiko extendió la mano para acomodar
unos cabellos que caían sobre la nuca de su amiga.
–Otoko, ¿por qué no me abandonas tú a mí?
¡Qué!
–Soy la única persona a la cual puedes abandonar. Hazlo.
–¿Qué quieres decir con eso?
Otoko parecía querer mantener a la muchacha a distancia,
pero no dejaba de mirarla directamente a los ojos. Pasó la yema de los dedos sobre
el mechón que Keiko le había acomodado.
–Quiero decir que me abandones como Oki te abandonó a ti
–dijo Keiko, sin desviar la mirada–. Aunque, por lo visto, nunca has estado dispuesta
a admitir que eso ocurrió.
–¿Es forzoso que utilices una palabra como
"abandonar"?
–Es la más precisa. ¿Qué palabra usarías tú? –preguntó
Keiko con un brillo malicioso en la mirada.
–Nos separamos.
–¡Pero es que no se separaron! Aún hoy él está dentro de
ti y tú estás dentro de él.
–Keiko, ¿qué estás tratando de decirme? No te entiendo.
–Hoy creí que me abandonarías.
–Pero te pedí perdón, ¿no?
–Yo te pedí perdón.
Otoko la había invitado a Kiyamachi para reconciliarse;
pero quizá ya fuera imposible una reconciliación. Era evidente que, por
naturaleza, Keiko no se conformaba con un amor plácido, de modo que procuraba
irritar a Otoko o reñía con ella o se malhumoraba. Su confesión de la noche
pasada junto a Oki había herido a Otoko. La Keiko que parecía estar bajo su control se había
convertido en una criatura extraña que la atacaba. La muchacha había dicho que
se vengaría de Oki en nombre de Otoko, pero ésta tenía la impresión de que
Keiko se estaba vengando de ella. Además, ahora pensaba en Oki con horror.
¿Cómo era posible que tuviera una aventura con su discípula, cuando tenía que
tener otras mujeres?
–¿No me vas a abandonar? –preguntó Keiko.
–¡Si insistes lo haré! Por otra parte, eso sería lo mejor
para ti.
–¡Basta! No quise decir eso –exclamó Keiko y sacudió la
cabeza–. No estaba pensando en mi propia conveniencia. Mientras esté contigo...
–Lo que más te conviene es estar lejos de mí.
Otoko trataba de hablar con calma.
–¿Acaso te has alejado ya de mí en tu corazón?
–¡Por supuesto que no!
–¡Qué suerte! ¡Me sentía tan desgraciada al pensar que
habías terminado conmigo!
–Fuiste tú quien insistió en hablar de eso.
–¿Yo?... ¿Crees que yo te dejaría?
Otoko no habló.
–¡Nunca! –estalló Keiko y una vez más tomó el meñique de
Otoko y lo mordió.
–¡Ay! ¡Me haces daño y lo sabes!
–Fue mi intención.
Llegó la comida. Mientras la camarera ordenaba los platos,
Keiko se volvió y permaneció con la mirada fija en un grupo de luces sobre el
monte Hiei. Otoko conversaba con la camarera. Había apoyado una mano sobre la
otra. Tenía miedo de que las marcas de los dientes resultaran visibles.
Cuando quedaron nuevamente a solas, Keiko miró su
escudilla de sopa, tomó un bocado de anguila con sus palillos y dijo:
–Pero, en realidad, tú tendrías que abandonarme.
–Eres terca, ¿eh?
–Soy del tipo de muchacha a la cual los amantes abandonan.
¿Crees que soy terca?
Otoko se preguntó si las mujeres eran más tercas entre sí
que con los hombres y sintió la habitual punzada de culpa. El dedo también le
dolía como si se lo atravesaran con una aguja. ¿Había sido ella quien le había
enseñado a Keiko a infligir dolor?
Un día, no mucho después de haberse instalado Keiko con
ella, la muchacha llegó corriendo desde la cocina y le anunció que había derramado
el aceite de la sartén.
–¿No te has quemado?
–¡Y cómo arde! –se quejó Keiko mientras extendía una mano
en dirección a Otoko. La punta de un dedo estaba roja. Otoko tomó la mano.
–No parece grave –dijo y se llevó rápidamente el dedo
quemado a la boca. Al sentir el contacto del dedo contra su lengua se
sobresaltó y dejó la mano de la muchacha en libertad. Keiko se lo llevó
entonces a la boca.
–¿Se alivia si uno lo chupa? –preguntó.
–¿Y qué ha pasado con la sartén, Keiko?
–¡Me olvidé!
La joven corrió de regreso a la cocina.
En otra oportunidad... (¿cuánto tiempo después había
ocurrido eso?), Otoko había comenzado a jugar con la muchacha en la cama,
posando sus labios sobre los jóvenes párpados o mordisqueando los sensitivos
lóbulos de las orejas de Keiko hasta que ésta se había ovillado y había gemido.
Y aquello había estimulado a Otoko.
Todo el tiempo Otoko recordaba que hacía mucho, mucho
tiempo, Oki había jugado con ella de la misma manera. Quizá su extrema juventud
había inducido al hombre a no buscar inmediatamente su boca. El roce de los
labios de Oki sobre su frente, sus párpados, sus mejillas, la iba sumiendo en
la más completa entrega. Keiko era ahora uno o dos años mayor que ella en aquel
tiempo y era de su mismo sexo, pero su respuesta era más rápida aún de lo que
había sido la suya. Otoko no tardó en encontrarla irresistible. Empero, la idea
de que estaba repitiendo las antiguas caricias de Oki la llenaba de culpa... y
también de vibrante vitalidad.
–¡No hagas eso, por favor! –gimió Keiko, pero mientras
hablaba apretó su torso desnudo contra el de Otoko–. Tu cuerpo y el mío son uno
solo, ¿no? –murmuró.
Otoko se apartó.
Keiko se apretó más aún contra ella.
–¿Verdad que sí? Son uno solo.
Aguardó un instante.
–Es así. Te lo aseguro –añadió luego.
Otoko sospechaba que la muchacha no era virgen. Las repentinas explosiones verbales de Keiko
todavía no se le habían hecho
familiares.
–No somos un solo cuerpo –murmuró Otoko, mientras la mano
de Keiko buscaba su pecho. La mano se movía sin vacilaciones, pero parecía
haber una cierta timidez en el contacto.
–¡No hagas eso! –exclamó Otoko y aferró la mano.
–¡Eres injusta!
Ahora había fuerza en los dedos de Keiko.
Años atrás, cuando ella tenía quince, Otoko exclamaba
exactamente lo mismo al sentir la mano de Oki sobre sus pechos: "¡No hagas
eso, por favor!". Y esas palabras figuraban en la novela. Probablemente
ella las habría recordado de todas maneras; pero al figurar en el libro, parecían
haber adquirido vida propia.
También Keiko había pronunciado esas palabras. ¿Acaso
porque había leído Una chica de dieciséis?
¿O todas las mujeres dirían lo mismo?
La novela contenía también una descripción de los pechos
de Otoko y una observación de Oki sobre el deleite de acariciarlos.
Otoko nunca había amamantado a un niño, por eso sus
pezones conservaban todo el color. En veinte años no habían perdido nada de su
vívida tonalidad. Pero, poco después de los treinta años, los pechos habían
comenzado a perder turgencia.
Sin duda Keiko lo había advertido en el baño y quería tocarlos
para cerciorarse de su falta de firmeza. Otoko se preguntó si alguna vez llegaría
a comentarlo; pero nunca lo hizo. Tampoco dijo nada cuando los pechos de Otoko
respondieron a su caricia adquiriendo más y más firmeza.
El silencio de Keiko era extraño, pues debía de
considerar aquello como una victoria.
En ocasiones, Otoko sentía que aquella reacción de sus pechos
era morbosa y perversa; a veces se sentía terriblemente avergonzada. Pero sobre
todo la sorprendía
el ver cómo iba cambiando su cuerpo casi a los cuarenta
años. Era muy diferente de lo que había sentido a los quince, cuando la forma
de sus pechos cambiaba bajo las caricias de Oki y luego, a los dieciséis,
cuando quedó encinta.
Después de haberse separado de Oki, nadie había vuelto a
tocar sus pechos por más de dos décadas. En ese período habían quedado atrás su
juventud y sus posibilidades de matrimonio. Y ahora era la mano de otra mujer,
la mano de Keiko, la que volvía a acariciarla.
Había tenido muchas oportunidades de ser amada y de
casarse, desde que se estableció en Kyoto con su madre, pero siempre las había
eludido. Los recuerdos de Oki revivían en cuanto advertía que un hombre estaba
enamorado de ella. Más que recuerdos, eran su realidad.
Cuando se separó de Oki, pensó que nunca se casaría. El
dolor la había dejado exhausta; apenas si podía trazar planes para el día siguiente.
¿Cómo pensar entonces en un futuro lejano?
Y así, la idea de no casarse fue penetrando en su mente y
llegó a ser una resolución inflexible.
Por supuesto, su madre siempre había esperado que algún
día se casara. Se había trasladado a Kyoto para alejar a su hija de Oki y para calmarla,
y no con la intención de establecerse allí en forma definitiva. Nunca dejó de
mostrarse ansiosa por el futuro de su hija. La primera vez que le habló de un
posible matrimonio, Otoko tenía diecinueve años. Había sido en el Templo
Nembutsu, en Adashino, la noche de la Ceremonia de las Mil Luces.
Otoko advirtió que los ojos de su madre se llenaban de
lágrimas mientras contemplaba las mil luces que ardían ante las innumerables pequeñas
tumbas de los muertos no llorados. Aquellas largas hileras simbolizaban el
limbo de los niños. Las débiles llamas de los cirios, que titilaban en la
penumbra del atardecer, acentuaban el aspecto melancólico de las lápidas.
Había oscurecido ya cuando juntas recorrieron el camino
de regreso.
–¡Ay, qué soledad! –había exclamado la mujer–. ¿No te
sientes sola, Otoko?
Esta vez, la palabra "sola" parecía tener un
significado diferente. Comenzó a hablar de una proposición matrimonial. Alguien
había pedido la mano de Otoko, por intermedio de una amiga que vivía en Tokyo.
–Me siento culpable respecto de ti, porque no puedo casarme –dijo Otoko.
–¡No hay mujer que no pueda casarse!
–¡Sí que la hay!
–Si no te casas, tanto tú como yo estaremos entre los
muertos no llorados.
–No sé qué significa eso.
–Son los muertos que no han dejado descendientes que los
lloren.
–Lo sé, pero ignoro lo que eso puede representar. Después
de todo uno ya está muerto.
–No es sólo después de la muerte. Una mujer sin marido ni
hijos debe de sentirse así aun en vida. Suponte que yo no te hubiera tenido a
ti. Tú eres muy joven aún, pero... La mujer vaciló.
–Con frecuencia dibujas y pintas a tu bebé, ¿no? ¿Cuánto
tiempo piensas seguir haciéndolo?
Otoko no respondió.
Su madre le informó cuanto sabía acerca del peticionante.
–Si quieres conocerlo, podríamos viajar a Tokyo.
–¿Qué supones que estoy viendo ante mí mientras te escucho?
–preguntó Otoko.
–¿Ves algo?
–Rejas. Veo las ventanas enrejadas de la clínica psiquiátrica.
La madre no habló más.
Otoko recibió varias proposiciones matrimoniales más
mientras aún vivía su madre.
–Es inútil que sigas pensando en Oki –decía su madre,
cuando la instaba a casarse–. No puedes hacer nada.
Esperar a Oki es lo mismo que esperar el pasado... El
tiempo y los ríos no corren para atrás.
Sus palabras representaban más un ruego que un consejo.
–Yo no espero a nadie –replicaba Otoko.
–¿Te limitas a pensar en él? ¿No puedes olvidarlo?
–No se trata de eso.
–¿Estás segura?... Eras apenas una niña cuando él te sedujo...
una inocente niña. Quizás ésa sea la razón por la cual quedó una cicatriz. Yo lo odiaba por
haber sido tan cruel con una criatura.
Otoko recordaba ahora las palabras de su madre. Se preguntó
si era su juventud y su inocencia lo que habían dado tanta intensidad a ese
amor. Quizás eso explicara su pasión ciega e insaciable. Cuando en un espasmo
mordía el hombro de Oki, ni siguiera advertía la sangre que manaba de la herida.
Mucho después de separarse de él, le molestó leer en Una chica de dieciséis, que cuando Oki
iba a encontrarse con ella pensaba en cómo le haría el amor en esa oportunidad
y generalmente cumplía sus planes. Le parecía aterrante que el corazón de un
hombre "palpitara lleno de gozo mientras caminaba pensando en eso".
Para una joven espontánea como Otoko era inconcebible que un hombre planeara de
antemano sus técnicas eróticas, la secuencia de éstas y cosas por el estilo.
Ella aceptaba todo lo que él hacía, le brindaba todo lo que él pedía. Oki la
había descrito como una criatura extraordinaria, como mujer entre las mujeres. Gracias a ella –así escribía– él había experimentado todas las formas de
hacer el amor.
Al leer aquello, Otoko había ardido de humillación. Con
todo, no podía reprimir los vívidos recuerdos de aquella pasión, su cuerpo se
ponía tenso y comenzaba a temblar. Por fin la tensión se aflojaba y una deliciosa
sensación de plenitud recorría sus miembros. Su amor del pasado había vuelto a
la vida.
No eran sólo las ventanas enrejadas de la clínica lo que
Otoko veía en su camino de regreso de la Ceremonia de las Mil Luces. También se veía a sí
misma en brazos de Oki.
Quizá si él no hubiera descrito aquellos abrazos, la
visión no habría seguido siendo tan vívida a través del tiempo. Otoko había
palidecido de furia y de desesperación cuando Keiko le había relatado que en el
instante crítico ella había pronunciado su nombre en brazos de Oki... "¡y
él se quedó paralizado!". Pero por detrás de esas emociones había sentido
que Oki también se acordaba de ella. ¿Era posible que en ese instante se le
hubiera representado la joven Otoko entre sus brazos?
Con el correr del tiempo, el recuerdo de aquel abrazo se
fue purificando dentro de Otoko; fue dejando de ser algo físico para
convertirse en algo espiritual. Ahora ella ya no era pura y sin duda Oki
tampoco lo era. Y sin embargo, su antiguo abrazo, tal como lo veía ahora,
parecía puro. Aquel recuerdo –en el que ella intervenía y no intervenía, que
parecía real e irreal– era una visión sagrada, una visión sublimada del abrazo
de antaño.
Cuando recordaba lo que él le había enseñado y lo imitaba
al hacer el amor a Keiko, temía manchar o destruir la sagrada visión. Pero el recuerdo
permanecía inviolable.
Keiko tenía la costumbre de utilizar crema depilatoria
para quitarse el vello de los brazos y de las piernas, y comenzó a aplicársela
en presencia de Otoko. En los primeros tiempos lo hacía en privado. Cuando
Otoko la interrogaba acerca del extraño olor que había quedado flotando en el
baño, la joven no respondía. Otoko no estaba familiarizada con los
depilatorios, porque nunca los había necesitado.
Luego sorprendió a Keiko con una pierna recogida,
aplicándose la crema. Otoko frunció el entrecejo.
–¡Qué olor desagradable! ¿Qué es?
Cuando vio que el vello desaparecía al quitarse la crema,
se cubrió los ojos.
–¡No hagas eso, por favor! Se me eriza la piel.
Se estremeció y sintió que se le ponía carne de gallina.
–¿Es indispensable que hagas una cosa tan repulsiva?
–¿Acaso no lo hace todo el mundo?
Otoko no replicó.
–¿No se te pondría carne de gallina si tocaras una piel velluda?
Otoko siguió guardando silencio.
–Después de todo soy mujer –insistió Keiko.
De modo que hacía eso por Otoko. Aunque fuera por otra
mujer, Keiko deseaba tener la piel satinada de las de su sexo.
Otoko se sintió oprimida, tanto por su propia repugnancia
ante aquella operación como por los sentimientos que había despertado en ella
la franqueza de Keiko. El olor acre
quedó flotando aun después que Keiko se hubo retirado al cuarto de baño para
quitarse con agua los restos de crema. Cuando regresó levantó su falda y extendió
una pierna esbelta y blanquísima.
–Tócala y verás. Ahora está suavísima.
Otoko miró la pierna, pero no la rozó. Keiko se acarició
la pantorrilla con la mano derecha y miró a Otoko como si se preguntara qué le
estaba ocurriendo.
–¿Te preocupa algo? –preguntó.
Otoko evitó su mirada.
–Keiko, te ruego que de ahora en adelante no hagas más
eso en mi presencia.
–Es que no quiero ocultarte nada más. Ya no tengo secretos
para ti.
–No veo por qué tienes que mostrarme algo que yo
considero ofensivo.
–Te acostumbrarás. Es como cortarse las uñas de los pies.
–Uno tampoco se corta las uñas de los pies en presencia
de otra gente.
Keiko asintió sin mayor entusiasmo, pero a partir de entonces,
si bien no hizo alarde, tampoco disimuló sus esfuerzos por extirpar el vello de
sus brazos y piernas. Otoko nunca se acostumbró. Fuera porque habían
perfeccionado la crema depilatoria o porque Keiko la había sustituido por otra,
el olor ya no era tan desagradable; no obstante eso, el proceso en sí provocaba
náuseas a Otoko. No podía soportar la vista del vello de las pantorrillas o de
los brazos, que se desprendía cuando Keiko se quitaba la crema. Prefería
abandonar la habitación. Sin embargo, detrás de esa repugnancia titilaba una
llamita, que desaparecía y volvía a brillar. Esa llama minúscula, distante, era
apenas discernible y tan calma, tan pura, que resultaba difícil creer que era
una llama de deseo. Aquella lucecita vacilante le recordaba su relación con
Oki, años atrás. Sus náuseas al ver cómo Keiko se extirpaba el vello se
vinculaba con la sensación de contacto entre una mujer y otra, una presión directa
sobre su propia piel. Sí, la primera sensación era de náusea. Pero si pensaba
en Oki, ese estado desaparecía en forma milagrosa.
Entre los brazos de Oki ella jamás había experimentado
náuseas; ni siquiera había advertido si él era velludo o no. ¿Era porque perdía
el sentido de la realidad? Ahora, con Keiko, era más libre que entonces. Había
desarrollado un erotismo audaz y maduro. Se había sorprendido al comprobar, a
través de Keiko, que había madurado como mujer en aquellos largos años de
soledad. Temía que, en caso de tener a un hombre por amante, su contacto
desvaneciera la visión que ella guardaba celosamente en su interior: la sagrada
visión de su amor por Oki.
Otoko había fracasado en su intento de suicidio de aquel
entonces, pero siempre se lamentó de no haber muerto en esa oportunidad. Creía
que lo mejor habría sido morir en el parto, antes del intento de suicidio y
antes de la muerte de la criatura. Pero a medida que pasaban los meses y los años,
esos pensamientos fueron limpiando la herida que le había infligido Oki.
"Eres más de lo que merezco. Es un amor que yo nunca
soñé encontrar. Vale la pena morir por una dicha como ésta..." Las
palabras de Oki no se habían borrado nunca de su memoria. Figuraban en la novela
y eso parecía haberles conferido una vida autónoma, que ya no guardaba relación
con Oki ni con ella. Quizá ya no existieran los amantes de entonces, pero en su
tristeza, le quedaba el nostálgico consuelo de que su amor se conservaba, como
reliquia, en una obra de arte.
La madre de Otoko había dejado una pequeña navaja que
solía utilizar para afeitarse el vello. Aunque casi no la necesitaba, Otoko la
sacaba de vez en cuando –una vez por año, como impulsada por algún recuerdo– y
se afeitaba la nuca y prolijaba el nacimiento del pelo sobre la frente.
Un día, al ver que Keiko comenzaba a aplicarse la crema
depilatoria, anunció:
–Keiko, te afeitaré.
Extrajo la navaja de su madre del tocador.
–No, no. ¡Tengo miedo! –exclamó Keiko al ver la navaja y
huyó de la habitación.
Otoko la persiguió.
–¡No tiene nada de peligroso! ¡Déjame hacerlo, por favor!
Keiko permitió a regañadientes que la condujera de regreso
junto a la mesa–tocador. Pero cuando Otoko le aplicó el jabón y comenzó a pasar
la navaja, advirtió con sorpresa que los dedos de la joven temblaban.
–No te preocupes. No hay ningún peligro. Mantén tu brazo
quieto.
Pero la ansiedad de Keiko era estimulante. Era una
tentación. El cuerpo de Otoko también se puso tenso y sintió un vigor desconocido
en los hombros.
–Por esta vez no probaré en las axilas –dijo–. Pero con
el rostro no hay problema.
–Aguarda. Déjame recobrar el aliento –rogó Keiko.
Otoko le enjabonó la frente y la barbilla. Mientras la
navaja prolijaba el nacimiento del pelo sobre la frente, Keiko mantuvo los ojos
cerrados con fuerza. Su cabeza echada hacia atrás reposaba sobre la mano de
Otoko. La atención de ésta se concentró en aquel largo y esbelto cuello. Era
una garganta de aspecto inocente, delicadamente modelada, radiante de juventud.
La mano que sostenía la navaja se detuvo.
Keiko abrió los ojos.
–¿Qué ocurre?
Otoko acababa de pensar que si ella hacía penetrar
el acero en aquella adorable garganta,
Keiko moriría. En ese instante podía matarla con toda facilidad: bastaba un simple
tajo en la parte más adorable de su cuerpo.
Su propio cuello no debía de haber sido tan bello, pero
una vez ella había protestado porque tenía la sensación de que Oki la estaba estrangulando.
Y él había apretado con más fuerza aún.
Volvió a sentir la sensación de asfixia mientras miraba a
Keiko y sintió un vahído.
Fue la única vez que utilizó la navaja con Keiko.
Después, ésta siempre se resistió y Otoko no la quiso forzar. Cada vez que
abría el cajón del tocador para buscar un peine o algo así, veía la navaja de
su madre. A veces le recordaba el vago impulso homicida que había cruzado su
mente. Si hubiera matado a Keiko, ella tampoco podría haber seguido viviendo.
Más tarde, aquel impulso se convirtió en un fantasma vagamente familiar.
¿Habría perdido una vez más la oportunidad de morir?
Otoko comprendía que en ese fugaz impulso homicida se
ocultaba su antiguo amor por Oki. Por ese entonces, Keiko aún no lo había conocido.
No se había interpuesto aún entre los dos.
Ahora que Otoko se había enterado de la noche en
Enoshima, el antiguo amor volvía a arder con ominosa llama. Sin embargo, en
esas llamas Otoko veía una gran flor de loto blanca. Su amor era una flor de
ensueño que ni siquiera Keiko podría mancillar.
Con la imagen del loto blanco aún en la mente, Otoko
desvió la mirada para contemplar las luces de las casas de té de Kiyamachi. que
se reflejaban en el agua. Luego apartó la vista de aquellos reflejos, para
observar la oscura silueta de las Colinas
Orientales, que se levantaban más allá de Gion. La línea suavemente
redondeada de la cadena montañosa parecía irradiar paz, pero sus sombras
parecieron fluir secretamente hacia Otoko, que miraba sin ver los faros de los
automóviles que iban y venían por la ribera opuesta, las parejas que recorrían
el paseo y las lámparas de los balcones que se alineaban a lo largo de la
ribera occidental. Sólo la escena nocturna de las Colinas Orientales ocupaba su mente.
"Llevaré adelante mi idea de la Ascensión de un infante –pensó–. Si no hago ese
cuadro ya, quizá no llegue a pintarlo nunca. Está a punto de convertirse en
algo diferente... Está a punto de perder todo lo que puede haber en él de amor
y de tristeza." ¿A qué obedecían esos repentinos sentimientos? ¿Serían una
consecuencia de su visión del loto en llamas? Empezaba a parecerle que el loto
era Keiko. ¿Por qué florecía aquel loto en medio de una hoguera? ¿Por qué no se
marchitaba?
–Keiko –dijo, de pronto–, ¿has recuperado tu buen humor?
–Si tú estás de buen humor, yo también lo estoy. El tono
de Keiko tenía mucho de coquetería.
–Dime una cosa: ¿cuál de tus dolores ha sido el más profundo?
–preguntó Otoko.
–No estoy muy segura –replicó Keiko con despreocupación–.
He tenido tantos que no sabría decir. Trataré de recordarlos a todos y te diré.
Pero mis tristezas son breves.
–¿Sí?
–Así es.
Otoko la miró con fijeza y procuró hablar con la mayor
serenidad posible.
–Te quiero pedir una cosa. Una sola cosa. Por favor, no
vuelvas a Kamakura.
–¿A ver a Oki o a su hijo?
Aquella pregunta dejó casi sin aliento a Otoko.
–¡Quisiera que no vuelvas a ver a ninguno de los dos, por
supuesto!
–Sólo fui para vengarte.
–¡Sigues hablando así! ¡Eres aterrante!
La expresión de Otoko había cambiado. Cerró los ojos,
como para retener las lágrimas.
–Qué cobarde eres... –suspiró Keiko y se puso de pie para
colocarse detrás de Otoko. Apoyó ambas manos sobre sus hombros y luego jugueteó
con las orejas de su amiga. Otoko permaneció inmóvil, abandonada, mientras escuchaba
el murmullo de las aguas del río.
MECHONES DE PELO
NEGRO
–¡Visitas, querido! –gritó Fumiko desde la cocina,
dirigiéndose a Oki–. Una enorme señora rata nos ha honrado con su visita y se
oculta bajo la cocina.
A veces, Fumiko utilizaba un lenguaje exageradamente
cortés para formular críticas encubiertas a su marido.
–No me digas!
–¡Y, por lo visto, hasta ha traído consigo a sus
pequeños!
–¡Ah, sí!
–Deberías venir a verla, realmente... La ratita acaba de
asomarse y tiene la carita más dulce que yo haya visto.
–Mmm.
–Me miró con unos ojitos mansos y relucientes.
Oki guardó silencio. El penetrante aroma de la sopa miso
llegaba hasta el comedor, en donde él leía el diario de la mañana.
–¡Y ahora está entrando la lluvia! Directamente a la cocina.
¿La oyes, querido?
Ya llovía cuando Oki se había despertado, pero ahora caía
un verdadero aguacero. El viento que sacudía los pinos y bambúes en las colinas
había virado al este y hacía entrar el agua de lluvia por ese frente de la
casa.
–¿Cómo supones que puedo oírla con semejante viento y
semejante aguacero?
–¿No quieres venir a ver?
–Mmm.
–¡Pobres gotitas! El viento las arroja contra el techo y
ellas tienen que deslizarse por las grietas, para caer como lágrimas sobre
nosotros...
–Me harás llorar a mí también.
–Pongamos la trampera esta noche. Creo que está en el
estante más alto de la alacena. ¿Me la bajarás, más tarde?
–¿Estás segura de que quieres cazar a la señora rata y a
su dulce pequeñuelo en una trampa? –preguntó Oki, sin levantar la vista del periódico.
–¿Y qué me dices de la gotera?
–¿Es muy grave? ¿No será porque el viento está soplando
de ese lado? Mañana subiré al techo y miraré.
–Es peligroso para un anciano. Le puedo pedir a Taichiro
que lo haga.
–¿Quién es el anciano?
–En la mayoría de las actividades, los hombres se jubilan
a los cincuenta y cinco, ¿no es así?
–Es bueno saberlo. Quizá yo también deba retirarme.
–Hazlo cuando quieras.
–Quisiera saber a qué edad debe retirarse uno en la actividad
literaria.
–El día de la muerte.
–¡Ah, muy bien!
–¡Perdón! –exclamó Fumiko en tono contrito y luego añadió
con su voz habitual–: Quise decir que podías seguir escribiendo por mucho, mucho
tiempo.
–No es una perspectiva muy halagüeña; sobre todo, cuando
uno tiene una esposa rezongona. Es como si el diablo lo estuviera pinchando a
uno con su tridente.
–¡No me digas eso! ¿Cuándo he rezongado yo?
–Eres capaz de ser bastante incómoda, tú lo sabes.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, cuando estás celosa, por ejemplo.
–Todas las mujeres son celosas; pero tú me enseñaste,
hace mucho tiempo, que es una medicina amarga y peligrosa... una espada de doble
filo.
–Con la que uno hiere al compañero y se hiere a sí mismo.
–Ocurra lo que ocurra, ya estoy demasiado vieja para un
doble suicidio o para un divorcio.
–Ya es bastante feo que una pareja madura se divorcie;
pero no hay nada más triste que un doble suicidio. Los ancianos deben de
sentirse muy afectados cuando leen una noticia de ese tipo en los diarios. Mucho
más de lo que pueden sentirse los jóvenes cuando se enteran del suicidio de dos
jóvenes enamorados.
–Piensas en eso porque una vez, hace mucho tiempo, te
conmovió profundamente la idea del doble suicidio... De cualquier manera, no
permitiste que tu joven amiga se enterara de que tú deseabas morir con ella.
Quizás eso hubiera sido lo mejor. Ella intentó quitarse la vida, pero nunca
soñó que tú también estabas dispuesto a morir. ¿No te da lástima que ella lo
haya ignorado?
–Pero ella no murió.
–Su intención era morir. Para el caso es lo mismo.
Fumiko volvía a hablar de Otoko. Oki oyó el chirrido del
aceite en la sartén, probablemente estaba friendo cerdo con repollo. El aroma
de la pasta de frijoles fermentados se hizo más intenso.
–Me parece que tu sopa miso se está pasando de punto
–advirtió Oki.
–Está bien, está bien. Ya sé que nunca te complaceré con
esta sopa... Ya te has quejado muchas veces de mi manera de hacerla, cuando la
pedías en todos los restaurantes del país... Supongo que tu deseo subconsciente
era el de cocinar en ella a tu esposa.
–¿Sabes cómo se escribe el nombre de esa sopa en chino?
–¿No se escribe fonéticamente?
–Se repite tres veces el ideograma "honorable".
–¡Ah, sí!
–Y es porque siempre fue muy importante en la cocina, y
muy difícil de hacer.
–Quizá tu honorable miso se haya ofendido esta mañana
porque no se la ha tratado con el debido respeto.
Otra vez le estaba formulando un reproche encubierto. Oki
era natural del sector occidental de Japón y nunca había llegado a dominar realmente
el cortés lenguaje de Tokyo. Fumiko, en cambio, se había criado en Tokyo. Por
eso, más de una vez debía recurrir a su asesoramiento. Sin embargo, no siempre
aceptaba lo que ella le decía. La enconada discusión podía transformarse en una
inacabable disputa y, por lo general, Oki terminaba por declarar que el habla
de Tokyo no era más que un vulgar dialecto, con una superficial tradición. En
Kyoto o en Osaka hasta el chismorreo habitual era algo muy cortés, muy
diferente del chismorreo de Tokyo. La gente utilizaba expresiones corteses para
cualquier tipo de cosas: montañas y ríos, casas, calles, cuerpos celestes y
hasta peces y verduras.
–En ese caso, más vale que consultes a Taichiro –le decía
ella, dando por terminada la discusión–. Después de todo él es un
universitario.
–¿Qué puede saber él de eso? Quizá sepa algo de
literatura, pero nunca ha estudiado el lenguaje cortés. ¡Mira cómo hablan él y
sus amigos! Ni siquiera es capaz de escribir sus artículos en un buen japonés.
En realidad, a Oki le disgustaba consultar a su hijo o
recibir instrucciones de él. Prefería preguntar a su esposa. Pero, aunque era
natural de Tokyo, Fumiko solía quedar perpleja ante sus preguntas.
Aquella mañana se descubrió a sí mismo lamentándose una
vez más de la decadencia del idioma.
–Antes, los eruditos sabían chino y escribían una prosa
correcta y armoniosa. La gente no habla así. Todos los días aparecen palabras
nuevas, simpáticas como esas ratitas. Y, como a esas ratitas, no les importa lo
que roen. Las palabras cambian con tanta rapidez que uno experimenta vértigo.
Por eso su vida es muy breve, y aunque sobrevivan se vuelven obsoletas... como
las novelas que escribimos. Es raro que alguna dure cinco años.
–Y bien, quizá baste con que una palabra nueva viva un
día –dijo Fumiko, mientras entraba con la bandeja del desayuno–. Yo también he
hecho bien en sobrevivir todos estos años que han transcurrido desde que tú
pensaste en morir con aquella muchacha.
–Porque no hay jubilación para las amas de casa. Eso está
mal.
–Pero existe el divorcio. Una vez, por lo menos una vez
en mi vida yo también quise saber cómo se sentía uno al divorciarse.
–No es demasiado tarde.
–Ya no me interesa. Ya conoces ese antiguo dicho: tratar
de asir la ocasión cuando ya pasó.
–La tuya no ha pasado... ni siquiera tienes canas.
–¡Pero la tuya sí!
–Ese es mi sacrificio para evitar el divorcio. Para que
no te pongas celosa.
–¡Hoy estás dispuesto a hacerme enojar!
Bromeando como siempre, saborearon el desayuno. Fumiko
parecía estar de buen humor. Había recordado a Otoko, pero era evidente que esa
mañana no estaba dispuesta a exhumar el pasado.
La lluvia había amainado, a pesar de que aún no se veían
grietas en la densa capa de nubes.
–¿Taichiro duerme aún? –preguntó Oki–. ¡Despiértalo!
Fumiko hizo un gesto de asentimiento.
–Lo intentaré; pero dudo de que lo logre. Me dirá que lo
deje dormir porque está de vacaciones.
–¿No tenía pensado ir a Kyoto hoy?
–Puede ir al aeropuerto después de cenar. ¿Por qué va a
Kyoto con este calor?
–Deberías preguntárselo a él. Se le ha puesto entre ceja
y ceja visitar nuevamente la tumba de Sanetaka, que está detrás del Templo Nisonin.
Parece que va a escribir una tesis sobre la Crónica de Sanetaka... ¿Sabes quién fue Sanetaka?
–¿Algún noble de la corte?
–¡Por supuesto que era noble! Llegó a ser chambelán en
tiempos de Yoshimasa, y era amigo del poeta Sogi y de su círculo. Sanetaka fue
uno de los aristócratas que mantuvieron con vida el arte y la literatura
durante las guerras del siglo XVI. Parece haber tenido una interesante
personalidad y dejó un diario muy voluminoso. Taichiro piensa utilizarlo para
estudiar la cultura de ese período.
–¡Ah, sí! ¿Y dónde está el templo?
–Al pie del Monte Ogura.
–¿Pero dónde es eso? ¿No me llevaste allí una vez?
–Sí, hace mucho tiempo. Es un lugar pleno de asociaciones.
–Eso era en Saga, ¿no? Ahora recuerdo.
–Taichiro está descubriendo tantos detalles incidentales
que opina que yo debería utilizarlos para una novela. Él los califica de
anécdotas sin valor. Supongo que se siente muy erudito cuando me aconseja crear
una novela con sus anécdotas inútiles y sus leyendas infladas.
Fumiko sonrió con aire reservado.
–¡Ve a despertar a tu erudito! –prosiguió Oki, mientras
se levantaba de la mesa–. ¿Dónde se ha visto que un hijo siga durmiendo
mientras su padre trabaja?
En su estudio se sentó ante el escritorio y apoyó la
cabeza en las manos, para reflexionar acerca de aquel diálogo sobre la edad a
que debe retirarse un novelista. No lo encontraba nada divertido. Oyó que alguien
hacía gárgaras en el baño. Taichiro entró enjugándose el rostro con una toalla.
–Te has levantado un poco tarde, ¿no? –comentó Oki con
sequedad.
–Soñaba despierto.
–¿Y con qué soñabas?
–¿Sabías que han excavado la tumba de la princesa Kazunomiya?
–¿Han violado la tumba de una princesa?
–Podría definirse así –admitió Taichiro, conciliador–.
¿Pero acaso no es frecuente que excaven antiguas tumbas con fines de
investigación?
–Si es la tumba de la princesa Kazunomiya no puede ser
muy antigua. ¿Cuándo murió?
–En 1877 –respondió Taichiro con seguridad.
–¡En ese caso ha transcurrido menos de un siglo!
–Así es. Pero dicen que no quedaba más que su esqueleto.
Oki frunció el entrecejo.
-Dicen que hasta su almohada y sus vestidos se habían
desintegrado... No quedaba más que el esqueleto.
–Es inhumano exhumar esos restos.
–Yacía en una postura deliciosamente inocente, como un
niño dormido.
–¿El esqueleto?
–Sí. Y parece que quedaba un mechón de pelo detrás del
cráneo... del largo que lo usaban las viudas. Pero era un pelo negro que
parecía corresponder a una mujer de alta alcurnia muerta en plena juventud.
–¿Y tú soñabas despierto con ella?
–Sí. Pero es que había algo más. Algo bello, misterioso y
fugaz...
–¿De qué se trataba? –preguntó Oki, que no podía
compartir el entusiasmo de su hijo. Le disgustaba profundamente que hubieran exhumado
el cadáver de una desdichada princesa imperial, que tenía que haber muerto antes
de los treinta años.
–Algo que jamás se te ocurriría –dijo Taichiro, mientras
balanceaba su toalla–. ¿No quieres que llame a mi madre así relato el suceso en
su presencia?
Oki hizo un gesto afirmativo.
Al regresar al estudio, Taichiro iba repitiendo la
historia a su madre.
Oki había extraído un volumen del Diccionario de historia
japonesa de un anaquel de la biblioteca, buscó el nombre de Kazunomiya y encendió
un cigarrillo. Su hijo traía en la mano algo que parecía una revista de pocas
páginas. Oki le preguntó si aquél era el informe de la excavación.
–No, es el boletín de un museo. Uno de los miembros del
equipo de redacción escribió un artículo intitulado "Belleza fugaz",
a raíz de algo espectral que algunos de ellos tuvieron oportunidad de ver. Es
posible que eso no figure en el informe.
Taichiro hizo una pausa y comenzó a resumir el artículo:
–Entre los brazos del esqueleto de la princesa Kazunomiya
encontraron una placa de vidrio un poco más grande que una tarjeta de visita.
Parece ser que eso fue lo único que encontraron. Estaban excavando las tumbas
de los Shoguns de Tokugawa, en Shiba, de modo que abrieron también la de
Kazunomiya... El tipo que estaba a cargo de los textiles pensó que podía
tratarse de un espejo de bolsillo o de una fotografía de placa húmeda. Envolvió
el vidrio en un papel y lo llevó al museo.
–¿Quieres decir que podía ser una fotografía sobre
vidrio?
–Sí, se extiende una emulsión sobre una placa de vidrio y
ésta se revela mientras está aún húmeda. Como las fotos de antes, ¿comprendes?
–Ah, sí.
–El vidrio parecía transparente, pero cuando el experto
en textiles lo examinó en el museo, colocándolo a la luz, a diferentes ángulos,
pudo distinguir la figura de un joven que vestía ropas de ceremonia y un
sombrero de cortesano. Era, en efecto, una fotografía. Muy desvaída, por
supuesto.
–¿Era el Shogun Iemochi? –preguntó Oki, cada vez más
interesado.
–Parecería que sí. Se presume que fue enterrada con la
fotografía de su marido muerto. El encargado pensó así y estaba dispuesto a
consultar al Instituto de Investigaciones de Propiedades Culturales al día siguiente,
con la esperanza de que ellos lograran obtener una imagen más clara... Pero a
la mañana siguiente la imagen se había desvanecido por completo. De la noche a
la mañana, la fotografía se había convertido en un simple trozo de vidrio.
–¿En serio? –Fumiko miraba a su hijo con sorpresa.
–Por haber sido expuesta al aire y a la luz después de
haber estado enterrada por espacio de años –explicó Oki.
–Así es. Una persona puede atestiguar que el experto en
textiles vio una fotografía: se trata de un guardián que pasó por allí en el
momento en que el hombre la estaba mirando. Se la mostró y el guardián vio
también la imagen de un joven noble.
–¡Increíble!
–El artículo dice que es "la historia de una vida
verdaderamente efímera".
Taichiro hizo una pausa.
–Pero el autor del artículo tiene ambiciones literarias
–prosiguió–, de modo que en lugar de terminar allí siguió bordando la historia.
Se dice que el príncipe Arisugawa estaba profundamente enamorado de Kazunomiya.
Por eso cabe la posibilidad de que la fotografía haya mostrado al amante y no
al marido. Es posible que, al sentirse morir, Kazunomiya haya ordenado
secretamente a sus servidores que enterraran con ella la fotografía en vidrio
de su amante. El autor dice que eso es lo que cabe esperar de un personaje tan
trágico como el de la princesa.
"Pura imaginación, ¿no creen ustedes? Se puede
escribir una nota interesantísima sobre la imagen del amante que se desvanece
de la noche a la mañana, no bien se la saca de una sepultura.
"Dice también que la fotografía debió haber quedado
bajo tierra para siempre. Kazunomiya habría deseado, sin duda, que la imagen se
desvaneciera esa noche.
–Supongo que sí.
–Y esa belleza que se desvaneció en forma tan repentina
podría ser recuperada por algún escritor que la transformara en una conmovedora
obra de arte... Así termina el artículo. ¿No te gustaría escribir sobre eso,
papá?
–No sé si sería capaz de hacerlo –dijo Oki–. Quizás en
forma de cuento, un cuento que comenzara con una escena de la excavación...
¿Pero no basta con ese artículo?
–¿Te parece? –Taichiro parecía decepcionado.
–Lo leí esta mañana en la cama y ardía en deseos de
contártelo. Te lo dejo.
Dejó la revista sobre el escritorio de su padre.
–Me gustaría leerlo
Cuando Taichiro ya se encaminaba a la puerta, Fumiko le
preguntó:
–¿Y qué ocurrió con el esqueleto de la princesa? No la
habrán llevado a una universidad o a un museo, ¿no? ¡Eso sería demasiado cruel!
Estoy segura de que la volvieron a enterrar tal como estaba.
–El artículo no dice nada; pero sin duda lo hicieron.
–De cualquier manera, la fotografía que ella abrazaba ha
desaparecido... La pobre princesa muerta tiene que estar muy sola.
–Eso no se me había ocurrido. ¿Qué te parece ese toque
final, papá?
–Demasiado sentimental.
Taichiro abandonó el estudio. Fumiko también se dispuso a
salir.
–¿No tenías proyectado trabajar? –preguntó.
–Todavía no. Después de un relato como éste necesito un
paseo. Parece que ha dejado de llover.
Oki se levantó de su escritorio.
–De cualquier manera tiene que estar fresco y agradable
después de semejante aguacero –comentó Fumiko y miró por la ventana–. Por favor,
sal por la cocina y échale una ojeada a esa gotera.
–Hablas de lo solitaria que debe de estar la pobre
princesa muerta y a renglón seguido me dices que vaya a controlar una gotera.
Las galochas de Oki estaban en un arcón para calzado
próximo a la puerta de la cocina. Fumiko las sacó y mientras lo hacía dijo:
–¿Te parece bien que Taichiro hable de una tumba y, a
continuación, viaje a Kyoto a visitar otra tumba? Oki la miró perplejo.
–¿Y qué tiene eso de malo? ¡Qué manera de saltar de un
tema a otro!
–No estoy saltando. Me he estado preguntando lo mismo
desde que comenzó a hablarnos de la princesa Kazunomiya.
–Pero la tumba de Sanetaka es cientos de años más antigua.
–¡Taichiro va a Kyoto a ver a esa muchacha!
Una vez más Fumiko había sorprendido a Oki con la guardia
baja. Hasta ese momento, ella había estado atareada buscando las galochas; pero
mientras Oki se las colocaba, se incorporó y lo miró a los ojos.
–Es una muchacha aterradoramente hermosa... ¿no te parece
que es aterradora?
Oki vaciló. Había mantenido en secreto la noche pasada
con Keiko.
–Todo esto me produce una extraña sensación de inquietud
–prosiguió Fumiko sin apartar los ojos de su marido–. En lo que va del verano
no se ha producido una verdadera tormenta eléctrica.
–¡Ahí tienes! ¡Otra vez saltando de un tema a otro!
–Si esta noche se produjera una tormenta eléctrica,
podría caer un rayo sobre el avión.
–¡No seas absurda! Nunca he oído que un rayo caiga sobre
un avión en este país.
Con el alivio de haber escapado de la casa, Oki observó
las oscuras nubes de lluvia y el cielo bajo. La humedad era opresiva. Pero aun
cuando el cielo se hubiera despejado, su humor no podía mejorar mucho. La idea
de que su hijo viajaba a Kyoto para ver a Keiko no se apartaba de su mente. Por
supuesto, no tenía la seguridad de que así fuera; pero desde el instante en que
su esposa lo había sorprendido con aquella ocurrencia, había comenzado a
admitirla como una posibilidad.
Al abandonar su estudio para dar un paseo, había tenido
la intención de visitar uno de los antiguos templos de Kamakura; pero la
extraña observación de Fumiko había hecho que las tumbas del templo se convirtieran
en un espectáculo repelente. Decidió, pues, trepar una pequeña colina boscosa
próxima a su casa. El aire del bosque estaba impregnado en los densos aromas
que exhalan los árboles a la tierra después de una lluvia. Al sentirse escondido
por la fronda comenzaron a surgir en su memoria visiones del adorable cuerpo de
Keiko.
Primero vio uno de sus pezones. Era un botón rosado, de
un rosado casi transparente. Algunas mujeres japonesas tienen una piel muy clara
y radiante de feminidad, una piel quizá más bella y tersa que esa piel con un
leve resplandor rosado, que tienen las jóvenes de Occidente. Y los pezones de
algunas muchachas japonesas tienen un matiz de rosa incomparablemente delicado.
El cutis de Keiko no era tan claro, pero sus pezones parecían recién lavados y
húmedos. Eran como un pimpollo sobre su pecho de marfil. No se advertían en
ellos pequeños pliegues ni textura granulada y sus dimensiones invitaban a
apoyar tiernamente los labios sobre ellos.
Pero no fue sólo su belleza lo que trajo a la mente de
Oki el recuerdo de los pezones de Keiko. Aquella noche en el hotel, ella le
había entregado su pezón derecho, pero le había negado el izquierdo. Cuando él
había tratado de acariciarlo, ella lo había defendido firmemente con una mano.
Y cuando él le arrancó la mano, la muchacha se volvió y se apartó de él.
–¡No hagas eso! ¡Te lo ruego! El izquierdo no. Oki se
había detenido en seco.
–¿Qué ocurre con el izquierdo?
–No sale.
–¿No sale?
Oki la miró azorado.
–No sirve para nada. Lo odio.
Keiko respiraba aún con dificultad. Oki no entendía nada.
¿Qué era lo que "no salía"? ¿Qué era lo que "no servía"
para nada? ¿Era posible que el pezón izquierdo de la muchacha estuviera hundido
o fuera deforme? ¿La preocuparía eso? ¿O sólo se trataría de la timidez de una
chica que no se atreve a revelar que sus dos pezones no son iguales? Oki
recordó que cuando él la levantó en brazos y la depositó en la cama, Keiko se
había ovillado y parecía proteger más el pecho izquierdo que el derecho,
utilizando el brazo a manera de escudo. Sin embargo, él había visto ambos
pechos, tanto antes como después de ese instante. Cualquier anormalidad en la
forma del pezón izquierdo debería de haber atraído su atención.
Y cuando por fin apartó la mano de Keiko por la fuerza, y
miró el pezón izquierdo, no vio nada extraño en él. Al examinarlo con mayor detenimiento
pudo ver que era apenas más pequeño que el derecho. Eso no era nada fuera de lo
común... ¿por qué estaría tan ansiosa la muchacha por mantenerlo apartado de
ese pecho?
La resistencia que le había opuesto lo había excitado más
aún. Mientras. luchaba por llegar al pezón vedado le preguntó:
–¿Hay alguien en especial a quien le permites tocarlo?
Keiko hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No –dijo–, nadie.
Lo miró con los ojos muy abiertos. Oki no estaba muy
seguro, pero tenía la impresión de que aquellos ojos tenían una mirada triste,
casi vecina a las lágrimas. Por lo menos no era la mirada de una mujer que es
acariciada. A pesar de que volvió a cerrar los ojos y lo dejó hacer su
voluntad, la muchacha parecía haberse replegado sobre sí misma. Oki lo advirtió
y aflojó su abrazo, pero ella comenzó a ondular, como si eso la excitara más.
¿Era posible que el pecho derecho de Keiko hubiera
perdido ya la virginidad Y que el izquierdo fuera aún virginal? Oki comprendió
que cada uno de ellos debía de proporcionarle un grado de placer diferente.
Ahora entendía por qué ella había dicho que el izquierdo "no servía para nada".
Ninguna muchacha que recibiera las primeras caricias podía decir eso. Posiblemente
fuera la táctica de una joven extraordinariamente astuta. Cualquier hombre
tenía que sentirse tentado ante la idea de que una mujer extraía un grado
diferente de placer de cada pecho y haría lo posible por emparejarlo. Aun
cuando ella hubiera nacido así y no se pudiera hacer nada, la propia
anormalidad podía resultar tentadora. Oki nunca había conocido a una mujer
cuyos pezones fueran de una sensibilidad tan diferente.
Sin duda alguna, cada mujer tenía su propia manera de
hacerse acariciar y de aceptar las caricias. ¿Era posible que la reacción de
Keiko no fuera más que un llamativo ejemplo de peculiaridad? Los gustos de
muchas mujeres habían sido cultivados por los hábitos de sus amantes. En ese
caso, un pezón izquierdo insensible resultaba un blanco particularmente
tentador, pues era probable que las diferencias hubieran sido creadas por
alguien con poca experiencia en el trato con mujeres. La idea de que el pecho
izquierdo era aún virgen excitó el apetito de Oki. Pero llevaría tiempo
emparejar la sensibilidad de ambos y no estaba seguro de poder encontrarse otra
vez con ella.
Era tonto buscar el pezón izquierdo contra la voluntad de
la muchacha en el primer encuentro. Oki había preferido explorar los lugares en
los que ella recibía con más gusto sus caricias. Los encontró. Y entonces,
justo cuando comenzaba a tratarla con más rudeza, la oyó pronunciar el nombre
de Otoko. Se sobresaltó y ella lo apartó. Se sentó en la cama, luego se levantó
y se dirigió a la mesa de tocador, para cepillar su desordenada cabellera. Él
prefirió no mirarla.
La lluvia volvía a caer con fuerza y Oki se sintió
solitario. La soledad parecía ir y venir a su antojo.
Keiko había regresado y se había arrodillado junto a la
cama.
–¿Y ahora me vas a rodear con tus brazos y vas a dormir?
–preguntó engatusadora, mientras lo miraba a la cara.
Sin pronunciar palabra, Oki la rodeó con su brazo izquierdo
y se tendió de espaldas. Keiko se acostó junto a él. Los recuerdos de Otoko comenzaron
a desfilar por la memoria de Oki. Transcurridos unos instantes, rompió el silencio:
–Ahora siento tu perfume.
–¿Mi perfume?
–El olor a mujer.
–¿Sí? Es por el calor... Lo siento.
–No se trata de eso. Me refiero al aroma grato de la mujer.
Se refería al aroma que surge naturalmente de la piel de
una mujer que yace en brazos de un amante. Toda mujer lo tiene, hasta las adolescentes.
No sólo excita al hombre sino que le da confianza y lo gratifica. La
disposición de una mujer a rendirse parece emanar de todo su cuerpo.
Oki había sepultado la cabeza entre los pechos de Keiko,
para demostrarle que era un aroma grato. Había permanecido así inmóvil, con los
ojos cerrados, envuelto en aquel perfume.
Aun ahora, bajo la fronda húmeda, la última imagen del
cuerpo de la joven que apareció en su mente fue la del pezón. Era una imagen
tan fresca y vívida como siempre.
"No puedo permitir que Taichiro la vea –se dijo–. No
debo permitírselo."
Apretaba las manos con fuerza sobre el esbelto tronco de
un árbol joven.
Pero, qué hacer. Sacudió el árbol y una lluvia de gotas cayó
sobre él. El suelo estaba tan empapado aún, que los pies se le habían mojado a
pesar de las galochas. Oki contempló las verdes hojas que lo rodeaban. De
pronto sintió que aquella espesa fronda lo serenaba.
Aparentemente sólo había una manera de evitar que su hijo
viera a Keiko: decirle que la joven había pasado la noche con él en Enoshima.
De no ser así, sólo le restaba enviar un telegrama a Otoko o quizá directamente
a Keiko.
Regresó a toda prisa y no bien llegó a su casa preguntó
por Taichiro.
–Se fue a Tokyo –anunció su esposa.
–¿Ya? Pero pensaba tomar un avión al atardecer. ¿Crees
que antes de hacerlo pasará por casa?
–No. Eso sería desandar camino... Dijo que quería pasar
por la facultad para recoger un material de investigación.
–¿Será cierto?
–¿Ocurre algo malo? No tienes buen aspecto.
Oki evitó mirarla y se dirigió a su estudio. Taichiro se
había marchado y él no había telegrafiado ni a Otoko ni a Keiko.
Taichiro voló a Kyoto con el avión de las seis. Keiko lo
aguardaba en el aeropuerto.
–No debería haber venido...
–tartamudeó Taichiro–. No creí que usted fuera a
esperarme.
–¿Y no me lo agradece?
–Desde luego. Pero no debió molestarse.
Ella vio la mirada brillante del joven y bajó los ojos
con expresión recatada.
–¿Vino de Kyoto? –preguntó Taichiro, un poco incómodo
aún.
–Sí, de Kyoto –replicó Keiko cortés–. Después de todo vivo
allí. ¿De dónde habría de venir?
Taichiro rió, como disculpándose y bajó la vista. Sus
ojos se posaron en el obi de la muchacha.
–Está deslumbrante. Resulta difícil creer que ha venido a
recibir a alguien como yo.
–¿Lo dice por mi quimono?
–Sí, por su quimono y por su obi, y...
Habría querido añadir: y por su pelo y por su rostro.
–En verano me siento más fresca con un quimono clásico,
con obi. No me gusta la ropa suelta cuando hace calor. Pero tanto el quimono como
el obi parecían flamantes.
–Prefiero los colores pastel para el verano –prosiguió–.
Yo misma pinté este motivo.
Lo seguía muy de cerca mientras él avanzaba hacia el
mostrador del equipaje. Taichiro se volvió para mirarla.
–¿Qué representa, a su juicio? –preguntó Keiko.
–A ver... ¿agua? ¿Un arroyo?
–¡Es un arco iris! Un arco iris sin color... simplemente
líneas curvas en tinta clara y oscura. Nadie se da cuenta, pero estoy envuelta
en un arco iris de verano... en un atardecer de montaña.
Keiko se volvió para lucir la parte posterior de su obi
de organza de seda. En el lazo se distinguía una verde cadena montañosa y los
delicados matices de rosado de un ocaso.
–Las dos mitades son diferentes –prosiguió, siempre de
espaldas a él–. Es un obi muy peculiar, dado que lo pintó una muchacha muy
peculiar.
Taichiro se sintió cautivado por la combinación de la
suave tonalidad rosada, con la piel marfilina de la nuca, bajo la mata de pelo
negro, cepillado hacia arriba.
La línea aérea brindaba un servicio de taxímetros a los
pasajeros con destino a Kyoto. El primer taxi se colmó rápidamente, pero
mientras Taichiro se preguntaba qué debía hacer, llegó otro al que sólo
subieron Keiko y él. En el momento en que abandonaban el aeropuerto, Taichiro
comentó:
–Usted se debe de haber quedado sin cenar para venir
hasta aquí a esperarme.
–¡Y usted sigue tratándome como a una desconocida!... Ni
siquiera quise almorzar... Comeré algún bocado más tarde, con usted. ¿Sabe una
cosa? –añadió en voz baja–. Lo estuve observando desde que emergió del avión.
Fue el séptimo en salir.
–¿Sí?
–El séptimo –repitió Keiko, subrayando la palabra–. Ni siquiera
me buscó con la vista mientras bajaba la escalerilla. Si uno espera que alguien
vaya a recibirlo, ¿no es natural que trate de ver quién está tras la valla?
Pero usted caminaba con los ojos bajos. Me sentí tan avergonzada, que tuve
ganas de esconderme.
–Yo no la esperaba.
–¿Y entonces por qué me escribió por expreso para comunicarme
cuándo llegaría?
–Supongo que mi intención fue hacerle saber que vendría
realmente.
–Fue como un telegrama... Nada más que la hora de llegada
del avión. Me pregunté si no estaría sometiéndome a prueba, para ver si iba a
recibirlo. ¿No me estaba sometiendo a prueba? Sea como fuere, aquí estoy.
–De ser así, yo habría mirado, para cerciorarme de que
usted estaba, ¿no le parece?
–Además no me comunicaba dónde pensaba parar. ¿Cómo podía
enterarme si no venía al aeropuerto?
–Bueno...
–Taichiro vaciló–. Sólo quería que supiera que yo venía a
Kyoto.
–No me gusta. ¡No sé qué pensaba hacer usted!
–Pensaba telefonearle.
–¿Y si no lo hubiera hecho y hubiera regresado a Kamakura
sin verme? ¿Acaso lo único que usted quería era comunicarme que estaba aquí?
¿Estaba tratando de humillarme al venir a Kyoto y no verme?
–No, le escribí justamente para tener el coraje de verla.
–¿El coraje de verme? –La voz de Keiko se convirtió en un
susurro: –¿Puedo sentirme feliz? ¿O tengo que estar triste? No me importa, no
responda... ¡Me alegro de haber venido! Pero para verme a mí no es necesario
reunir coraje. A veces quisiera morirme. ¡Vamos! ¡Siga pisoteándome!
–¿Por qué estalla así, de repente?
–No es de repente. Yo soy así. Necesito que alguien
aniquile mi orgullo.
–Me temo que yo no soy el más indicado para aniquilar el
orgullo de nadie.
–Así parece; pero eso está mal. ¡Puede usarme como alfombra!
–¿Por qué dice esas cosas?
–No sé.
Keiko se llevó la mano a la cabeza para sujetar el pelo
que se le volaba con el viento.
–Quizá sea desdichada... Hace unos instantes, cuando usted
se acercaba a la valla, parecía deprimido y sombrío. ¿Por qué estaba tan triste?
Yo lo había venido a recibir, pero yo no existía para usted, ¿no?
Lo cierto era que Taichiro iba pensando en ella, pero no
podía admitirlo.
–Hasta eso me hizo desdichada –prosiguió Keiko–. Porque
soy egocéntrica... ¿Qué puedo hacer para lograr que usted advierta mi
existencia?
–Yo siempre pienso en usted –declaró Taichiro–. En este
momento también.
–¿De veras? –murmuró Keiko–. Es extraño estar aquí, junto
a usted. No quiero otra cosa que sentarme y oírlo hablar.
El taxi dejó atrás las nuevas fábricas de Ibaraki y
Takatsuki. Las iluminadas Destilerías Suntory, se destacaron sobre el fondo
oscuro de las colinas próximas a Yamazaki.
–¿No fue muy accidentado su vuelo? –quiso saber Keiko–.
Me preocupé por usted... Por la tarde llovió mucho en Kyoto.
–Fue un vuelo muy tranquilo; pero por un instante creí
que nos estrellaríamos. Volábamos derecho hacia unas montañas oscuras que se interponían
en nuestro camino.
La mano de Keiko buscó la del joven.
–Pero eran nubes –concluyó Taichiro. Su mano yacía muy
quieta bajo la palma de la mano de ella, que permaneció allí por un breve
lapso.
El taxi entró en Kyoto y se dirigió hacia el este, por la
calle Cinco. Ni una brisa mecía las ramas de los sauces que bordeaban la ancha
calzada; pero el chaparrón parecía haber refrescado el aire. En el extremo de
las verdes hileras de sauces se elevaban las Colinas Orientales. Su perfil
parecía desdibujado por nubes bajas en el cielo de ocaso. Aquí, en el límite
occidental de la ciudad, Taichiro sintió ya la atmósfera de Kyoto.
Subieron por Horikawa y luego siguieron por la calle Oike
hasta llegar a las oficinas de JAL.
Taichiro había reservado una habitación en el Kyoto Hotel
y anunció que pensaba dejar su maleta allí.
–Caminemos. Es en esta cuadra.
–¡No, no! ¡No quiero! –exclamó Keiko y regresó al taxímetro,
que aún aguardaba, mientras le hacía una seña para que la siguiera–. Kiyamachi,
pasando la calle Tres –ordenó al conductor.
–De pasada, deténgase ante el Kyoto Hotel –añadió Taichiro;
pero Keiko se opuso.
–No lo haga –dijo–. Por favor, vaya directamente a Kiyamachi.
Llegaron a una casa de té, hasta cuya puerta se llegaba
por una estrecha alameda que Taichiro encontró muy curiosa. Los condujeron a un
pequeño salón con vista al río. Taichiro se mostró encantado por el panorama y
quiso saber cómo era que Keiko conocía aquel lugar.
–Mi maestra viene aquí con frecuencia.
–¿Se refiere usted a la señorita Ueno? –preguntó Taichiro
y se volvió para mirarla.
–Sí, la señorita Ueno –replicó Keiko y abandonó el salón.
Taichiro se preguntó si iría a ordenar la cena. Transcurridos
unos cinco minutos, la muchacha regresó y dijo:
–Si a usted no le importa, me gustaría que se quede aquí.
Acabo de llamar al hotel para cancelar su reserva.
Taichiro la miró perplejo y ella bajó los ojos con
expresión contrita.
–Lo siento. Quería que usted parara en un lugar que me
resultara familiar.
Taichiro no sabía qué decir.
–Le ruego que se quede aquí –continuó ella–. Sólo
permanecerá en Kyoto dos o tres días, ¿no?
–Así es.
Keiko levantó los ojos. Sus cejas sin retoque, de línea
purísima, parecían un poco más claras que sus pestañas y conferían una
expresión inocente a sus negrísimos ojos. Los labios, apenas coloreados con un
toque de lápiz labial rosado, tenían un delicadísimo modelado. Aparentemente,
no usaba ni polvos ni color en las mejillas.
–¡Basta! –exclamó de pronto, parpadeando–. ¿Por qué me
mira así?
–¡Qué lindas pestañas tiene usted!
–Son auténticas. Tire y verá.
–Me parece un crimen tironear de ellas.
–¡Hágalo! A mí no me importa –invitó la muchacha y, cerrando
los ojos, acercó su rostro a Taichiro–. Quizá parezcan tan largas porque son
arqueadas.
Keiko aguardó unos instantes, pero Taichiro no tocó sus
pestañas.
–Abra los ojos –le dijo–. Mire hacia arriba y abra bien
los ojos.
Ella obedeció.
–¿Quiere que lo mire de frente?
La camarera entró llevando una bandeja con bebidas y
bocadillos.
–¿Qué prefiere, sake o cerveza? –consultó Keiko y retrocedió–.
Yo, personalmente, no bebo.
Los paneles corredizos de papel que daban al balcón
estaban casi cerrados. En el balcón parecía estarse celebrando una reunión muy
animada, en la que participaban geishas. Se hizo un repentino silencio, cuando
desde el paseo junto al río ascendió el lamento de un violín chino y las canciones
de unos músicos ambulantes.
–¿Qué planes tiene para mañana? –preguntó Keiko.
–Lo primero que quiero hacer es visitar una tumba en la
colina que está detrás del Templo Nisonin. Es muy hermosa. Es la sepultura de
una antigua familia de la corte.
–Puedo acompañarlo, ¿no?
Keiko hablaba con la vista fija en el ventilador.
–Me gustaría que me lleve a dar un paseo en lancha por el
lago Biwa –prosiguió–. No es forzoso que eso sea mañana.
Taichiro pareció vacilar.
–No sé manejar una lancha –confesó, por fin.
–Yo sí.
–¿Y sabe nadar?
–¿Por si volcamos? –preguntó ella mirándolo–. ¡Usted podría
salvarme! Lo haría, ¿no? Me aferraría a usted.
–Si usted se aferra a mí no podré salvarla.
–¿Y qué es lo que tengo que hacer?
–Yo tengo que mantenerla a flote rodeándola con mis brazos
desde atrás...
Taichiro se detuvo. De pronto se sentía incómodo al
imaginarse luchando por salvar a aquella hermosísima muchacha. Las vidas de ambos
correrían peligro si él no la abrazaba con fuerza.
–No me importaría que la lancha volcara –dijo Keiko.
–No estoy muy seguro de poder salvarla.
–¿Y qué sucedería si usted no pudiera salvarme?
–¡No diga esas cosas! Dejemos lo de la lancha.
–¡Pero es que yo me había hecho tantas ilusiones! No hay
razón para preocuparse.
Keiko vertió un poco más de cerveza en el vaso de
Taichiro y preguntó:
–¿No quiere ponerse un quimono?
–No, estoy cómodo así.
En un ángulo del saloncito había dos quimonos de noche
–uno de mujer y uno de hombre– prolijamente doblados. Taichiro procuró no mirarlos.
¿Acaso Keiko habría reservado habitación para dos? No había antesala y él no se
imaginaba cambiándose en presencia de la muchacha.
La camarera llevó la cena sin pronunciar palabra. Keiko
también estaba silenciosa.
Se oyó el sonido de un shamisen, que alguien pulsaba en
alguno de los balcones más distantes. La reunión en el balcón vecino se había
vuelto bastante ruidosa. Se distinguían varias voces con acento de Osaka. Las
sentimentales canciones y el sonido del violín chino se iban perdiendo en la
distancia. El río no se divisaba desde el lugar en donde ellos estaban sentados,
ante la baja mesa ubicada en el centro del salón.
–¿Sabe él que usted ha venido a Kyoto? –preguntó Keiko.
–¿Se refiere usted a mi padre? Sí, por supuesto. Pero jamás
supondría que usted me fue a recibir al aeropuerto y que ahora estoy aquí con
usted.
–¡Qué feliz me hace eso! ¡Pensar que usted se le ha
escapado a su padre para reunirse conmigo!
–No es que esté tratando de ocultarle nada... ¿Usted pensó
que era así?
–¡Pero es que es así!
–¿Y qué hay de su señorita Ueno?
–No le he dicho ni una palabra. Con todo, no me
sorprendería que ambos sospechen lo ocurrido. Eso me haría realmente feliz.
–No me parece probable. La señorita Ueno no se ha
enterado de nuestra amistad, ¿no? ¿Le ha dicho usted algo?
–Le conté que usted me había mostrado Kamakura. ¡Cuando
le dije que usted me gustaba mucho se puso pálida!
Los negros ojos de Keiko relumbraron y sus mejillas se
cubrieron de un ligero rubor.
–¿Cree usted que ella puede ver con indiferencia al hijo
de un hombre que la hizo sufrir tanto? Ella me dijo lo desdichada que se había
sentido cuando nació su hermana.
Taichiro permaneció en silencio.
–La señorita Ueno está trabajando en un cuadro al que ha
intitulado Ascensión de un infante.
Es un bebé sentado en una nube de cinco colores... Aunque parece ser que su
hijita murió antes de estar en condiciones de sentarse. Keiko hizo una pausa.
–Si esa niña hubiera vivido, sería hoy mayor que su hermana.
–¿Y por qué me dice todo eso?
–Yo quería vengar a la señorita Ueno.
–¿Vengarse en mi padre?
–¡Y en usted también!
Taichiro escarbaba torpemente el pescado frito que habían
colocado ante él, Keiko le retiró el plato y separó con gran habilidad las
espinas de la carne.
–¿Su padre le ha comentado algo acerca de mí? –preguntó.
–No. Nunca he hablado de usted con él.
–¿Por qué no?
El rostro de Taichiro se ensombreció. Sintió como si una
mano helada lo hubiera rozado.
–Nunca hablo de mujeres con mi padre –replicó casi con
brusquedad.
–¿De mujeres?
Una sonrisa encantadora animó los labios de Keiko.
–¿Cómo pensaba vengarse a través de mí? –preguntó Taichiro
con voz dura.
–En realidad, no sabría decirlo... Quizá fuera enamorándome
de usted –dijo Keiko, y sus ojos adquirieron una mirada distante, como si contemplaran
la margen opuesta del río–. ¿No le parece divertido?
–¿De modo que, para usted, enamorarse es una venganza?
Keiko asintió como si se sintiera aliviada.
–Son celos femeninos –murmuró.
–¿Celos de qué?
–Estoy celosa porque la señorita Ueno sigue enamorada de
su padre... porque no tolera que uno le guarde rencor.
–¿Y usted la quiere tanto?
–Estaría dispuesta a morir por ella.
–Yo nada tengo que ver con lo que ocurrió en un pasado
bastante lejano. ¿El hecho de que estemos juntos aquí tiene algo que ver con
esa antigua relación entre la señorita Ueno Otoko y mi padre?
–Por supuesto. Si yo no viviera con ella, usted no
existiría para mí. Ni siquiera nos habríamos llegado a conocer.
–Usted no debería pensar en esas cosas. Una muchacha tan
joven que piensa así está a merced de los fantasmas del pasado. Quizá sea por
eso que su cuello es tan estilizado y tan semejante al de un espectro.
Bellísimamente fantasmal, por supuesto.
–El cuello esbelto significa que una nunca ha amado a un
hombre. Eso es lo que dice la señorita Ueno. Pero me enfurecería enamorarme, si
eso me hiciera engordar.
Taichiro reprimió la tentación de aferrar aquel bellísimo
cuello.
–Ese es el susurro de un espectro. Usted está envuelta en
un hechizo, Keiko.
–No... ¡estoy envuelta en el amor!
–En realidad, la señorita Ueno no sabe nada de mí, ¿no es
así?
–Cuando regresé de Kamakura le dije que usted debía de
ser la viva imagen de su padre cuando tenía esa edad.
–¡Eso es absurdo! No me parezco en lo más mínimo a mi
padre –exclamó Taichiro con enojo.
–¿Y eso lo irrita? ¿Preferiría no parecerse a él?
–Usted ha estado tratando de confundirme desde que nos
encontramos en el aeropuerto, ¿no? No quiere que yo sepa qué es lo que usted
piensa.
–No estoy tratando de confundirlo.
–¿De modo que ésa es su manera habitual de dialogar?
–Usted es terriblemente injusto conmigo.
–¿No dijo hoy que yo podía pisotearla?
–Y usted lo hace para obligarme a decir la verdad... No
miento. ¡Lo que ocurre es que usted se niega a entenderme! ¿No es usted el que
está ocultando sus pensamientos? Eso es lo que me hace desdichada.
–¿Se siente desdichada?
–Por supuesto que sí. ¡No puedo saber si soy feliz o no!
–Yo tampoco sé por qué estoy aquí con usted.
–¿No será porque está enamorado de mí?
–Sí, pero...
–¿Pero qué?
Keiko oprimió la mano de Taichiro entre las palmas de sus
manos y la sacudió.
–No ha comido nada –comentó él.
La muchacha apenas si había probado bocado.
–La novia no come en el banquete de bodas.
–Ahí tiene, ésas son las cosas que usted dice.
–¡Usted fue el que comenzó a hablar de comida!
PÉRDIDAS
ESTIVALES
Otoko era de ese tipo de personas que pierde peso en el
verano.
Cuando era niña, en Tokyo, nunca lo había advertido; sólo
después de los veinte, luego de haber vivido algunos años en Kyoto, había
comprobado su tendencia a adelgazar en la estación cálida. Su madre se lo había
hecho notar.
–Parecería que en el verano te desgastas, Otoko, ¿no?
–había comentado–. Lo has heredado de mí... Ahora se pone de manifiesto. Tenemos
la misma debilidad. Siempre he pensado que tu voluntad es más fuerte que la
mía; pero desde el punto de vista físico, eres digna hija mía. No cabe la menor
duda.
–No soy de voluntad fuerte.
–Eres violenta.
–No soy violenta!
Era evidente que su madre pensaba en la historia de amor
con Oki, cuando hablaba de su fuerza de voluntad. ¿Pero acaso eso no había sido
la ardiente pasión de una muchacha muy joven, un sentimiento de frenética
intensidad que nada tenía que ver con la voluntad?
Se habían establecido en Kyoto porque su madre quería
distraer a la muchacha de su dolor, de modo que ambas evitaban mencionar a Oki.
A pesar de todo, solas en una ciudad que les era poco familiar, en la que sólo
podían recurrir la una a la otra en procura de consuelo, no podían evitar ver
la imagen de Oki en el corazón de ambas. Para la madre, Otoko era un espejo que
reflejaba a Oki, y para Otoko, la madre era otro tanto. Y ambas veían su propia
imagen en el otro espejo.
Un día, mientras escribía una carta, Otoko abrió el
diccionario para consultar el ideograma "pensar". Al repasar los
restantes significados (añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste) sintió
que el corazón se le encogía. Tuvo miedo de tocar el diccionario... Aun ahí
estaba Oki. Innumerables palabras se lo recordaban. Vincular todo lo que veía y
oía con su amor equivalía a estar viva. La conciencia de su propio cuerpo era
inseparable del recuerdo de aquel abrazo.
Otoko comprendía que su madre –una mujer sola, con una
única hija– estuviera ansiosa por que ella olvidara a aquel hombre. Pero ella
no quería olvidarlo. Parecía aferrarse a su recuerdo, como si no pudiera vivir
sin él. Probablemente había podido dejar la habitación enrejada de la clínica
psiquiátrica gracias a su perdurable amor por Oki.
En una ocasión en que él estaba haciéndole el amor,
Otoko, en su delirio, le rogó que se detuviera. Oki aflojó su abrazo y ella
abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas y refulgían.
–Apenas te puedo ver, chiquito. Tu rostro está desdibujado,
como si estuviera bajo el agua.
Hasta en esos momentos lo llamaba "chiquito".
–¿Sabes una cosa? Si tú murieras no podría seguir
viviendo. ¡Simplemente no podría!
En los ojos de Otoko habían brillado lágrimas. No eran
lágrimas de tristeza; eran lágrimas de entrega.
–En ese caso no quedaría nadie como tú para recordarme
–había replicado Oki.
–No podría conformarme con recordar al hombre que he
amado. Preferiría morir yo también. Y tú me lo permitirías, ¿no?
Otoko acarició el cuello de él con su rostro.
Al comienzo él no la tomó en serio. Luego dijo:
–Supongo que si alguien pretendiera asestarme una
puñalada o me amenazara con una pistola tú te interpondrías para protegerme.
–Daría mi vida por ti con todo gusto, en cualquier momento.
–No es eso lo que quiero decir. Pero si algún peligro me
amenazara tú me escudarías sin siquiera pensarlo, ¿no?
–Por supuesto.
–Ningún hombre haría eso por mí... Y esta muchachita...
–¡No soy una muchachita!
–¿Eres tan adulta, realmente? –preguntó él, mientras acariciaba
los pechos de Otoko.
Oki pensaba también en el niño que ella llevaba en su
vientre y en lo que podría sucederle si él muriera repentinamente. Otoko sólo
se enteró de eso mucho más tarde, cuando leyó la novela.
Al comentar que Otoko se desgastaba en el verano, la
madre pensaba sin duda en que ahora su hija ya no perdía peso por el recuerdo
de Oki.
A pesar de su apariencia frágil, Otoko nunca había
padecido una enfermedad grave. Por supuesto que todos los sufrimientos que
había provocado su romance con Oki la habían dejado exhausta y macilenta, con
una extraña expresión en la mirada. Pero no tardó en recuperarse físicamente.
La juvenil capacidad de recuperación de su cuerpo convertía a sus lacerados
sentimientos en algo incongruente. A no ser por la mirada melancólica de sus
ojos, cuando pensaba en Oki, nadie habría advertido su tristeza. Y hasta esa
ocasional sombra sólo contribuía a acentuar su belleza.
Desde su más tierna infancia, Otoko sabía que su madre
perdía peso en verano. Solía enjugar el sudor que le bañaba la espalda y el
pecho y, aunque ella no lo decía, advertía que su delgadez era debida a una
extremada sensibilidad al calor. Pero Otoko era demasiado joven como para
preocuparse por aquella debilidad, hasta que su madre le hizo notar que la
había heredado. Sin duda la tendencia debía de haber existido desde hacía mucho
tiempo.
Antes de llegar a los treinta años, Otoko comenzó a usar
siempre quimono, de modo que su esbeltez ya no resultaba tan evidente como
cuando usaba faldas o pantalones. Con todo, era innegable que adelgazaba mucho
todos los veranos. Ahora, aquel fenómeno la hacía pensar en su madre muerta.
Verano a verano, la debilidad y la pérdida de peso de Otoko
se iban haciendo más notables.
–¿A qué tónico se puede recurrir para evitar esto?
–preguntó a su madre en una oportunidad–. En los periódicos aparecen avisos de
muchas medicinas... ¿has probado alguna?
–Supongo que algo ayudarán –respondió la mujer con
vaguedad y luego de una pausa prosiguió con tono diferente–: Otoko, la mejor
medicina para una mujer es el matrimonio.
Otoko permaneció en silencio.
–¡El hombre es la medicina que da vida a la mujer! Todas
las mujeres tienen que consumirla.
–¿Aun cuando se trate de un veneno?
–Aun así. Tú ya probaste el veneno y aún no lo admites,
¿no? Pero yo sé que puedes encontrar un buen antídoto. A veces se necesita un
veneno para contrarrestar otro veneno. Quizás el remedio sea amargo, pero
tienes que cerrar los ojos y tragarlo. Es posible que experimentes náuseas y
creas que no te va a pasar por la garganta.
La madre de Otoko murió sin que su hija siguiera aquel consejo.
Ése debió de ser su último dolor. Era cierto que Otoko nunca había pensado en
Oki como en un veneno. Ni siquiera en la habitación enrejada de la clínica
psiquiátrica había experimentado resentimiento u odio hacia él. Sólo estaba
loca de amor. La poderosa droga que había tomado para quitarse la vida no tardó
mucho en ser totalmente eliminada de su cuerpo; Oki y su hijita tampoco estaban
ya junto a ella y las cicatrices que habían dejado podían llegar a desaparecer.
Pero su amor por Oki permanecía intacto.
El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas
corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos
sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para
todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la
misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de
distinta manera en el tiempo.
Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el
hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del
tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que
ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor
que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la
corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había
corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son
iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes...
Aquel día, como lo venía haciendo mañana a mañana al
despertar, Otoko se masajeó la frente con la yema de los dedos y luego hizo
correr las manos por su nuca y bajo sus brazos. Tenía la piel húmeda. Le
pareció que la humedad que brotaba de sus poros había empapado el quimono de
dormir.
Keiko parecía sentirse atraída por el olor y la tersura
de la húmeda piel de Otoko y a veces le arrancaba las prendas más próximas a su
cuerpo. Otoko odiaba intensamente el olor a transpiración.
Pero la noche anterior, Keiko había llegado después de
las doce y media y se había sentado inquieta, evitando los ojos de su amiga.
Otoko estaba en la cama, con el rostro cubierto por un
abanico –para evitar la luz del plafón– y la mirada fija en la serie de bocetos
de rostros de bebé que había sujetado a la pared. Parecía absorta en su contemplación
y apenas si dedicó una mirada a Keiko.
–Es tarde, ¿no? –fue su único comentario.
No le habían permitido ver a su hijita, pero le habían
dicho que tenía el pelo renegrido. Al exigir más detalles sobre el aspecto de
la niña, su madre le había dicho:
–Era pequeñita y deliciosa; muy parecida a ti.
Otoko comprendía que sólo lo había dicho para consolarla.
En los últimos años había visto fotografías de niños recién nacidos y todos le
habían parecido muy feos. Incluso había visto alguna que otra fotografía de
criaturas en el instante del parto o cuando aún no les habían cortado el cordón
umbilical. Las encontraba simplemente repulsivas.
Por consiguiente, no tenía una idea clara del rostro y de
la forma de su hijita. Sólo podía apelar a la visión que llevaba en su alma.
Sabía muy bien que la criatura de su Ascensión
de un infante no se asemejaría a su niña muerta; pero no tenía la intención
de hacer un retrato realista. Quería expresar su sentimiento de pérdida, su
dolor y su cariño por alguien a quien jamás había visto. Había acariciado ese
proyecto durante tanto tiempo, que la imagen de su niña muerta se había
convertido para ella en un símbolo de anhelo. Pensaba en el cuadro cada vez que
estaba triste. Porque, además, aquel cuadro sería un símbolo de su
supervivencia a través de los años que siguieron a su tragedia y de la
melancolía y belleza de su amor por Oki.
Hasta ese momento no había logrado pintar un rostro de
bebé que la satisficiera. Los rostros de los querubines y del Niño Jesús
estaban trazados, por lo general, con líneas firmes y su aspecto era
artificial; parecían adultos en miniatura. En lugar de uno de esos rostros
fuertes y definidos, ella quería pintar un rostro de ensueño, un espíritu
nimbado, que no perteneciera a este mundo ni al otro. Debía comunicar una
sensación de serenidad, de paz y a la vez sugerir un mar de tristeza. Pero, con
todo, Otoko se negaba a ser demasiado abstracta.
¿Y cómo pintar el cuerpo de un niño prematuro? ¿Cómo
debía tratar el fondo, los motivos secundarios? Otoko había hojeado una y otra
vez los álbumes de Redon y de Chagall, pero aquellas delicadas fantasías le
eran demasiado extrañas como para estimular su imaginación.
Una vez más recordó los viejos retratos japoneses de
niños santos: eran retratos basados en la leyenda del juvenil San Kobo, quien
se soñó a sí mismo sentado en un loto de ocho pétalos, dialogando con Buda. En
las pinturas más antiguas, la figura aparecía pura y austera, pero más tarde se
fue suavizando y adquirió un encanto voluptuoso, hasta el punto de que algunos
de aquellos niños podían ser tomados por preciosas niñitas.
La noche anterior al Festival de la Luna Llena , cuando Keiko
le pidió que la retratara, Otoko había pensado que su profundo interés por la Ascensión de un infante la había hecho concebir
la idea de una Santa Virgen pintada a
la manera de los retratos del niño santo. Pero más tarde comenzó a preguntarse
si la atracción que ejercían sobre ella los cuadros de San Kobo no contendría
un elemento de narcisismo, de enamoramiento de sí misma. Quizás en ambos casos
se ocultara un deseo reprimido de hacer su autorretrato. ¿No era posible que
esas imágenes sagradas no fueran otra cosa que una visión de la santidad de
Otoko? La duda la hería como un puñal clavado por ella misma en su pecho contra
su propia voluntad. Tuvo que arrancárselo. Pero la cicatriz subsistió y a veces
dolía.
Por supuesto que no tenía intención de copiar los
retratos del niño santo, pero era indudable que esa imagen acechaba en las
profundidades de su alma. Hasta los títulos Ascensión
de un infante y Santa Virgen
sugerían que a través de esos cuadros ella quería purificar, y hasta santificar,
su amor por la niña muerta y por Keiko.
Keiko había tomado el retrato de la madre de Otoko por un
autorretrato de ésta, cuando vio el cuadro por primera vez. Más tarde, el
cuadro siempre recordó a Otoko que –además de confundir a la mujer que allí se
representaba– Keiko la había calificado de adorable. La ternura del recuerdo
había llevado a Otoko a pintar a su madre joven y bella: pero quizás allí
también existiera un elemento de narcisismo. El lógico parecido no era
explicación suficiente. Quizás hubiera pintado, inconscientemente, su autorretrato.
Otoko seguía amando a Oki, a la niñita muerta y a su
madre. ¿Pero era posible que esos amores hubieran permanecido inalterables
desde los tiempos en que habían sido una realidad tangible? ¿No existía la
posibilidad de que algo de esos mismos amores se hubiera transformado sutilmente
en amor por sí misma? De ser así, ella misma no lo habría advertido, por
supuesto. La muerte le había arrancado a su hijita y a su madre, y de Oki se
había separado en forma definitiva. Sin embargo los tres seguían viviendo
dentro de ella. Pero sólo Otoko les otorgaba esa vida. La imagen que conservaba
de Oki había flotado junto a ella en la corriente del tiempo y quizá los
recuerdos de su amor estuvieran teñidos por los colores de su amor por sí
misma. Quizás hasta se hubieran transformado. Nunca se le había ocurrido pensar
en que los recuerdos son sólo fantasmas y apariciones. Quizá fuera lógico que
una mujer que había vivido sola por dos décadas, sin amor ni matrimonio, se
consagrara a los recuerdos de un amor desafortunado Y que esa consagración
adquiriera matices de egolatría.
Y hasta el hecho de haberse prendado de su discípula
Keiko, tanto menor que ella y de su mismo sexo, ¿no era acaso otra forma de
amarse a sí misma? De otro modo nunca habría soñado con retratar a una muchacha
como Keiko –una joven que se estaba volviendo peligrosa– como Santa Virgen
budista, sentada sobre una flor de loto. ¿No querría ella, Otoko, crear una
imagen pura y adorable de sí misma? Al parecer, la chica de dieciséis que amaba
a Oki siempre existiría dentro de ella y nunca envejecería.
Otoko se sentía muy molesta y en una mañana como esa,
cuando el calor de una noche estival en Kyoto dejaba su quimono húmedo de
transpiración, lo habitual era que se levantara no bien despertaba. Pero ese
día permaneció tendida, con el rostro vuelto hacia la pared sobre la cual había
fijado los bocetos de bebés. Aquellos bocetos no le habían resultado fáciles.
Aunque su hijita sólo había pasado por este mundo durante un brevísimo lapso,
Otoko quería pintar una especie de niño–espíritu, una criatura que nunca
hubiera entrado en el mundo de los seres humanos.
Keiko estaba aún profundamente dormida, con la espalda
vuelta hacia Otoko. Tenía el cuerpo envuelto en una fina manta de lino, que se
había corrido por debajo de su pecho. Estaba acostada sobre un lado, con las
piernas juntas. Ambos pies asomaban bajo la manta. Keiko vestía habitualmente
al estilo japonés, de modo que los dedos de sus pies –naturalmente largos y
finos– no habían sido deformados por los zapatos de tacones altos. Aquellos
dedos eran tan esbeltos y de huesos tan finos, que Otoko tuvo la sensación de
que pertenecían a una especie de ser no del todo humano. Había llegado al
extremo de evitar mirarlos. Pero cuando los tomó entre sus manos experimentó un
curioso placer al pensar que no podían pertenecer a una mujer de su propia
generación. Era una sensación aterradora.
Una oleada de perfume ascendió hasta ella. Era una
fragancia demasiado densa para una muchacha joven; pero Otoko la reconoció, era
un perfume que Keiko usaba de tanto en tanto. Comenzó a preguntarse por qué lo
había usado la noche anterior.
Cuando Keiko llegó de regreso después de la medianoche,
Otoko estaba demasiado absorta en los bocetos como para prestarle mayor atención.
La muchacha se metió en la cama sin siquiera bañarse y no tardó en quedarse
dormida. Pero quizás Otoko igual la hubiera creído dormida, porque ella misma
se hundió muy pronto en el sueño.
No bien se levantó, Otoko contorneó la cama de Keiko, en
la penumbra, contempló el rostro dormido de la muchacha y comenzó a deslizar
los postigos de madera. Keiko siempre se despertaba de buen humor por las
mañanas y se levantaba de un salto para ayudarla á correr los postigos. Pero
esa mañana se limitó a sentarse en la cama y a observar la operación. Por fin
se levantó y dijo:
–Perdón. Creo que no me dormí antes de las tres de la
mañana.
Comenzó a destender la cama de Otoko.
–¿Te molestó el calor?
–Ajá.
–No dobles mi quimono de dormir, por favor. Quiero lavarlo.
Otoko se dirigió al baño, con el quimono en el brazo.
Keiko la siguió para usar el lavabo. Parecía tener prisa, hasta cuando se lavó
los dientes.
–¿No quieres bañarte?
–Sí.
–Por lo visto te acostaste con el perfume que habías usado
ayer.
–¿Sí?
–Así es –afirmó Otoko y observó con desconfianza la
expresión distraída de la muchacha–. ¿Dónde estuviste anoche, Keiko?
No hubo respuesta.
–Báñate. Te sentirás mejor.
–Sí. Más tarde.
–¿Más tarde? –repitió Otoko y la miró.
Cuando abandonó el cuarto de baño, Otoko encontró a Keiko
eligiendo un quimono.
–¿Piensas salir? –le preguntó con cierta brusquedad.
–Sí.
–¿Has quedado en encontrarte con alguien?
–Sí.
–¿Con quién?
–Con Taichiro.
Otoko pareció no entender.
–El Taichiro de Oki –explicó Keiko sin vacilar, pero
omitió la palabra "hijo".
Otoko no pudo formular comentarios: le faltaba la voz.
–Ayer fui a recibirlo al aeropuerto y prometí mostrarle
hoy la ciudad. O quizás él me la muestre a mí... Otoko, yo nunca te oculto
nada. Primero iremos al Templo Nisonin... Él quiere ver una tumba que está en
la ladera vecina.
–¿Quiere ver una tumba? –repitió Otoko, como un débil
eco.
–Dice que es la tumba de un antiguo noble de la corte.
–¿Ah, sí?
Keiko se despojó de su quimono de dormir y permaneció
desnuda, de espaldas a Otoko.
–Creo que, después de todo, me voy a poner un quimono
interior. Parecería que hoy también va a hacer calor, pero no me siento cómoda
sin ropa interior.
Otoko la contempló en silencio mientras la muchacha se
vestía.
–Y ahora el obi bien ajustadito –comentó Keiko mientras
se abrochaba la prenda.
Otoko observó el rostro de Keiko en el espejo, mientras
ésta se aplicaba algunos cosméticos. Keiko sorprendió su mirada.
–No me mires así –dijo.
Otoko procuró suavizar su expresión.
Keiko se miró en uno de los espejos laterales del tocador
y acomodó un rizo sobre una de sus bellísimas orejas. Luego hizo ademán de
ponerse de pie, pero se arrepintió y escogió un frasco de perfume.
Otoko frunció el entrecejo.
–¿No basta con el perfume de anoche?
–No te preocupes.
–Estás bastante inquieta, ¿no?
Otoko hizo una pausa.
–Keiko, ¿por qué te encuentras con él?
–Me escribió para hacerme saber que venía –respondió la
joven; se puso de pie, se dirigió a la cómoda y guardó apresuradamente varios
quimonos que había sacado para hacer su elección.
–Dóblalos con prolijidad –dijo Otoko.
–Está bien.
–Tendrás que doblarlos de nuevo.
–Está bien –replicó Keiko, pero no volvió a mirar la cómoda.
–Ven para acá, te lo ruego –dijo Otoko con expresión grave.
Keiko se acercó, se sentó frente a ella y la miró a los
ojos. Otoko desvió la mirada y preguntó de repente: –¿Te vas sin desayunar?
–No importa. Anoche cené muy tarde.
–¿Tan tarde como para no desayunar?
–Sí.
–Keiko –comenzó nuevamente Otoko–: ¿por qué te encuentras
con él?
–No lo sé.
–¿Te gusta estar con él?
–Sí.
–De modo que eres tú quien deseaba el encuentro. Eso
parecía explicar la inquietud de Keiko.
–¿Puedo preguntarte por qué? –prosiguió Otoko. Keiko no
respondió.
–¿Es forzoso que lo veas? –preguntó Otoko y bajó los
ojos, como si observara su propio regazo–. Yo preferiría que no lo hicieras. No
vayas, por favor.
–¿Por qué no? No tiene nada que ver contigo, ¿no?
–¡Ya lo creo que tiene que ver conmigo!
–Pero es que tú ni siquiera lo conoces.
–¡Has pasado una noche con su padre y, sin embargo, no
tienes inconvenientes en salir con él!
Otoko no podía pronunciar los nombres "Oki" y
"Taichiro".
–Oki es tu ex amante, pero a Taichiro no lo has visto nunca.
No tiene nada que ver contigo. Está bien que es hijo de Oki... pero no es tu hijo.
Otoko sintió que aquellas palabras se le clavaban como un
dardo. Le recordaban que la esposa de Oki había dado a luz una niña poco
después de la muerte de su propia hijita.
–Keiko –dijo–, estás tratando de seducirlo, ¿no?
–Fue él quien me escribió para anunciarme su llegada.
–¿Estás en tan buenos términos con él?
–No me gusta tu elección de palabras.
–¿Cómo quieres que lo formule? ¿Qué relación tienes con
él? –preguntó Otoko y se pasó el dorso de la mano por la frente húmeda–. Eres
un ser temible.
En los ojos de Keiko apareció un extraño brillo.
–Otoko, odio a los hombres.
–No vayas. Te ruego que no vayas. ¡Si vas preferiría que
no regresaras! ¡Si te vas hoy no vuelvas nunca más!
–¡Otoko!
Keiko parecía al borde de las lágrimas.
–¿Qué piensas hacer con Taichiro?
Las manos de Otoko temblaban sobre su regazo. Era la
primera vez que pronunciaba aquel nombre.
Keiko se puso de pie.
–Me voy –anunció.
–Te ruego que no vayas.
–Abofetéame, Otoko. Abofetéame como lo hiciste el día que
fuimos al Templo del Musgo.
Se detuvo unos instantes, como si aguardara el golpe, y
luego se alejó.
Otoko estaba bañada en un sudor frío. Permaneció sentada,
con los ojos fijos en las hojas de un bambú, que refulgían a la luz del Sol.
Por fin se levantó y se dirigió al baño. El ruido del agua la sobresaltó.
Quizás habría abierto demasiado el grifo. Con movimiento apresurado cerró el
paso del agua y luego lo volvió a abrir, dejando correr un débil chorro, y
comenzó a lavarse. Se sentía un poco más tranquila, pero la tensión no había
desaparecido de su cabeza. Se aplicó una toalla mojada sobre la frente y sobre
la nuca.
Al regresar a la otra habitación, se sentó frente al
retrato de su madre y a los bocetos de su bebé. Se estremeció de horror ante sí
misma. Todo aquello era la consecuencia de vivir con Keiko; pero afectaba su
existencia íntegra, agotaba sus fuerzas y la hacía terriblemente desdichada.
¿Cuál había sido su razón de vivir? ¿Por qué seguía existiendo?
Otoko sintió necesidad de llamar a su madre. De pronto
recordó el Retrato de mi anciana madre,
obra póstuma de Nakamura Tsumé. El artista había precedido a la madre en la
muerte. Otoko encontraba aquel cuadro profundamente conmovedor, en parte,
porque ese último retrato era el de la madre del pintor. Nunca había visto el
cuadro original, de modo que era difícil saber cómo era en realidad; pero hasta
la reproducción fotográfica la emocionaba.
En su juventud, Nakamura Tsumé había pintado cuadros
fuertes y sensuales de la mujer a la que amaba. Utilizaba mucho el rojo y se
decía que había experimentado influencias de Rouault. Su Retrato de Eroshenko,
una de sus obras maestras, era una serena y reverente expresión de la noble
melancolía del poeta ciego; pero en maravillosos colores cálidos. En aquel
último retrato de su madre, en cambio, los colores eran oscuros y fríos y el
estilo muy simple. Mostraba a una anciana agobiada y enjuta, sentada de perfil,
contra el fondo de una pared entablada. En un nicho de la pared, justo delante
de su cabeza, había un jarro de agua y del otro lado pendía un termómetro. Por
supuesto que el termómetro podía haber sido colocado allí sólo por razones de
composición, pero a Otoko la impresionaba tanto como las cuentas de orar que
asomaban entre los dedos de la anciana, apoyados sobre el regazo. De alguna
manera, aquellos objetos parecían simbolizar los sentimientos del artista
–próximo a morir– respecto de la muerte. El cuadro, en conjunto, producía la
misma impresión.
Otoko extrajo el álbum de Nakamura de un armario y
comparó el retrato de la madre del artista con el que ella había pintado de su
propia madre. Ella había preferido retratar a su madre en plena juventud, a
pesar de que ésta ya había muerto. Por otra parte, aquella no era de ninguna
manera su última obra ni flotaba sobre ella la sombra de la muerte. El suyo era
un estilo completamente distinto, encuadrado en la tradición japonesa, y sin
embargo, con la reproducción del retrato de Nakamura a la vista, advertía el
sentimentalismo de su propia pintura. Cerró los ojos con fuerza y sintió que se
iba a desmayar.
Había pintado a su madre inspirada por un ferviente deseo
de consuelo. Sólo había pensado en ella como mujer joven y bella. ¡Qué superficial
y egoísta parecía aquello comparado con la ferviente devoción de un artista que
estaba en los umbrales de la muerte! ¿No habría sido así su vida entera?
Había comenzado el retrato trazando los bocetos sobre la
base de una fotografía que mostraba a su madre más joven y bella aún de lo que
luego se la vería en el cuadro. Mientras trabajaba, Otoko echaba de tanto en
tanto una mirada al espejo para observar su propio rostro, que tenía mucha
semejanza con el de su madre. Quizá fuera natural que el cuadro tuviera una
especie de primorosa lindura... ¿Pero además no se alcanzaba a detectar la
falta de un espíritu profundo?
Otoko recordaba que su madre siempre se había negado a
dejarse fotografiar desde que se instalaron en Kyoto. El fotógrafo de la
revista de Tokyo había pedido que posaran juntas, pero la anciana había
huido... Otoko sospechaba ahora que lo había hecho por dolor. Vivía en Kyoto
con su hija como una proscripta, como alguien que oculta su infamia. y hasta
había cortado todo vínculo con sus amigos de Tokyo. La propia Otoko no dejaba
de sentirse proscripta; pero como sólo tenía dieciséis años cuando llegó a
Kyoto, su soledad y su aislamiento eran distintos de los de su madre.
También la distinguía de ella su amor por Oki, que se
mantenía vivo a pesar de las heridas que le había infligido.
Al estudiar su retrato y el de Nakamura, se preguntó si
no debía pintar a su madre nuevamente.
Keiko había partido para encontrarse con el hijo de Oki y
Otoko sentía que la estaba perdiendo. No podía evitar la ansiedad.
Aquella mañana, Keiko no había mencionado ni una sola vez
la palabra "venganza". Había dicho que odiaba a los hombres, pero no
se podía prestar demasiado crédito a esas palabras. Ya se había traicionado al
partir sin desayuno, con el pretexto de que había cenado tarde la noche
anterior. ¿Qué pensaba hacer Keiko al hijo de Oki? ¿Qué sería de ellos y qué
haría ella, la propia Otoko, después de haber vivido durante tantos años
cautiva del amor por Oki? De pronto sintió que no podía esperar sentada.
Habiendo fracasado en su intención de detener a
Keiko, lo único que podía hacer era tratar de encontrarlos y hablar con el
propio Taichiro. Pero Keiko no le había dicho dónde paraba el joven ni dónde
pensaban encontrarse.
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