sábado, 13 de abril de 2013

Lo bello y lo triste (cont)


EL LOTO EN LLAMAS

Un pasaje de la obra Vistas ilustradas de la Capital habla de la gente que disfrutaba las noches de verano a orillas del río Kamo: "La vasta playa está flanqueada por bancos y sobre ambas orillas se suceden los balcones de las casas de placer, cuyos faroles se reflejan en el agua como si fueran estrellas. Los pañuelos purpúreos de los jóvenes actores kabuki flamean en la brisa nocturna... Esos bellísimos adolescentes se muestran recatados a la luz de la Luna y ocultan el rostro tras los abanicos con gesto seductor. Sus movimientos son tan graciosos, que quienes los ven quedan prendados y no pueden apartar la mirada de ellos. Las cortesanas se lucen en toda su exquisitez mientras pasean de norte a sur; más adorables que la flor del hibisco, esparcen la fragancia de sus costosos perfumes..."



Además estaban los narradores de historias cómicas, los mimos y demás entretenimientos... " monos, perros de riña, caballos amaestrados, malabaristas y equilibristas que hacen sus cabriolas como seres de fábula. Se oye el penetrante sonido de las flautas de los vendedores, el chorro refrigerante de un local para venta de jalea, el tintineo de los colgantes de cristal que se agitan suavemente en la mansa brisa. Se exponen los pájaros más exóticos de China y Japón, y animales salvajes de la montaña. Gente de toda clase se congrega para divertirse y beber a orillas del río".
En 1690, el poeta Basho, que visitó la ciudad, escribía:
"Lo que llaman disfrutar la noche de verano a orillas del río comienza al atardecer y se prolonga hasta la última claridad de la Luna, antes del amanecer. A lo largo de ambas orillas se suceden los balcones en los que se bebe y se disfruta. Las mujeres sujetan sus obis con espléndidos lazos, los hombres llegan envueltos en largas capas; los sacerdotes y caballeros ancianos se confunden con la multitud, hasta los aprendices de toneleros y de herreros cantan y se divierten con gran despreocupación. ¡Verdaderamente una escena de la Capital!"

La brisa del río...
Vistamos un fino quimono bermejo
en la noche estival.

Después de la era Meiji se dragó el lecho del río y sobre la orilla oriental se tendieron las vías del ferrocarril a Osaka. Ése fue el final de las veladas junto al río "en una playa salpicada de quioscos dedicados a diversos entretenimientos, rarezas y curiosidades, todos ellos iluminados por faroles, lámparas y fuegos de artificio que brindaban una luz tan clara como la del día...". También fue el final de los tiovivos y de los espectáculos de equilibristas, que se habían sumado al conjunto al promediar el Meiji. Sólo los balcones que se sucedían a lo largo de Kiyamachi y Pontocho recordaban las antiguas veladas estivales junto al río. De todo lo que Otoko había leído acerca de esas veladas, lo que más se había grabado en su memoria era el pasaje acerca de los jóvenes actores kabuki, que se unían a la multitud en la playa bañada por la luz de la Luna, con sus pañuelos purpúreos, que flameaban en la brisa nocturna. "Esos bellísimos adolescentes se muestran recatados a la luz de la Luna y ocultan el rostro tras los abanicos con gesto seductor..."
Atrayentes imágenes desfilaban por la mente de Otoko.

La primera vez que vio a Keiko pensó en aquellos hermosos adolescentes. Ahora, sentada en el balcón de la casa de té de Ofusa, los recordó nuevamente. Era probable que los jóvenes actores kabuki fueran más femeninos, más seductores que la Keiko de su primer encuentro, con aquel aire de muchachito. Una vez más pensó en que ella había transformado a esa niña en la joven que era hoy.
–Keiko, ¿recuerdas la primera vez que me visitaste? –preguntó.
–¿Es necesario que vuelvas a mencionarlo?
–Sentí como si se me acabara de aparecer una joven hechicera.
Keiko tomó la mano de Otoko, se la llevó a la boca y mordisqueó el dedo meñique, sin dejar de mirarla. Luego susurró:
–Era un brumoso atardecer de primavera y tú parecías flotar en el pálido azul de la bruma que pendía sobre el jardín.
Aquellas eran palabras de Otoko. Otoko le había dicho que la bruma del atardecer contribuía a crear la sensación de que era una joven hechicera. Keiko no lo había olvidado.
Una vez más repetía las inolvidables palabras. Sabía muy bien que de esa manera atormentaba a Otoko, la hacía culparse a sí misma y lamentar su afecto, y al mismo tiempo lograba que ese afecto acrecentara aún más el misterioso poder que ejercía sobre ella.
En cada ángulo del balcón de la casa de té contigua a la de Ofusa se había encendido un farol de papel. Tres geishas, dos de ellas muy jóvenes, atendían a un único comensal. Era un hombre joven, regordete, bastante calvo, que permanecía con la mirada fija en el río y asentía con aire indiferente, mientras las muchachas procuraban mantener una conversación. ¿Esperaba la noche o aguardaba a un amigo? Los faroles estaban ya encendidos, pero no eran necesarios, pues aún había suficiente luz de día.

Los dos balcones estaban muy próximos, casi al alcance de la mano uno del otro. Como tantos otros que asomaban sobre la margen occidental del Kamo, no sólo carecían de techo sino también de postigos. Se podía ver hasta el último de la larguísima hilera. Aquella sucesión de balcones abiertos acentuaba esa sensación de frescura que brindan las orillas de un río.
Sin preocuparse por la falta de intimidad, Keiko mordió con fuerza el meñique de Otoko. El dolor la atravesó como un dardo, pero Otoko no parpadeó. La lengua de Keiko jugueteó con la punta del dedo. Luego lo dejó caer y dijo:
–Te bañaste, así que no tiene ni una pizca de sabor salado.
El espectáculo del río Kamo y de las colinas que se levantaban más allá de la ciudad calmaron la irritación de Otoko y cuando sus sentimientos se serenaron comenzó a pensar que ella era culpable hasta de que Keiko hubiera pasado la noche con Oki.

Keiko acababa de completar sus estudios secundarios   cuando llegó por primera vez al atelier de Otoko. Dijo que había visto los cuadros de ésta en una exposición de Tokyo y su fotografía en una revista y que se había prendado de ella.
Ese año, uno de los cuadros de Otoko había ganado un  premio en una exposición de Kyoto y, en parte debido al tema, se había hecho muy popular. Representaba a dos jóvenes geishas que jugaban a un juego llamado tijeras, papel y piedra, y estaba basado en una fotografía de alrededor de 1880. El fotógrafo había recurrido a un truco para mostrar la doble imagen de una célebre geisha del período Gion, llamada Okayo. La joven de la derecha, que tenía los dedos de ambas manos estirados, estaba casi de frente; la otra tenía los puños cerrados y estaba de cuarto perfil. A Otoko le gustaba la composición de las manos, las posturas  contrastantes y las expresiones faciales de las dos geishas. La joven de los dedos extendidos mantenía el pulgar erecto y los demás dedos curvados hacia atrás. A Otoko le gustaban también los trajes, que eran idénticos (aunque la fotografía no permitía adivinar los colores), y el anticuado motivo del estampado, muy amplio, que iba desde los hombros hasta el ruedo. En la foto también se veía un brasero cuadrado, entre ambas figuras, una marmita de hierro y una botella de sake. Pero Otoko prefirió omitir esos detalles para no recargar el cuadro.
Su cuadro mostraba a la misma joven geisha, por duplicado, que jugaba al juego de tijera, papel y piedra. Quería transmitir la inquietante sensación de que aquella muchacha era dos a la vez, que las dos eran una que, o quizá, no eran ni una ni dos. Aun la antigua fotografía producía esa sensación, hasta cierto punto. Para que todo no quedara en una ingeniosa intención, Otoko dedicó grandes esfuerzos a los rostros. El estampado de los quimonos, que parecía tan grande y pesado en la fotografía, fue una ayuda y contribuyó a destacar las cuatro manos. Aun cuando la pintura no era una copia exacta, mucha gente de Kyoto debió de reconocer a la primera ojeada, que el cuadro estaba basado en la fotografía de una geisha de la época Meiji.

Un marchand de Tokyo, interesado en el cuadro de las geishas, viajó a Kyoto para visitar a Otoko. Acordó con ella exhibir algunas de sus obras menores en Tokyo. Fue en esa oportunidad que Keiko las vio... por pura casualidad, porque nunca había oído hablar de la artista Ueno Otoko, establecida en Kyoto.
Sin duda fue el cuadro de las geishas... y la belleza de la pintora... lo que indujo a un conocido semanario a publicar una nota sobre Otoko. Un equipo de fotógrafos y un reportero la condujeron a diferentes lugares de Kyoto y le tomaron infinidad de fotografías. En realidad fue Otoko quien los condujo, pues ellos querían mostrar los lugares preferidos por la pintora. El resultado fue una nota ilustrada especial, que ocupaba tres de las páginas centrales de la revista. Incluía una fotografía del cuadro de las geishas y un primer plano de Otoko, pero la mayoría de las ilustraciones eran vistas de Kyoto a las cuales la presencia de Otoko añadía interés humano. Era posible que el objetivo de los periodistas fuera descubrir sitios nuevos en la ciudad, con la ayuda de una artista local. Otoko no creía haber sido utilizada –comprendía que le habían dedicado tres páginas enteras–, pero era evidente que los paisajes de fondo nada tenían que ver con las habituales "vistas de Kyoto".
Pero Keiko no advirtió que allí se estaban exhibiendo los encantos ocultos de la ciudad y sólo vio la belleza de Otoko. Quedó fascinada.
Y así había surgido de la bruma azul–pálido y había rogado a Otoko que la aceptara como alumna de pintura. El fervor de aquel ruego había molestado a Otoko. Y de pronto los brazos de la muchacha la rodearon y ella se sintió abrazada por una joven hechicera. Fue como un inesperado impulso de deseo.
Con todo, le preguntó si los padres estaban enterados.
–De lo contrario no podré darle una respuesta. Estoy segura de que usted comprenderá.
–Mis padres han muerto –explicó Keiko–. Yo tomo mis propias decisiones.
Otoko la miró con desconfianza.
–¿No tiene un tío o una tía? ¿No tiene hermanos o hermanas?
–Soy una carga para mi hermano y su esposa. Y ahora que tienen un bebé parezco molestarlos más que nunca.
–¿Por el bebé?
–Por supuesto que yo lo quiero. Pero a ellos no les gusta la forma en que lo mimo.

Cuatro o cinco días después de que Keiko se hubo instalado en la casa, Otoko recibió una carta del hermano. En ella le decía que la muchacha era salvaje y terca, y que probablemente no le serviría ni como criada, pero que esperaba que Otoko la aceptara. Con la carta llegaron las ropas y demás pertenencias de Keiko. A juzgar por ellas, la muchacha provenía de una familia en buena posición.
Otoko no tardó en comprender que debía de haber habido algo anormal en la forma en que Keiko mimaba al bebé. Aproximadamente una semana después de su llegada, la muchacha había forzado a Otoko a que la peinara... como ella quisiera. El peine se enredó en unos mechones.
–¡Tire! –había exclamado Keiko–. ¡Tire con más fuerza! ¡Arrástreme de las mechas!
Otoko retiró el peine y entonces Keiko se volvió y clavó los dientes en la mano de su maestra.
–¿Qué edad tenía usted cuando besó a alguien por primera vez, señorita Ueno? –preguntó luego.
–¡Qué cosas preguntas!
–Yo tenía tres años. Lo recuerdo perfectamente. Era un tío por parte de mi madre. Supongo que tendría unos treinta años. Pero a mí me gustaba, y un día, él estaba sentado a solas en la sala y yo me le acerqué y lo besé. Mi beso lo tomó tan de sorpresa, que se llevó una mano a la boca.
Allí, en el balcón junto al río, Otoko recordó la historia de aquel beso infantil. Los labios, que habían besado por primera vez a un hombre a los tres años, le pertenecían ahora y acababan de sostener su dedo meñique.
–Recuerdo la lluvia de primavera que cayó la primera vez que me llevaste al monte Arashi –dijo Keiko.
–Yo también.
–Y la mujer que vendía fideos.

Pocos días después de su llegada, Otoko había llevado a Keiko a visitar el Pabellón Dorado, el Templo del Musgo, el Templo Ryoanji y luego el monte Arashi. Habían entrado en un negocio de fideos vecino al puente Togetsu. La anciana que atendía el negocio se había disculpado por la lluvia.
–A mí me gusta la lluvia –había replicado Otoko–. Es una hermosa lluvia de primavera.
–Gracias, señora –había exclamado la mujer con una cortés reverencia.
Keiko miró a Otoko y susurró:
–¿Está hablando en nombre del tiempo?
–¿Cómo? Sí, supongo que sí. En nombre del tiempo. Otoko había aceptado las observaciones de la mujer con la mayor naturalidad.
–¡Qué interesante! –prosiguió Keiko–. Me gusta la idea de agradecer en nombre del tiempo. ¿Es habitual entre la gente de Kyoto?
En realidad, las palabras de la mujer podían muy bien interpretarse así. Era muy natural pedir disculpas en nombre del tiempo. Pero el comentario de Otoko no había sido un simple gesto de cortesía; le gustaba realmente el monte Arashi bajo una mansa lluvia primaveral. Y la anciana se lo había agradecido. Parecía estar hablando en nombre del tiempo o del monte Arashi bajo la lluvia. Además era natural que alguien que tenía su negocio allí adoptase esa actitud, pero a Keiko le había parecido muy extraño.
–¡Qué fideos excepcionales!, ¿no? –dijo Keiko–. Me gusta este lugar.
El conductor del taxímetro se lo había recomendado. Otoko había contratado el automóvil por medio día, a causa de la lluvia.
Aun cuando era la época en que los cerezos estaban en flor, era muy poca la gente dispuesta a visitar el lugar con lluvia. Esa era otra de las razones por las cuales Otoko amaba la lluvia. La brumosa lluvia primaveral suavizaba el perfil de la montaña que se levantaba más allá del río y la embellecía más aún. Tan mansa era la lluvia que las dos mujeres apenas si advirtieron que se estaban mojando, mientras caminaban de regreso al auto. Ni siquiera se molestaron en abrir los paraguas. Los delicados hilos de agua se perdían en el río sin alterar su superficie. Las flores de cerezo se entremezclaban con tiernas hojas verdes y los colores de los árboles florecidos se esfumaban en la lluvia con matices sutiles.
El Templo del Musgo y el de Ryoanji también lucían, bellísimos bajo la lluvia. En el Templo del Musgo, una solitaria camelia roja había caído entre las blancas flores de andrómedas dispersas sobre el musgo: rojo y blanco sobre un fondo verde. La camelia, de forma perfecta, yacía con su corola hacia arriba, como si hubiera florecido allí. Y las piedras mojadas del jardín rocoso de Ryoanji brillaban con toda la gama de sus matices.
–Cuando se emplea una vasija de cerámica Iga en la ceremonia del té, se la humedece primero, ¿sabías? –dijo Otoko–. El efecto es el mismo.
Pero Keiko no estaba familiarizada con la cerámica Iga ni parecía muy impresionada por los colores del jardín rocoso que tenía ante sí. En cambio la impresionaron las gotas de lluvia que centelleaban en los pinos del sendero que cruzaba el parque del templo. Otoko le hizo advertir que cada aguja parecía un tallo de flor, con una gotita en su extremo; los árboles parecían cubiertos por flores de rocío. Era la sutil floración de la lluvia de primavera; una floración que casi todos pasaban por alto. Los arces y otros árboles también ostentaban gotas de lluvia en sus tiernas yemas.

Las gotas de lluvia en el extremo de las agujas de pino podían verse en cualquier parte, pero era la primera vez que Keiko las miraba, de modo que para ella eran algo característico de Kyoto. Las gotas de lluvia en los pinos y las palabras de la mujer del negocio de fideos figuraban entre las primeras impresiones que había recogido en Kyoto. La ciudad era nueva para ella y, además, la estaba recorriendo con Otoko.
–Me pregunto cómo está la mujer del negocio de fideos –dijo Keiko–. Desde entonces no hemos vuelto al monte Arashi.
–Es cierto. Pero cuando más me gusta es en invierno. Vayamos en invierno.
–¿Es forzoso que esperemos hasta el invierno?
–El invierno no tardará mucho en llegar.
–¡Cómo que no va a tardar! Ni siquiera estamos en pleno verano y falta el otoño.
Otoko rió.
–¡Podemos ir en cualquier momento! Podemos ir mañana.
–Sí, vayamos. Le diré a la mujer de los fideos que me gusta el monte Arashi en el calor del verano y es probable que me lo agradezca. En nombre del calor.
–Y en nombre del monte Arashi.
Keiko miró el río.
–En el invierno ya no estará ninguna de esas parejas que pasean por la orilla, Otoko.
Por los malecones que separaban al Kamo del brazo que corría bajo los balcones y del canal paralelo a la margen oriental paseaba mucha gente joven. Sólo unas pocas eran parejas con niños... casi todas parecían ser enamorados. Muchachas y muchachos tomados de la mano o sentados muy juntos al borde del agua. A medida que oscurecía su número aumentaba.
–Sí, en invierno hace mucho frío aquí –asintió Otoko.
–Dudo de que perdure hasta el invierno.
–¿A qué te refieres?
–A su amor. Algunos de ellos ya no tendrán ganas de ver al otro para entonces.
–¿De modo que pensabas en eso? ¿Por qué tienes que preocuparte por una cosa así, a tu edad?
–¡Porque no soy tan tonta como tú, que has pasado veinte años enamorada de alguien que arruinó tu vida!
Otoko permaneció en silencio.
–Oki te abandonó pero tú te has negado a reconocerlo.
–No hables así, por favor.
Otoko se volvió y Keiko extendió la mano para acomodar unos cabellos que caían sobre la nuca de su amiga.
–Otoko, ¿por qué no me abandonas tú a mí?
¡Qué!
–Soy la única persona a la cual puedes abandonar. Hazlo.
–¿Qué quieres decir con eso?
Otoko parecía querer mantener a la muchacha a distancia, pero no dejaba de mirarla directamente a los ojos. Pasó la yema de los dedos sobre el mechón que Keiko le había acomodado.
–Quiero decir que me abandones como Oki te abandonó a ti –dijo Keiko, sin desviar la mirada–. Aunque, por lo visto, nunca has estado dispuesta a admitir que eso ocurrió.
–¿Es forzoso que utilices una palabra como "abandonar"?
–Es la más precisa. ¿Qué palabra usarías tú? –preguntó Keiko con un brillo malicioso en la mirada.
–Nos separamos.
–¡Pero es que no se separaron! Aún hoy él está dentro de ti y tú estás dentro de él.
–Keiko, ¿qué estás tratando de decirme? No te entiendo.
–Hoy creí que me abandonarías.
–Pero te pedí perdón, ¿no?
–Yo te pedí perdón.

Otoko la había invitado a Kiyamachi para reconciliarse; pero quizá ya fuera imposible una reconciliación. Era evidente que, por naturaleza, Keiko no se conformaba con un amor plácido, de modo que procuraba irritar a Otoko o reñía con ella o se malhumoraba. Su confesión de la noche pasada junto a Oki había herido a Otoko. La Keiko que parecía estar bajo su control se había convertido en una criatura extraña que la atacaba. La muchacha había dicho que se vengaría de Oki en nombre de Otoko, pero ésta tenía la impresión de que Keiko se estaba vengando de ella. Además, ahora pensaba en Oki con horror. ¿Cómo era posible que tuviera una aventura con su discípula, cuando tenía que tener otras mujeres?
–¿No me vas a abandonar? –preguntó Keiko.
–¡Si insistes lo haré! Por otra parte, eso sería lo mejor para ti.
–¡Basta! No quise decir eso –exclamó Keiko y sacudió la cabeza–. No estaba pensando en mi propia conveniencia. Mientras esté contigo...
–Lo que más te conviene es estar lejos de mí.
Otoko trataba de hablar con calma.
–¿Acaso te has alejado ya de mí en tu corazón?
–¡Por supuesto que no!
–¡Qué suerte! ¡Me sentía tan desgraciada al pensar que habías terminado conmigo!
–Fuiste tú quien insistió en hablar de eso.
–¿Yo?... ¿Crees que yo te dejaría?
Otoko no habló.
–¡Nunca! –estalló Keiko y una vez más tomó el meñique de Otoko y lo mordió.
–¡Ay! ¡Me haces daño y lo sabes!
–Fue mi intención.

Llegó la comida. Mientras la camarera ordenaba los platos, Keiko se volvió y permaneció con la mirada fija en un grupo de luces sobre el monte Hiei. Otoko conversaba con la camarera. Había apoyado una mano sobre la otra. Tenía miedo de que las marcas de los dientes resultaran visibles.
Cuando quedaron nuevamente a solas, Keiko miró su escudilla de sopa, tomó un bocado de anguila con sus palillos y dijo:
–Pero, en realidad, tú tendrías que abandonarme.
–Eres terca, ¿eh?
–Soy del tipo de muchacha a la cual los amantes abandonan. ¿Crees que soy terca?
Otoko se preguntó si las mujeres eran más tercas entre sí que con los hombres y sintió la habitual punzada de culpa. El dedo también le dolía como si se lo atravesaran con una aguja. ¿Había sido ella quien le había enseñado a Keiko a infligir dolor?
Un día, no mucho después de haberse instalado Keiko con ella, la muchacha llegó corriendo desde la cocina y le anunció que había derramado el aceite de la sartén.
–¿No te has quemado?
–¡Y cómo arde! –se quejó Keiko mientras extendía una mano en dirección a Otoko. La punta de un dedo estaba roja. Otoko tomó la mano.
–No parece grave –dijo y se llevó rápidamente el dedo quemado a la boca. Al sentir el contacto del dedo contra su lengua se sobresaltó y dejó la mano de la muchacha en libertad. Keiko se lo llevó entonces a la boca.
–¿Se alivia si uno lo chupa? –preguntó.
–¿Y qué ha pasado con la sartén, Keiko?
–¡Me olvidé!
La joven corrió de regreso a la cocina.
En otra oportunidad... (¿cuánto tiempo después había ocurrido eso?), Otoko había comenzado a jugar con la muchacha en la cama, posando sus labios sobre los jóvenes párpados o mordisqueando los sensitivos lóbulos de las orejas de Keiko hasta que ésta se había ovillado y había gemido. Y aquello había estimulado a Otoko.
Todo el tiempo Otoko recordaba que hacía mucho, mucho tiempo, Oki había jugado con ella de la misma manera. Quizá su extrema juventud había inducido al hombre a no buscar inmediatamente su boca. El roce de los labios de Oki sobre su frente, sus párpados, sus mejillas, la iba sumiendo en la más completa entrega. Keiko era ahora uno o dos años mayor que ella en aquel tiempo y era de su mismo sexo, pero su respuesta era más rápida aún de lo que había sido la suya. Otoko no tardó en encontrarla irresistible. Empero, la idea de que estaba repitiendo las antiguas caricias de Oki la llenaba de culpa... y también de vibrante vitalidad.
–¡No hagas eso, por favor! –gimió Keiko, pero mientras hablaba apretó su torso desnudo contra el de Otoko–. Tu cuerpo y el mío son uno solo, ¿no? –murmuró.
Otoko se apartó.
Keiko se apretó más aún contra ella.
–¿Verdad que sí? Son uno solo.
Aguardó un instante.
–Es así. Te lo aseguro –añadió luego.
Otoko sospechaba que la muchacha no era virgen. Las  repentinas explosiones verbales de Keiko todavía no se le  habían hecho familiares.
–No somos un solo cuerpo –murmuró Otoko, mientras la mano de Keiko buscaba su pecho. La mano se movía sin vacilaciones, pero parecía haber una cierta timidez en el contacto.
–¡No hagas eso! –exclamó Otoko y aferró la mano.
–¡Eres injusta!
Ahora había fuerza en los dedos de Keiko.
Años atrás, cuando ella tenía quince, Otoko exclamaba exactamente lo mismo al sentir la mano de Oki sobre sus pechos: "¡No hagas eso, por favor!". Y esas palabras figuraban en la novela. Probablemente ella las habría recordado de todas maneras; pero al figurar en el libro, parecían haber adquirido vida propia.
También Keiko había pronunciado esas palabras. ¿Acaso porque había leído Una chica de dieciséis? ¿O todas las mujeres dirían lo mismo?
La novela contenía también una descripción de los pechos de Otoko y una observación de Oki sobre el deleite de acariciarlos.
Otoko nunca había amamantado a un niño, por eso sus pezones conservaban todo el color. En veinte años no habían perdido nada de su vívida tonalidad. Pero, poco después de los treinta años, los pechos habían comenzado a perder turgencia.
Sin duda Keiko lo había advertido en el baño y quería tocarlos para cerciorarse de su falta de firmeza. Otoko se preguntó si alguna vez llegaría a comentarlo; pero nunca lo hizo. Tampoco dijo nada cuando los pechos de Otoko respondieron a su caricia adquiriendo más y más firmeza.
El silencio de Keiko era extraño, pues debía de considerar aquello como una victoria.
En ocasiones, Otoko sentía que aquella reacción de sus pechos era morbosa y perversa; a veces se sentía terriblemente avergonzada. Pero sobre todo la sorprendía
el ver cómo iba cambiando su cuerpo casi a los cuarenta años. Era muy diferente de lo que había sentido a los quince, cuando la forma de sus pechos cambiaba bajo las caricias de Oki y luego, a los dieciséis, cuando quedó encinta.
Después de haberse separado de Oki, nadie había vuelto a tocar sus pechos por más de dos décadas. En ese período habían quedado atrás su juventud y sus posibilidades de matrimonio. Y ahora era la mano de otra mujer, la mano de Keiko, la que volvía a acariciarla.
Había tenido muchas oportunidades de ser amada y de casarse, desde que se estableció en Kyoto con su madre, pero siempre las había eludido. Los recuerdos de Oki revivían en cuanto advertía que un hombre estaba enamorado de ella. Más que recuerdos, eran su realidad.
Cuando se separó de Oki, pensó que nunca se casaría. El dolor la había dejado exhausta; apenas si podía trazar planes para el día siguiente. ¿Cómo pensar entonces en un futuro lejano?
Y así, la idea de no casarse fue penetrando en su mente y llegó a ser una resolución inflexible.
Por supuesto, su madre siempre había esperado que algún día se casara. Se había trasladado a Kyoto para alejar a su hija de Oki y para calmarla, y no con la intención de establecerse allí en forma definitiva. Nunca dejó de mostrarse ansiosa por el futuro de su hija. La primera vez que le habló de un posible matrimonio, Otoko tenía diecinueve años. Había sido en el Templo Nembutsu, en Adashino, la noche de la Ceremonia de las Mil Luces.

Otoko advirtió que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas mientras contemplaba las mil luces que ardían ante las innumerables pequeñas tumbas de los muertos no llorados. Aquellas largas hileras simbolizaban el limbo de los niños. Las débiles llamas de los cirios, que titilaban en la penumbra del atardecer, acentuaban el aspecto melancólico de las lápidas.
Había oscurecido ya cuando juntas recorrieron el camino de regreso.
–¡Ay, qué soledad! –había exclamado la mujer–. ¿No te sientes sola, Otoko?
Esta vez, la palabra "sola" parecía tener un significado diferente. Comenzó a hablar de una proposición matrimonial. Alguien había pedido la mano de Otoko, por intermedio de una amiga que vivía en Tokyo.
–Me siento culpable respecto de ti, porque no puedo  casarme –dijo Otoko.
–¡No hay mujer que no pueda casarse!
–¡Sí que la hay!
–Si no te casas, tanto tú como yo estaremos entre los muertos no llorados.
–No sé qué significa eso.
–Son los muertos que no han dejado descendientes que los lloren.
–Lo sé, pero ignoro lo que eso puede representar. Después de todo uno ya está muerto.
–No es sólo después de la muerte. Una mujer sin marido ni hijos debe de sentirse así aun en vida. Suponte que yo no te hubiera tenido a ti. Tú eres muy joven aún, pero... La mujer vaciló.
–Con frecuencia dibujas y pintas a tu bebé, ¿no? ¿Cuánto tiempo piensas seguir haciéndolo?
Otoko no respondió.
Su madre le informó cuanto sabía acerca del peticionante.
–Si quieres conocerlo, podríamos viajar a Tokyo.
–¿Qué supones que estoy viendo ante mí mientras te escucho? –preguntó Otoko.
–¿Ves algo?
–Rejas. Veo las ventanas enrejadas de la clínica psiquiátrica.
La madre no habló más.

Otoko recibió varias proposiciones matrimoniales más mientras aún vivía su madre.
–Es inútil que sigas pensando en Oki –decía su madre, cuando la instaba a casarse–. No puedes hacer nada.
Esperar a Oki es lo mismo que esperar el pasado... El tiempo y los ríos no corren para atrás.
Sus palabras representaban más un ruego que un consejo.
–Yo no espero a nadie –replicaba Otoko.
–¿Te limitas a pensar en él? ¿No puedes olvidarlo?
–No se trata de eso.
–¿Estás segura?... Eras apenas una niña cuando él te sedujo... una inocente niña. Quizás ésa sea la razón por la  cual quedó una cicatriz. Yo lo odiaba por haber sido tan cruel con una criatura.
Otoko recordaba ahora las palabras de su madre. Se preguntó si era su juventud y su inocencia lo que habían dado tanta intensidad a ese amor. Quizás eso explicara su pasión ciega e insaciable. Cuando en un espasmo mordía el hombro de Oki, ni siguiera advertía la sangre que manaba de la herida.

Mucho después de separarse de él, le molestó leer en Una chica de dieciséis, que cuando Oki iba a encontrarse con ella pensaba en cómo le haría el amor en esa oportunidad y generalmente cumplía sus planes. Le parecía aterrante que el corazón de un hombre "palpitara lleno de gozo mientras caminaba pensando en eso". Para una joven espontánea como Otoko era inconcebible que un hombre planeara de antemano sus técnicas eróticas, la secuencia de éstas y cosas por el estilo. Ella aceptaba todo lo que él hacía, le brindaba todo lo que él pedía. Oki la había descrito como una criatura extraordinaria, como mujer entre las mujeres. Gracias a ella –así escribía– él había experimentado todas las formas de hacer el amor.
Al leer aquello, Otoko había ardido de humillación. Con todo, no podía reprimir los vívidos recuerdos de aquella pasión, su cuerpo se ponía tenso y comenzaba a temblar. Por fin la tensión se aflojaba y una deliciosa sensación de plenitud recorría sus miembros. Su amor del pasado había vuelto a la vida.

No eran sólo las ventanas enrejadas de la clínica lo que Otoko veía en su camino de regreso de la Ceremonia de las Mil Luces. También se veía a sí misma en brazos de  Oki.
Quizá si él no hubiera descrito aquellos abrazos, la visión no habría seguido siendo tan vívida a través del tiempo. Otoko había palidecido de furia y de desesperación cuando Keiko le había relatado que en el instante crítico ella había pronunciado su nombre en brazos de Oki... "¡y él se quedó paralizado!". Pero por detrás de esas emociones había sentido que Oki también se acordaba de ella. ¿Era posible que en ese instante se le hubiera representado la joven Otoko entre sus brazos?

Con el correr del tiempo, el recuerdo de aquel abrazo se fue purificando dentro de Otoko; fue dejando de ser algo físico para convertirse en algo espiritual. Ahora ella ya no era pura y sin duda Oki tampoco lo era. Y sin embargo, su antiguo abrazo, tal como lo veía ahora, parecía puro. Aquel recuerdo –en el que ella intervenía y no intervenía, que parecía real e irreal– era una visión sagrada, una visión sublimada del abrazo de antaño.
Cuando recordaba lo que él le había enseñado y lo imitaba al hacer el amor a Keiko, temía manchar o destruir la sagrada visión. Pero el recuerdo permanecía inviolable.
Keiko tenía la costumbre de utilizar crema depilatoria para quitarse el vello de los brazos y de las piernas, y comenzó a aplicársela en presencia de Otoko. En los primeros tiempos lo hacía en privado. Cuando Otoko la interrogaba acerca del extraño olor que había quedado flotando en el baño, la joven no respondía. Otoko no estaba familiarizada con los depilatorios, porque nunca los había necesitado.
Luego sorprendió a Keiko con una pierna recogida, aplicándose la crema. Otoko frunció el entrecejo.
–¡Qué olor desagradable! ¿Qué es?
Cuando vio que el vello desaparecía al quitarse la crema, se cubrió los ojos.
–¡No hagas eso, por favor! Se me eriza la piel.
Se estremeció y sintió que se le ponía carne de gallina.
–¿Es indispensable que hagas una cosa tan repulsiva?
–¿Acaso no lo hace todo el mundo?
Otoko no replicó.
–¿No se te pondría carne de gallina si tocaras una piel velluda?
Otoko siguió guardando silencio.
–Después de todo soy mujer –insistió Keiko.
De modo que hacía eso por Otoko. Aunque fuera por otra mujer, Keiko deseaba tener la piel satinada de las de su sexo.
Otoko se sintió oprimida, tanto por su propia repugnancia ante aquella operación como por los sentimientos que había despertado en ella la franqueza de Keiko. El  olor acre quedó flotando aun después que Keiko se hubo retirado al cuarto de baño para quitarse con agua los restos de crema. Cuando regresó levantó su falda y extendió una pierna esbelta y blanquísima.
–Tócala y verás. Ahora está suavísima.
Otoko miró la pierna, pero no la rozó. Keiko se acarició la pantorrilla con la mano derecha y miró a Otoko como si se preguntara qué le estaba ocurriendo.
–¿Te preocupa algo? –preguntó.
Otoko evitó su mirada.
–Keiko, te ruego que de ahora en adelante no hagas más eso en mi presencia.
–Es que no quiero ocultarte nada más. Ya no tengo secretos para ti.
–No veo por qué tienes que mostrarme algo que yo considero ofensivo.
–Te acostumbrarás. Es como cortarse las uñas de los pies.
–Uno tampoco se corta las uñas de los pies en presencia de otra gente.

Keiko asintió sin mayor entusiasmo, pero a partir de entonces, si bien no hizo alarde, tampoco disimuló sus esfuerzos por extirpar el vello de sus brazos y piernas. Otoko nunca se acostumbró. Fuera porque habían perfeccionado la crema depilatoria o porque Keiko la había sustituido por otra, el olor ya no era tan desagradable; no obstante eso, el proceso en sí provocaba náuseas a Otoko. No podía soportar la vista del vello de las pantorrillas o de los brazos, que se desprendía cuando Keiko se quitaba la crema. Prefería abandonar la habitación. Sin embargo, detrás de esa repugnancia titilaba una llamita, que desaparecía y volvía a brillar. Esa llama minúscula, distante, era apenas discernible y tan calma, tan pura, que resultaba difícil creer que era una llama de deseo. Aquella lucecita vacilante le recordaba su relación con Oki, años atrás. Sus náuseas al ver cómo Keiko se extirpaba el vello se vinculaba con la sensación de contacto entre una mujer y otra, una presión directa sobre su propia piel. Sí, la primera sensación era de náusea. Pero si pensaba en Oki, ese estado desaparecía en forma milagrosa.
Entre los brazos de Oki ella jamás había experimentado náuseas; ni siquiera había advertido si él era velludo o no. ¿Era porque perdía el sentido de la realidad? Ahora, con Keiko, era más libre que entonces. Había desarrollado un erotismo audaz y maduro. Se había sorprendido al comprobar, a través de Keiko, que había madurado como mujer en aquellos largos años de soledad. Temía que, en caso de tener a un hombre por amante, su contacto desvaneciera la visión que ella guardaba celosamente en su interior: la sagrada visión de su amor por Oki.

Otoko había fracasado en su intento de suicidio de aquel entonces, pero siempre se lamentó de no haber muerto en esa oportunidad. Creía que lo mejor habría sido morir en el parto, antes del intento de suicidio y antes de la muerte de la criatura. Pero a medida que pasaban los meses y los años, esos pensamientos fueron limpiando la herida que le había infligido Oki.
"Eres más de lo que merezco. Es un amor que yo nunca soñé encontrar. Vale la pena morir por una dicha como ésta..." Las palabras de Oki no se habían borrado nunca de su memoria. Figuraban en la novela y eso parecía haberles conferido una vida autónoma, que ya no guardaba relación con Oki ni con ella. Quizá ya no existieran los amantes de entonces, pero en su tristeza, le quedaba el nostálgico consuelo de que su amor se conservaba, como reliquia, en una obra de arte.
La madre de Otoko había dejado una pequeña navaja que solía utilizar para afeitarse el vello. Aunque casi no la necesitaba, Otoko la sacaba de vez en cuando –una vez por año, como impulsada por algún recuerdo– y se afeitaba la nuca y prolijaba el nacimiento del pelo sobre la frente.
Un día, al ver que Keiko comenzaba a aplicarse la crema depilatoria, anunció:
–Keiko, te afeitaré.
Extrajo la navaja de su madre del tocador.
–No, no. ¡Tengo miedo! –exclamó Keiko al ver la navaja y huyó de la habitación.
Otoko la persiguió.
–¡No tiene nada de peligroso! ¡Déjame hacerlo, por favor!
Keiko permitió a regañadientes que la condujera de regreso junto a la mesa–tocador. Pero cuando Otoko le aplicó el jabón y comenzó a pasar la navaja, advirtió con sorpresa que los dedos de la joven temblaban.
–No te preocupes. No hay ningún peligro. Mantén tu brazo quieto.
Pero la ansiedad de Keiko era estimulante. Era una tentación. El cuerpo de Otoko también se puso tenso y sintió un vigor desconocido en los hombros.
–Por esta vez no probaré en las axilas –dijo–. Pero con el rostro no hay problema.
–Aguarda. Déjame recobrar el aliento –rogó Keiko.
Otoko le enjabonó la frente y la barbilla. Mientras la navaja prolijaba el nacimiento del pelo sobre la frente, Keiko mantuvo los ojos cerrados con fuerza. Su cabeza echada hacia atrás reposaba sobre la mano de Otoko. La atención de ésta se concentró en aquel largo y esbelto cuello. Era una garganta de aspecto inocente, delicadamente modelada, radiante de juventud. La mano que sostenía la navaja se detuvo.
Keiko abrió los ojos.
–¿Qué ocurre?
Otoko acababa de pensar que si ella hacía penetrar el  acero en aquella adorable garganta, Keiko moriría. En ese instante podía matarla con toda facilidad: bastaba un simple tajo en la parte más adorable de su cuerpo.
Su propio cuello no debía de haber sido tan bello, pero una vez ella había protestado porque tenía la sensación de que Oki la estaba estrangulando. Y él había apretado con más fuerza aún.
Volvió a sentir la sensación de asfixia mientras miraba a Keiko y sintió un vahído.
Fue la única vez que utilizó la navaja con Keiko. Después, ésta siempre se resistió y Otoko no la quiso forzar. Cada vez que abría el cajón del tocador para buscar un peine o algo así, veía la navaja de su madre. A veces le recordaba el vago impulso homicida que había cruzado su mente. Si hubiera matado a Keiko, ella tampoco podría haber seguido viviendo. Más tarde, aquel impulso se convirtió en un fantasma vagamente familiar. ¿Habría perdido una vez más la oportunidad de morir?
Otoko comprendía que en ese fugaz impulso homicida se ocultaba su antiguo amor por Oki. Por ese entonces, Keiko aún no lo había conocido. No se había interpuesto aún entre los dos.
Ahora que Otoko se había enterado de la noche en Enoshima, el antiguo amor volvía a arder con ominosa llama. Sin embargo, en esas llamas Otoko veía una gran flor de loto blanca. Su amor era una flor de ensueño que ni siquiera Keiko podría mancillar.

Con la imagen del loto blanco aún en la mente, Otoko desvió la mirada para contemplar las luces de las casas de té de Kiyamachi. que se reflejaban en el agua. Luego apartó la vista de aquellos reflejos, para observar la oscura silueta de las Colinas Orientales, que se levantaban más allá de Gion. La línea suavemente redondeada de la cadena montañosa parecía irradiar paz, pero sus sombras parecieron fluir secretamente hacia Otoko, que miraba sin ver los faros de los automóviles que iban y venían por la ribera opuesta, las parejas que recorrían el paseo y las lámparas de los balcones que se alineaban a lo largo de la ribera occidental. Sólo la escena nocturna de las Colinas Orientales ocupaba su mente.
"Llevaré adelante mi idea de la Ascensión de un infante –pensó–. Si no hago ese cuadro ya, quizá no llegue a pintarlo nunca. Está a punto de convertirse en algo diferente... Está a punto de perder todo lo que puede haber en él de amor y de tristeza." ¿A qué obedecían esos repentinos sentimientos? ¿Serían una consecuencia de su visión del loto en llamas? Empezaba a parecerle que el loto era Keiko. ¿Por qué florecía aquel loto en medio de una hoguera? ¿Por qué no se marchitaba?
–Keiko –dijo, de pronto–, ¿has recuperado tu buen humor?
–Si tú estás de buen humor, yo también lo estoy. El tono de Keiko tenía mucho de coquetería.
–Dime una cosa: ¿cuál de tus dolores ha sido el más profundo? –preguntó Otoko.
–No estoy muy segura –replicó Keiko con despreocupación–. He tenido tantos que no sabría decir. Trataré de recordarlos a todos y te diré. Pero mis tristezas son breves.
–¿Sí?
–Así es.
Otoko la miró con fijeza y procuró hablar con la mayor serenidad posible.
–Te quiero pedir una cosa. Una sola cosa. Por favor, no vuelvas a Kamakura.
–¿A ver a Oki o a su hijo?
Aquella pregunta dejó casi sin aliento a Otoko.
–¡Quisiera que no vuelvas a ver a ninguno de los dos, por supuesto!
–Sólo fui para vengarte.
–¡Sigues hablando así! ¡Eres aterrante!
La expresión de Otoko había cambiado. Cerró los ojos, como para retener las lágrimas.
–Qué cobarde eres... –suspiró Keiko y se puso de pie para colocarse detrás de Otoko. Apoyó ambas manos sobre sus hombros y luego jugueteó con las orejas de su amiga. Otoko permaneció inmóvil, abandonada, mientras escuchaba el murmullo de las aguas del río.


MECHONES DE PELO NEGRO

–¡Visitas, querido! –gritó Fumiko desde la cocina, dirigiéndose a Oki–. Una enorme señora rata nos ha honrado con su visita y se oculta bajo la cocina.
A veces, Fumiko utilizaba un lenguaje exageradamente cortés para formular críticas encubiertas a su marido.
–No me digas!
–¡Y, por lo visto, hasta ha traído consigo a sus pequeños!
–¡Ah, sí!
–Deberías venir a verla, realmente... La ratita acaba de asomarse y tiene la carita más dulce que yo haya visto.
–Mmm.
–Me miró con unos ojitos mansos y relucientes.
Oki guardó silencio. El penetrante aroma de la sopa miso llegaba hasta el comedor, en donde él leía el diario de la mañana.
–¡Y ahora está entrando la lluvia! Directamente a la cocina. ¿La oyes, querido?
Ya llovía cuando Oki se había despertado, pero ahora caía un verdadero aguacero. El viento que sacudía los pinos y bambúes en las colinas había virado al este y hacía entrar el agua de lluvia por ese frente de la casa.
–¿Cómo supones que puedo oírla con semejante viento y semejante aguacero?
–¿No quieres venir a ver?
–Mmm.
–¡Pobres gotitas! El viento las arroja contra el techo y ellas tienen que deslizarse por las grietas, para caer como lágrimas sobre nosotros...
–Me harás llorar a mí también.
–Pongamos la trampera esta noche. Creo que está en el estante más alto de la alacena. ¿Me la bajarás, más tarde?
–¿Estás segura de que quieres cazar a la señora rata y a su dulce pequeñuelo en una trampa? –preguntó Oki, sin levantar la vista del periódico.
–¿Y qué me dices de la gotera?
–¿Es muy grave? ¿No será porque el viento está soplando de ese lado? Mañana subiré al techo y miraré.
–Es peligroso para un anciano. Le puedo pedir a Taichiro que lo haga.
–¿Quién es el anciano?
–En la mayoría de las actividades, los hombres se jubilan a los cincuenta y cinco, ¿no es así?
–Es bueno saberlo. Quizá yo también deba retirarme.
–Hazlo cuando quieras.
–Quisiera saber a qué edad debe retirarse uno en la actividad literaria.
–El día de la muerte.
–¡Ah, muy bien!
–¡Perdón! –exclamó Fumiko en tono contrito y luego añadió con su voz habitual–: Quise decir que podías seguir escribiendo por mucho, mucho tiempo.
–No es una perspectiva muy halagüeña; sobre todo, cuando uno tiene una esposa rezongona. Es como si el diablo lo estuviera pinchando a uno con su tridente.
–¡No me digas eso! ¿Cuándo he rezongado yo?
–Eres capaz de ser bastante incómoda, tú lo sabes.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, cuando estás celosa, por ejemplo.
–Todas las mujeres son celosas; pero tú me enseñaste, hace mucho tiempo, que es una medicina amarga y peligrosa... una espada de doble filo.
–Con la que uno hiere al compañero y se hiere a sí mismo.
–Ocurra lo que ocurra, ya estoy demasiado vieja para un doble suicidio o para un divorcio.
–Ya es bastante feo que una pareja madura se divorcie; pero no hay nada más triste que un doble suicidio. Los ancianos deben de sentirse muy afectados cuando leen una noticia de ese tipo en los diarios. Mucho más de lo que pueden sentirse los jóvenes cuando se enteran del suicidio de dos jóvenes enamorados.
–Piensas en eso porque una vez, hace mucho tiempo, te conmovió profundamente la idea del doble suicidio... De cualquier manera, no permitiste que tu joven amiga se enterara de que tú deseabas morir con ella. Quizás eso hubiera sido lo mejor. Ella intentó quitarse la vida, pero nunca soñó que tú también estabas dispuesto a morir. ¿No te da lástima que ella lo haya ignorado?
–Pero ella no murió.
–Su intención era morir. Para el caso es lo mismo.
Fumiko volvía a hablar de Otoko. Oki oyó el chirrido del aceite en la sartén, probablemente estaba friendo cerdo con repollo. El aroma de la pasta de frijoles fermentados se hizo más intenso.
–Me parece que tu sopa miso se está pasando de punto –advirtió Oki.
–Está bien, está bien. Ya sé que nunca te complaceré con esta sopa... Ya te has quejado muchas veces de mi manera de hacerla, cuando la pedías en todos los restaurantes del país... Supongo que tu deseo subconsciente era el de cocinar en ella a tu esposa.
–¿Sabes cómo se escribe el nombre de esa sopa en chino?
–¿No se escribe fonéticamente?
–Se repite tres veces el ideograma "honorable".
–¡Ah, sí!
–Y es porque siempre fue muy importante en la cocina, y muy difícil de hacer.
–Quizá tu honorable miso se haya ofendido esta mañana porque no se la ha tratado con el debido respeto.
Otra vez le estaba formulando un reproche encubierto. Oki era natural del sector occidental de Japón y nunca había llegado a dominar realmente el cortés lenguaje de Tokyo. Fumiko, en cambio, se había criado en Tokyo. Por eso, más de una vez debía recurrir a su asesoramiento. Sin embargo, no siempre aceptaba lo que ella le decía. La enconada discusión podía transformarse en una inacabable disputa y, por lo general, Oki terminaba por declarar que el habla de Tokyo no era más que un vulgar dialecto, con una superficial tradición. En Kyoto o en Osaka hasta el chismorreo habitual era algo muy cortés, muy diferente del chismorreo de Tokyo. La gente utilizaba expresiones corteses para cualquier tipo de cosas: montañas y ríos, casas, calles, cuerpos celestes y hasta peces y verduras.
–En ese caso, más vale que consultes a Taichiro –le decía ella, dando por terminada la discusión–. Después de todo él es un universitario.
–¿Qué puede saber él de eso? Quizá sepa algo de literatura, pero nunca ha estudiado el lenguaje cortés. ¡Mira cómo hablan él y sus amigos! Ni siquiera es capaz de escribir sus artículos en un buen japonés.
En realidad, a Oki le disgustaba consultar a su hijo o recibir instrucciones de él. Prefería preguntar a su esposa. Pero, aunque era natural de Tokyo, Fumiko solía quedar perpleja ante sus preguntas.
Aquella mañana se descubrió a sí mismo lamentándose una vez más de la decadencia del idioma.
–Antes, los eruditos sabían chino y escribían una prosa correcta y armoniosa. La gente no habla así. Todos los días aparecen palabras nuevas, simpáticas como esas ratitas. Y, como a esas ratitas, no les importa lo que roen. Las palabras cambian con tanta rapidez que uno experimenta vértigo. Por eso su vida es muy breve, y aunque sobrevivan se vuelven obsoletas... como las novelas que escribimos. Es raro que alguna dure cinco años.
–Y bien, quizá baste con que una palabra nueva viva un día –dijo Fumiko, mientras entraba con la bandeja del desayuno–. Yo también he hecho bien en sobrevivir todos estos años que han transcurrido desde que tú pensaste en morir con aquella muchacha.
–Porque no hay jubilación para las amas de casa. Eso está mal.
–Pero existe el divorcio. Una vez, por lo menos una vez en mi vida yo también quise saber cómo se sentía uno al divorciarse.
–No es demasiado tarde.
–Ya no me interesa. Ya conoces ese antiguo dicho: tratar de asir la ocasión cuando ya pasó.
–La tuya no ha pasado... ni siquiera tienes canas.
–¡Pero la tuya sí!
–Ese es mi sacrificio para evitar el divorcio. Para que no te pongas celosa.
–¡Hoy estás dispuesto a hacerme enojar!
Bromeando como siempre, saborearon el desayuno. Fumiko parecía estar de buen humor. Había recordado a Otoko, pero era evidente que esa mañana no estaba dispuesta a exhumar el pasado.
La lluvia había amainado, a pesar de que aún no se veían grietas en la densa capa de nubes.
–¿Taichiro duerme aún? –preguntó Oki–. ¡Despiértalo!
Fumiko hizo un gesto de asentimiento.
–Lo intentaré; pero dudo de que lo logre. Me dirá que lo deje dormir porque está de vacaciones.
–¿No tenía pensado ir a Kyoto hoy?
–Puede ir al aeropuerto después de cenar. ¿Por qué va a Kyoto con este calor?
–Deberías preguntárselo a él. Se le ha puesto entre ceja y ceja visitar nuevamente la tumba de Sanetaka, que está detrás del Templo Nisonin. Parece que va a escribir una tesis sobre la Crónica de Sanetaka... ¿Sabes quién fue Sanetaka?
–¿Algún noble de la corte?
–¡Por supuesto que era noble! Llegó a ser chambelán en tiempos de Yoshimasa, y era amigo del poeta Sogi y de su círculo. Sanetaka fue uno de los aristócratas que mantuvieron con vida el arte y la literatura durante las guerras del siglo XVI. Parece haber tenido una interesante personalidad y dejó un diario muy voluminoso. Taichiro piensa utilizarlo para estudiar la cultura de ese período.
–¡Ah, sí! ¿Y dónde está el templo?
–Al pie del Monte Ogura.
–¿Pero dónde es eso? ¿No me llevaste allí una vez?
–Sí, hace mucho tiempo. Es un lugar pleno de asociaciones.
–Eso era en Saga, ¿no? Ahora recuerdo.
–Taichiro está descubriendo tantos detalles incidentales que opina que yo debería utilizarlos para una novela. Él los califica de anécdotas sin valor. Supongo que se siente muy erudito cuando me aconseja crear una novela con sus anécdotas inútiles y sus leyendas infladas.
Fumiko sonrió con aire reservado.
–¡Ve a despertar a tu erudito! –prosiguió Oki, mientras se levantaba de la mesa–. ¿Dónde se ha visto que un hijo siga durmiendo mientras su padre trabaja?

En su estudio se sentó ante el escritorio y apoyó la cabeza en las manos, para reflexionar acerca de aquel diálogo sobre la edad a que debe retirarse un novelista. No lo encontraba nada divertido. Oyó que alguien hacía gárgaras en el baño. Taichiro entró enjugándose el rostro con una toalla.
–Te has levantado un poco tarde, ¿no? –comentó Oki con sequedad.
–Soñaba despierto.
–¿Y con qué soñabas?
–¿Sabías que han excavado la tumba de la princesa Kazunomiya?
–¿Han violado la tumba de una princesa?
–Podría definirse así –admitió Taichiro, conciliador–. ¿Pero acaso no es frecuente que excaven antiguas tumbas con fines de investigación?
–Si es la tumba de la princesa Kazunomiya no puede ser muy antigua. ¿Cuándo murió?
–En 1877 –respondió Taichiro con seguridad.
–¡En ese caso ha transcurrido menos de un siglo!
–Así es. Pero dicen que no quedaba más que su esqueleto.
Oki frunció el entrecejo.
-Dicen que hasta su almohada y sus vestidos se habían desintegrado... No quedaba más que el esqueleto.
–Es inhumano exhumar esos restos.
–Yacía en una postura deliciosamente inocente, como un niño dormido.
–¿El esqueleto?
–Sí. Y parece que quedaba un mechón de pelo detrás del cráneo... del largo que lo usaban las viudas. Pero era un pelo negro que parecía corresponder a una mujer de alta alcurnia muerta en plena juventud.
–¿Y tú soñabas despierto con ella?
–Sí. Pero es que había algo más. Algo bello, misterioso y fugaz...
–¿De qué se trataba? –preguntó Oki, que no podía compartir el entusiasmo de su hijo. Le disgustaba profundamente que hubieran exhumado el cadáver de una desdichada princesa imperial, que tenía que haber muerto antes de los treinta años.
–Algo que jamás se te ocurriría –dijo Taichiro, mientras balanceaba su toalla–. ¿No quieres que llame a mi madre así relato el suceso en su presencia?
Oki hizo un gesto afirmativo.

Al regresar al estudio, Taichiro iba repitiendo la historia a su madre.
Oki había extraído un volumen del Diccionario de historia japonesa de un anaquel de la biblioteca, buscó el nombre de Kazunomiya y encendió un cigarrillo. Su hijo traía en la mano algo que parecía una revista de pocas páginas. Oki le preguntó si aquél era el informe de la excavación.
–No, es el boletín de un museo. Uno de los miembros del equipo de redacción escribió un artículo intitulado "Belleza fugaz", a raíz de algo espectral que algunos de ellos tuvieron oportunidad de ver. Es posible que eso no figure en el informe.
Taichiro hizo una pausa y comenzó a resumir el artículo:
–Entre los brazos del esqueleto de la princesa Kazunomiya encontraron una placa de vidrio un poco más grande que una tarjeta de visita. Parece ser que eso fue lo único que encontraron. Estaban excavando las tumbas de los Shoguns de Tokugawa, en Shiba, de modo que abrieron también la de Kazunomiya... El tipo que estaba a cargo de los textiles pensó que podía tratarse de un espejo de bolsillo o de una fotografía de placa húmeda. Envolvió el vidrio en un papel y lo llevó al museo.
–¿Quieres decir que podía ser una fotografía sobre vidrio?
–Sí, se extiende una emulsión sobre una placa de vidrio y ésta se revela mientras está aún húmeda. Como las fotos de antes, ¿comprendes?
–Ah, sí.
–El vidrio parecía transparente, pero cuando el experto en textiles lo examinó en el museo, colocándolo a la luz, a diferentes ángulos, pudo distinguir la figura de un joven que vestía ropas de ceremonia y un sombrero de cortesano. Era, en efecto, una fotografía. Muy desvaída, por supuesto.
–¿Era el Shogun Iemochi? –preguntó Oki, cada vez más interesado.
–Parecería que sí. Se presume que fue enterrada con la fotografía de su marido muerto. El encargado pensó así y estaba dispuesto a consultar al Instituto de Investigaciones de Propiedades Culturales al día siguiente, con la esperanza de que ellos lograran obtener una imagen más clara... Pero a la mañana siguiente la imagen se había desvanecido por completo. De la noche a la mañana, la fotografía se había convertido en un simple trozo de vidrio.
–¿En serio? –Fumiko miraba a su hijo con sorpresa.
–Por haber sido expuesta al aire y a la luz después de haber estado enterrada por espacio de años –explicó Oki.
–Así es. Una persona puede atestiguar que el experto en textiles vio una fotografía: se trata de un guardián que pasó por allí en el momento en que el hombre la estaba mirando. Se la mostró y el guardián vio también la imagen de un joven noble.
–¡Increíble!
–El artículo dice que es "la historia de una vida verdaderamente efímera".
Taichiro hizo una pausa.
–Pero el autor del artículo tiene ambiciones literarias –prosiguió–, de modo que en lugar de terminar allí siguió bordando la historia. Se dice que el príncipe Arisugawa estaba profundamente enamorado de Kazunomiya. Por eso cabe la posibilidad de que la fotografía haya mostrado al amante y no al marido. Es posible que, al sentirse morir, Kazunomiya haya ordenado secretamente a sus servidores que enterraran con ella la fotografía en vidrio de su amante. El autor dice que eso es lo que cabe esperar de un personaje tan trágico como el de la princesa.
"Pura imaginación, ¿no creen ustedes? Se puede escribir una nota interesantísima sobre la imagen del amante que se desvanece de la noche a la mañana, no bien se la saca de una sepultura.
"Dice también que la fotografía debió haber quedado bajo tierra para siempre. Kazunomiya habría deseado, sin duda, que la imagen se desvaneciera esa noche.
–Supongo que sí.
–Y esa belleza que se desvaneció en forma tan repentina podría ser recuperada por algún escritor que la transformara en una conmovedora obra de arte... Así termina el artículo. ¿No te gustaría escribir sobre eso, papá?
–No sé si sería capaz de hacerlo –dijo Oki–. Quizás en forma de cuento, un cuento que comenzara con una escena de la excavación... ¿Pero no basta con ese artículo?
–¿Te parece? –Taichiro parecía decepcionado.
–Lo leí esta mañana en la cama y ardía en deseos de contártelo. Te lo dejo.
Dejó la revista sobre el escritorio de su padre.
–Me gustaría leerlo
Cuando Taichiro ya se encaminaba a la puerta, Fumiko le preguntó:
–¿Y qué ocurrió con el esqueleto de la princesa? No la habrán llevado a una universidad o a un museo, ¿no? ¡Eso sería demasiado cruel! Estoy segura de que la volvieron a enterrar tal como estaba.
–El artículo no dice nada; pero sin duda lo hicieron.
–De cualquier manera, la fotografía que ella abrazaba ha desaparecido... La pobre princesa muerta tiene que estar muy sola.
–Eso no se me había ocurrido. ¿Qué te parece ese toque final, papá?
–Demasiado sentimental.

Taichiro abandonó el estudio. Fumiko también se dispuso a salir.
–¿No tenías proyectado trabajar? –preguntó.
–Todavía no. Después de un relato como éste necesito un paseo. Parece que ha dejado de llover.
Oki se levantó de su escritorio.
–De cualquier manera tiene que estar fresco y agradable después de semejante aguacero –comentó Fumiko y miró por la ventana–. Por favor, sal por la cocina y échale una ojeada a esa gotera.
–Hablas de lo solitaria que debe de estar la pobre princesa muerta y a renglón seguido me dices que vaya a controlar una gotera.
Las galochas de Oki estaban en un arcón para calzado próximo a la puerta de la cocina. Fumiko las sacó y mientras lo hacía dijo:
–¿Te parece bien que Taichiro hable de una tumba y, a continuación, viaje a Kyoto a visitar otra tumba? Oki la miró perplejo.
–¿Y qué tiene eso de malo? ¡Qué manera de saltar de un tema a otro!
–No estoy saltando. Me he estado preguntando lo mismo desde que comenzó a hablarnos de la princesa Kazunomiya.
–Pero la tumba de Sanetaka es cientos de años más antigua.
–¡Taichiro va a Kyoto a ver a esa muchacha!
Una vez más Fumiko había sorprendido a Oki con la guardia baja. Hasta ese momento, ella había estado atareada buscando las galochas; pero mientras Oki se las colocaba, se incorporó y lo miró a los ojos.
–Es una muchacha aterradoramente hermosa... ¿no te parece que es aterradora?
Oki vaciló. Había mantenido en secreto la noche pasada con Keiko.
–Todo esto me produce una extraña sensación de inquietud –prosiguió Fumiko sin apartar los ojos de su marido–. En lo que va del verano no se ha producido una verdadera tormenta eléctrica.
–¡Ahí tienes! ¡Otra vez saltando de un tema a otro!
–Si esta noche se produjera una tormenta eléctrica, podría caer un rayo sobre el avión.
–¡No seas absurda! Nunca he oído que un rayo caiga sobre un avión en este país.

Con el alivio de haber escapado de la casa, Oki observó las oscuras nubes de lluvia y el cielo bajo. La humedad era opresiva. Pero aun cuando el cielo se hubiera despejado, su humor no podía mejorar mucho. La idea de que su hijo viajaba a Kyoto para ver a Keiko no se apartaba de su mente. Por supuesto, no tenía la seguridad de que así fuera; pero desde el instante en que su esposa lo había sorprendido con aquella ocurrencia, había comenzado a admitirla como una posibilidad.
Al abandonar su estudio para dar un paseo, había tenido la intención de visitar uno de los antiguos templos de Kamakura; pero la extraña observación de Fumiko había hecho que las tumbas del templo se convirtieran en un espectáculo repelente. Decidió, pues, trepar una pequeña colina boscosa próxima a su casa. El aire del bosque estaba impregnado en los densos aromas que exhalan los árboles a la tierra después de una lluvia. Al sentirse escondido por la fronda comenzaron a surgir en su memoria visiones del adorable cuerpo de Keiko.
Primero vio uno de sus pezones. Era un botón rosado, de un rosado casi transparente. Algunas mujeres japonesas tienen una piel muy clara y radiante de feminidad, una piel quizá más bella y tersa que esa piel con un leve resplandor rosado, que tienen las jóvenes de Occidente. Y los pezones de algunas muchachas japonesas tienen un matiz de rosa incomparablemente delicado. El cutis de Keiko no era tan claro, pero sus pezones parecían recién lavados y húmedos. Eran como un pimpollo sobre su pecho de marfil. No se advertían en ellos pequeños pliegues ni textura granulada y sus dimensiones invitaban a apoyar tiernamente los labios sobre ellos.
Pero no fue sólo su belleza lo que trajo a la mente de Oki el recuerdo de los pezones de Keiko. Aquella noche en el hotel, ella le había entregado su pezón derecho, pero le había negado el izquierdo. Cuando él había tratado de acariciarlo, ella lo había defendido firmemente con una mano. Y cuando él le arrancó la mano, la muchacha se volvió y se apartó de él.
–¡No hagas eso! ¡Te lo ruego! El izquierdo no. Oki se había detenido en seco.
–¿Qué ocurre con el izquierdo?
–No sale.
–¿No sale?
Oki la miró azorado.
–No sirve para nada. Lo odio.
Keiko respiraba aún con dificultad. Oki no entendía nada. ¿Qué era lo que "no salía"? ¿Qué era lo que "no servía" para nada? ¿Era posible que el pezón izquierdo de la muchacha estuviera hundido o fuera deforme? ¿La preocuparía eso? ¿O sólo se trataría de la timidez de una chica que no se atreve a revelar que sus dos pezones no son iguales? Oki recordó que cuando él la levantó en brazos y la depositó en la cama, Keiko se había ovillado y parecía proteger más el pecho izquierdo que el derecho, utilizando el brazo a manera de escudo. Sin embargo, él había visto ambos pechos, tanto antes como después de ese instante. Cualquier anormalidad en la forma del pezón izquierdo debería de haber atraído su atención.
Y cuando por fin apartó la mano de Keiko por la fuerza, y miró el pezón izquierdo, no vio nada extraño en él. Al examinarlo con mayor detenimiento pudo ver que era apenas más pequeño que el derecho. Eso no era nada fuera de lo común... ¿por qué estaría tan ansiosa la muchacha por mantenerlo apartado de ese pecho?
La resistencia que le había opuesto lo había excitado más aún. Mientras. luchaba por llegar al pezón vedado le preguntó:
–¿Hay alguien en especial a quien le permites tocarlo? Keiko hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No –dijo–, nadie.
Lo miró con los ojos muy abiertos. Oki no estaba muy seguro, pero tenía la impresión de que aquellos ojos tenían una mirada triste, casi vecina a las lágrimas. Por lo menos no era la mirada de una mujer que es acariciada. A pesar de que volvió a cerrar los ojos y lo dejó hacer su voluntad, la muchacha parecía haberse replegado sobre sí misma. Oki lo advirtió y aflojó su abrazo, pero ella comenzó a ondular, como si eso la excitara más.
¿Era posible que el pecho derecho de Keiko hubiera perdido ya la virginidad Y que el izquierdo fuera aún virginal? Oki comprendió que cada uno de ellos debía de proporcionarle un grado de placer diferente. Ahora entendía por qué ella había dicho que el izquierdo "no servía para nada". Ninguna muchacha que recibiera las primeras caricias podía decir eso. Posiblemente fuera la táctica de una joven extraordinariamente astuta. Cualquier hombre tenía que sentirse tentado ante la idea de que una mujer extraía un grado diferente de placer de cada pecho y haría lo posible por emparejarlo. Aun cuando ella hubiera nacido así y no se pudiera hacer nada, la propia anormalidad podía resultar tentadora. Oki nunca había conocido a una mujer cuyos pezones fueran de una sensibilidad tan diferente.
Sin duda alguna, cada mujer tenía su propia manera de hacerse acariciar y de aceptar las caricias. ¿Era posible que la reacción de Keiko no fuera más que un llamativo ejemplo de peculiaridad? Los gustos de muchas mujeres habían sido cultivados por los hábitos de sus amantes. En ese caso, un pezón izquierdo insensible resultaba un blanco particularmente tentador, pues era probable que las diferencias hubieran sido creadas por alguien con poca experiencia en el trato con mujeres. La idea de que el pecho izquierdo era aún virgen excitó el apetito de Oki. Pero llevaría tiempo emparejar la sensibilidad de ambos y no estaba seguro de poder encontrarse otra vez con ella.
Era tonto buscar el pezón izquierdo contra la voluntad de la muchacha en el primer encuentro. Oki había preferido explorar los lugares en los que ella recibía con más gusto sus caricias. Los encontró. Y entonces, justo cuando comenzaba a tratarla con más rudeza, la oyó pronunciar el nombre de Otoko. Se sobresaltó y ella lo apartó. Se sentó en la cama, luego se levantó y se dirigió a la mesa de tocador, para cepillar su desordenada cabellera. Él prefirió no mirarla.

La lluvia volvía a caer con fuerza y Oki se sintió solitario. La soledad parecía ir y venir a su antojo.
Keiko había regresado y se había arrodillado junto a la cama.
–¿Y ahora me vas a rodear con tus brazos y vas a dormir? –preguntó engatusadora, mientras lo miraba a la cara.
Sin pronunciar palabra, Oki la rodeó con su brazo izquierdo y se tendió de espaldas. Keiko se acostó junto a él. Los recuerdos de Otoko comenzaron a desfilar por la memoria de Oki. Transcurridos unos instantes, rompió el silencio:
–Ahora siento tu perfume.
–¿Mi perfume?
–El olor a mujer.
–¿Sí? Es por el calor... Lo siento.
–No se trata de eso. Me refiero al aroma grato de la mujer.
Se refería al aroma que surge naturalmente de la piel de una mujer que yace en brazos de un amante. Toda mujer lo tiene, hasta las adolescentes. No sólo excita al hombre sino que le da confianza y lo gratifica. La disposición de una mujer a rendirse parece emanar de todo su cuerpo.
Oki había sepultado la cabeza entre los pechos de Keiko, para demostrarle que era un aroma grato. Había permanecido así inmóvil, con los ojos cerrados, envuelto en aquel perfume.
Aun ahora, bajo la fronda húmeda, la última imagen del cuerpo de la joven que apareció en su mente fue la del pezón. Era una imagen tan fresca y vívida como siempre.
"No puedo permitir que Taichiro la vea –se dijo–. No debo permitírselo."
Apretaba las manos con fuerza sobre el esbelto tronco de un árbol joven.
Pero, qué hacer. Sacudió el árbol y una lluvia de gotas cayó sobre él. El suelo estaba tan empapado aún, que los pies se le habían mojado a pesar de las galochas. Oki contempló las verdes hojas que lo rodeaban. De pronto sintió que aquella espesa fronda lo serenaba.
Aparentemente sólo había una manera de evitar que su hijo viera a Keiko: decirle que la joven había pasado la noche con él en Enoshima. De no ser así, sólo le restaba enviar un telegrama a Otoko o quizá directamente a Keiko.
Regresó a toda prisa y no bien llegó a su casa preguntó por Taichiro.
–Se fue a Tokyo –anunció su esposa.
–¿Ya? Pero pensaba tomar un avión al atardecer. ¿Crees que antes de hacerlo pasará por casa?
–No. Eso sería desandar camino... Dijo que quería pasar por la facultad para recoger un material de investigación.
–¿Será cierto?
–¿Ocurre algo malo? No tienes buen aspecto.
Oki evitó mirarla y se dirigió a su estudio. Taichiro se había marchado y él no había telegrafiado ni a Otoko ni a Keiko.

Taichiro voló a Kyoto con el avión de las seis. Keiko lo aguardaba en el aeropuerto.
–No debería haber venido...
–tartamudeó Taichiro–. No creí que usted fuera a esperarme.
–¿Y no me lo agradece?
–Desde luego. Pero no debió molestarse.
Ella vio la mirada brillante del joven y bajó los ojos con expresión recatada.
–¿Vino de Kyoto? –preguntó Taichiro, un poco incómodo aún.
–Sí, de Kyoto –replicó Keiko cortés–. Después de todo vivo allí. ¿De dónde habría de venir?
Taichiro rió, como disculpándose y bajó la vista. Sus ojos se posaron en el obi de la muchacha.
–Está deslumbrante. Resulta difícil creer que ha venido a recibir a alguien como yo.
–¿Lo dice por mi quimono?
–Sí, por su quimono y por su obi, y...
Habría querido añadir: y por su pelo y por su rostro.
–En verano me siento más fresca con un quimono clásico, con obi. No me gusta la ropa suelta cuando hace calor. Pero tanto el quimono como el obi parecían flamantes.
–Prefiero los colores pastel para el verano –prosiguió–. Yo misma pinté este motivo.
Lo seguía muy de cerca mientras él avanzaba hacia el mostrador del equipaje. Taichiro se volvió para mirarla.
–¿Qué representa, a su juicio? –preguntó Keiko.
–A ver... ¿agua? ¿Un arroyo?
–¡Es un arco iris! Un arco iris sin color... simplemente líneas curvas en tinta clara y oscura. Nadie se da cuenta, pero estoy envuelta en un arco iris de verano... en un atardecer de montaña.
Keiko se volvió para lucir la parte posterior de su obi de organza de seda. En el lazo se distinguía una verde cadena montañosa y los delicados matices de rosado de un ocaso.
–Las dos mitades son diferentes –prosiguió, siempre de espaldas a él–. Es un obi muy peculiar, dado que lo pintó una muchacha muy peculiar.
Taichiro se sintió cautivado por la combinación de la suave tonalidad rosada, con la piel marfilina de la nuca, bajo la mata de pelo negro, cepillado hacia arriba.

La línea aérea brindaba un servicio de taxímetros a los pasajeros con destino a Kyoto. El primer taxi se colmó rápidamente, pero mientras Taichiro se preguntaba qué debía hacer, llegó otro al que sólo subieron Keiko y él. En el momento en que abandonaban el aeropuerto, Taichiro comentó:
–Usted se debe de haber quedado sin cenar para venir hasta aquí a esperarme.
–¡Y usted sigue tratándome como a una desconocida!... Ni siquiera quise almorzar... Comeré algún bocado más tarde, con usted. ¿Sabe una cosa? –añadió en voz baja–. Lo estuve observando desde que emergió del avión. Fue el séptimo en salir.
–¿Sí?
–El séptimo –repitió Keiko, subrayando la palabra–. Ni siquiera me buscó con la vista mientras bajaba la escalerilla. Si uno espera que alguien vaya a recibirlo, ¿no es natural que trate de ver quién está tras la valla? Pero usted caminaba con los ojos bajos. Me sentí tan avergonzada, que tuve ganas de esconderme.
–Yo no la esperaba.
–¿Y entonces por qué me escribió por expreso para comunicarme cuándo llegaría?
–Supongo que mi intención fue hacerle saber que vendría realmente.
–Fue como un telegrama... Nada más que la hora de llegada del avión. Me pregunté si no estaría sometiéndome a prueba, para ver si iba a recibirlo. ¿No me estaba sometiendo a prueba? Sea como fuere, aquí estoy.
–De ser así, yo habría mirado, para cerciorarme de que usted estaba, ¿no le parece?
–Además no me comunicaba dónde pensaba parar. ¿Cómo podía enterarme si no venía al aeropuerto?
–Bueno...
–Taichiro vaciló–. Sólo quería que supiera que yo venía a Kyoto.
–No me gusta. ¡No sé qué pensaba hacer usted!
–Pensaba telefonearle.
–¿Y si no lo hubiera hecho y hubiera regresado a Kamakura sin verme? ¿Acaso lo único que usted quería era comunicarme que estaba aquí? ¿Estaba tratando de humillarme al venir a Kyoto y no verme?
–No, le escribí justamente para tener el coraje de verla.
–¿El coraje de verme? –La voz de Keiko se convirtió en un susurro: –¿Puedo sentirme feliz? ¿O tengo que estar triste? No me importa, no responda... ¡Me alegro de haber venido! Pero para verme a mí no es necesario reunir coraje. A veces quisiera morirme. ¡Vamos! ¡Siga pisoteándome!
–¿Por qué estalla así, de repente?
–No es de repente. Yo soy así. Necesito que alguien aniquile mi orgullo.
–Me temo que yo no soy el más indicado para aniquilar el orgullo de nadie.
–Así parece; pero eso está mal. ¡Puede usarme como alfombra!
–¿Por qué dice esas cosas?
–No sé.
Keiko se llevó la mano a la cabeza para sujetar el pelo que se le volaba con el viento.
–Quizá sea desdichada... Hace unos instantes, cuando usted se acercaba a la valla, parecía deprimido y sombrío. ¿Por qué estaba tan triste? Yo lo había venido a recibir, pero yo no existía para usted, ¿no?
Lo cierto era que Taichiro iba pensando en ella, pero no podía admitirlo.
–Hasta eso me hizo desdichada –prosiguió Keiko–. Porque soy egocéntrica... ¿Qué puedo hacer para lograr que usted advierta mi existencia?
–Yo siempre pienso en usted –declaró Taichiro–. En este momento también.
–¿De veras? –murmuró Keiko–. Es extraño estar aquí, junto a usted. No quiero otra cosa que sentarme y oírlo hablar.

El taxi dejó atrás las nuevas fábricas de Ibaraki y Takatsuki. Las iluminadas Destilerías Suntory, se destacaron sobre el fondo oscuro de las colinas próximas a Yamazaki.
–¿No fue muy accidentado su vuelo? –quiso saber Keiko–. Me preocupé por usted... Por la tarde llovió mucho en Kyoto.
–Fue un vuelo muy tranquilo; pero por un instante creí que nos estrellaríamos. Volábamos derecho hacia unas montañas oscuras que se interponían en nuestro camino.
La mano de Keiko buscó la del joven.
–Pero eran nubes –concluyó Taichiro. Su mano yacía muy quieta bajo la palma de la mano de ella, que permaneció allí por un breve lapso.
El taxi entró en Kyoto y se dirigió hacia el este, por la calle Cinco. Ni una brisa mecía las ramas de los sauces que bordeaban la ancha calzada; pero el chaparrón parecía haber refrescado el aire. En el extremo de las verdes hileras de sauces se elevaban las Colinas Orientales. Su perfil parecía desdibujado por nubes bajas en el cielo de ocaso. Aquí, en el límite occidental de la ciudad, Taichiro sintió ya la atmósfera de Kyoto.

Subieron por Horikawa y luego siguieron por la calle Oike hasta llegar a las oficinas de JAL.
Taichiro había reservado una habitación en el Kyoto Hotel y anunció que pensaba dejar su maleta allí.
–Caminemos. Es en esta cuadra.
–¡No, no! ¡No quiero! –exclamó Keiko y regresó al taxímetro, que aún aguardaba, mientras le hacía una seña para que la siguiera–. Kiyamachi, pasando la calle Tres –ordenó al conductor.
–De pasada, deténgase ante el Kyoto Hotel –añadió Taichiro; pero Keiko se opuso.
–No lo haga –dijo–. Por favor, vaya directamente a Kiyamachi.

Llegaron a una casa de té, hasta cuya puerta se llegaba por una estrecha alameda que Taichiro encontró muy curiosa. Los condujeron a un pequeño salón con vista al río. Taichiro se mostró encantado por el panorama y quiso saber cómo era que Keiko conocía aquel lugar.
–Mi maestra viene aquí con frecuencia.
–¿Se refiere usted a la señorita Ueno? –preguntó Taichiro y se volvió para mirarla.
–Sí, la señorita Ueno –replicó Keiko y abandonó el salón.
Taichiro se preguntó si iría a ordenar la cena. Transcurridos unos cinco minutos, la muchacha regresó y dijo:
–Si a usted no le importa, me gustaría que se quede aquí. Acabo de llamar al hotel para cancelar su reserva.
Taichiro la miró perplejo y ella bajó los ojos con expresión contrita.
–Lo siento. Quería que usted parara en un lugar que me resultara familiar.
Taichiro no sabía qué decir.
–Le ruego que se quede aquí –continuó ella–. Sólo permanecerá en Kyoto dos o tres días, ¿no?
–Así es.
Keiko levantó los ojos. Sus cejas sin retoque, de línea purísima, parecían un poco más claras que sus pestañas y conferían una expresión inocente a sus negrísimos ojos. Los labios, apenas coloreados con un toque de lápiz labial rosado, tenían un delicadísimo modelado. Aparentemente, no usaba ni polvos ni color en las mejillas.
–¡Basta! –exclamó de pronto, parpadeando–. ¿Por qué me mira así?
–¡Qué lindas pestañas tiene usted!
–Son auténticas. Tire y verá.
–Me parece un crimen tironear de ellas.
–¡Hágalo! A mí no me importa –invitó la muchacha y, cerrando los ojos, acercó su rostro a Taichiro–. Quizá parezcan tan largas porque son arqueadas.
Keiko aguardó unos instantes, pero Taichiro no tocó sus pestañas.
–Abra los ojos –le dijo–. Mire hacia arriba y abra bien los ojos.
Ella obedeció.
–¿Quiere que lo mire de frente?
La camarera entró llevando una bandeja con bebidas y bocadillos.
–¿Qué prefiere, sake o cerveza? –consultó Keiko y retrocedió–. Yo, personalmente, no bebo.

Los paneles corredizos de papel que daban al balcón estaban casi cerrados. En el balcón parecía estarse celebrando una reunión muy animada, en la que participaban geishas. Se hizo un repentino silencio, cuando desde el paseo junto al río ascendió el lamento de un violín chino y las canciones de unos músicos ambulantes.
–¿Qué planes tiene para mañana? –preguntó Keiko.
–Lo primero que quiero hacer es visitar una tumba en la colina que está detrás del Templo Nisonin. Es muy hermosa. Es la sepultura de una antigua familia de la corte.
–Puedo acompañarlo, ¿no?
Keiko hablaba con la vista fija en el ventilador.
–Me gustaría que me lleve a dar un paseo en lancha por el lago Biwa –prosiguió–. No es forzoso que eso sea mañana.
Taichiro pareció vacilar.
–No sé manejar una lancha –confesó, por fin.
–Yo sí.
–¿Y sabe nadar?
–¿Por si volcamos? –preguntó ella mirándolo–. ¡Usted podría salvarme! Lo haría, ¿no? Me aferraría a usted.
–Si usted se aferra a mí no podré salvarla.
–¿Y qué es lo que tengo que hacer?
–Yo tengo que mantenerla a flote rodeándola con mis brazos desde atrás...
Taichiro se detuvo. De pronto se sentía incómodo al imaginarse luchando por salvar a aquella hermosísima muchacha. Las vidas de ambos correrían peligro si él no la abrazaba con fuerza.
–No me importaría que la lancha volcara –dijo Keiko.
–No estoy muy seguro de poder salvarla.
–¿Y qué sucedería si usted no pudiera salvarme?
–¡No diga esas cosas! Dejemos lo de la lancha.
–¡Pero es que yo me había hecho tantas ilusiones! No hay razón para preocuparse.
Keiko vertió un poco más de cerveza en el vaso de Taichiro y preguntó:
–¿No quiere ponerse un quimono?
–No, estoy cómodo así.
En un ángulo del saloncito había dos quimonos de noche –uno de mujer y uno de hombre– prolijamente doblados. Taichiro procuró no mirarlos. ¿Acaso Keiko habría reservado habitación para dos? No había antesala y él no se imaginaba cambiándose en presencia de la muchacha.

La camarera llevó la cena sin pronunciar palabra. Keiko también estaba silenciosa.
Se oyó el sonido de un shamisen, que alguien pulsaba en alguno de los balcones más distantes. La reunión en el balcón vecino se había vuelto bastante ruidosa. Se distinguían varias voces con acento de Osaka. Las sentimentales canciones y el sonido del violín chino se iban perdiendo en la distancia. El río no se divisaba desde el lugar en donde ellos estaban sentados, ante la baja mesa ubicada en el centro del salón.
–¿Sabe él que usted ha venido a Kyoto? –preguntó Keiko.
–¿Se refiere usted a mi padre? Sí, por supuesto. Pero jamás supondría que usted me fue a recibir al aeropuerto y que ahora estoy aquí con usted.
–¡Qué feliz me hace eso! ¡Pensar que usted se le ha escapado a su padre para reunirse conmigo!
–No es que esté tratando de ocultarle nada... ¿Usted pensó que era así?
–¡Pero es que es así!
–¿Y qué hay de su señorita Ueno?
–No le he dicho ni una palabra. Con todo, no me sorprendería que ambos sospechen lo ocurrido. Eso me haría realmente feliz.
–No me parece probable. La señorita Ueno no se ha enterado de nuestra amistad, ¿no? ¿Le ha dicho usted algo?
–Le conté que usted me había mostrado Kamakura. ¡Cuando le dije que usted me gustaba mucho se puso pálida!
Los negros ojos de Keiko relumbraron y sus mejillas se cubrieron de un ligero rubor.
–¿Cree usted que ella puede ver con indiferencia al hijo de un hombre que la hizo sufrir tanto? Ella me dijo lo desdichada que se había sentido cuando nació su hermana.
Taichiro permaneció en silencio.
–La señorita Ueno está trabajando en un cuadro al que ha intitulado Ascensión de un infante. Es un bebé sentado en una nube de cinco colores... Aunque parece ser que su hijita murió antes de estar en condiciones de sentarse. Keiko hizo una pausa.
–Si esa niña hubiera vivido, sería hoy mayor que su hermana.
–¿Y por qué me dice todo eso?
–Yo quería vengar a la señorita Ueno.
–¿Vengarse en mi padre?
–¡Y en usted también!
Taichiro escarbaba torpemente el pescado frito que habían colocado ante él, Keiko le retiró el plato y separó con gran habilidad las espinas de la carne.
–¿Su padre le ha comentado algo acerca de mí? –preguntó.
–No. Nunca he hablado de usted con él.
–¿Por qué no?
El rostro de Taichiro se ensombreció. Sintió como si una mano helada lo hubiera rozado.
–Nunca hablo de mujeres con mi padre –replicó casi con brusquedad.
–¿De mujeres?
Una sonrisa encantadora animó los labios de Keiko.
–¿Cómo pensaba vengarse a través de mí? –preguntó Taichiro con voz dura.
–En realidad, no sabría decirlo... Quizá fuera enamorándome de usted –dijo Keiko, y sus ojos adquirieron una mirada distante, como si contemplaran la margen opuesta del río–. ¿No le parece divertido?
–¿De modo que, para usted, enamorarse es una venganza?
Keiko asintió como si se sintiera aliviada.
–Son celos femeninos –murmuró.
–¿Celos de qué?
–Estoy celosa porque la señorita Ueno sigue enamorada de su padre... porque no tolera que uno le guarde rencor.
–¿Y usted la quiere tanto?
–Estaría dispuesta a morir por ella.
–Yo nada tengo que ver con lo que ocurrió en un pasado bastante lejano. ¿El hecho de que estemos juntos aquí tiene algo que ver con esa antigua relación entre la señorita Ueno Otoko y mi padre?
–Por supuesto. Si yo no viviera con ella, usted no existiría para mí. Ni siquiera nos habríamos llegado a conocer.
–Usted no debería pensar en esas cosas. Una muchacha tan joven que piensa así está a merced de los fantasmas del pasado. Quizá sea por eso que su cuello es tan estilizado y tan semejante al de un espectro. Bellísimamente fantasmal, por supuesto.
–El cuello esbelto significa que una nunca ha amado a un hombre. Eso es lo que dice la señorita Ueno. Pero me enfurecería enamorarme, si eso me hiciera engordar.
Taichiro reprimió la tentación de aferrar aquel bellísimo cuello.
–Ese es el susurro de un espectro. Usted está envuelta en un hechizo, Keiko.
–No... ¡estoy envuelta en el amor!
–En realidad, la señorita Ueno no sabe nada de mí, ¿no es así?
–Cuando regresé de Kamakura le dije que usted debía de ser la viva imagen de su padre cuando tenía esa edad.
–¡Eso es absurdo! No me parezco en lo más mínimo a mi padre –exclamó Taichiro con enojo.
–¿Y eso lo irrita? ¿Preferiría no parecerse a él?
–Usted ha estado tratando de confundirme desde que nos encontramos en el aeropuerto, ¿no? No quiere que yo sepa qué es lo que usted piensa.
–No estoy tratando de confundirlo.
–¿De modo que ésa es su manera habitual de dialogar?
–Usted es terriblemente injusto conmigo.
–¿No dijo hoy que yo podía pisotearla?
–Y usted lo hace para obligarme a decir la verdad... No miento. ¡Lo que ocurre es que usted se niega a entenderme! ¿No es usted el que está ocultando sus pensamientos? Eso es lo que me hace desdichada.
–¿Se siente desdichada?
–Por supuesto que sí. ¡No puedo saber si soy feliz o no!
–Yo tampoco sé por qué estoy aquí con usted.
–¿No será porque está enamorado de mí?
–Sí, pero...
–¿Pero qué?
Keiko oprimió la mano de Taichiro entre las palmas de sus manos y la sacudió.
–No ha comido nada –comentó él.
La muchacha apenas si había probado bocado.
–La novia no come en el banquete de bodas.
–Ahí tiene, ésas son las cosas que usted dice.
–¡Usted fue el que comenzó a hablar de comida!

PÉRDIDAS ESTIVALES

Otoko era de ese tipo de personas que pierde peso en el verano.
Cuando era niña, en Tokyo, nunca lo había advertido; sólo después de los veinte, luego de haber vivido algunos años en Kyoto, había comprobado su tendencia a adelgazar en la estación cálida. Su madre se lo había hecho notar.
–Parecería que en el verano te desgastas, Otoko, ¿no? –había comentado–. Lo has heredado de mí... Ahora se pone de manifiesto. Tenemos la misma debilidad. Siempre he pensado que tu voluntad es más fuerte que la mía; pero desde el punto de vista físico, eres digna hija mía. No cabe la menor duda.
–No soy de voluntad fuerte.
–Eres violenta.
–No soy violenta!
Era evidente que su madre pensaba en la historia de amor con Oki, cuando hablaba de su fuerza de voluntad. ¿Pero acaso eso no había sido la ardiente pasión de una muchacha muy joven, un sentimiento de frenética intensidad que nada tenía que ver con la voluntad?
Se habían establecido en Kyoto porque su madre quería distraer a la muchacha de su dolor, de modo que ambas evitaban mencionar a Oki. A pesar de todo, solas en una ciudad que les era poco familiar, en la que sólo podían recurrir la una a la otra en procura de consuelo, no podían evitar ver la imagen de Oki en el corazón de ambas. Para la madre, Otoko era un espejo que reflejaba a Oki, y para Otoko, la madre era otro tanto. Y ambas veían su propia imagen en el otro espejo.
Un día, mientras escribía una carta, Otoko abrió el diccionario para consultar el ideograma "pensar". Al repasar los restantes significados (añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste) sintió que el corazón se le encogía. Tuvo miedo de tocar el diccionario... Aun ahí estaba Oki. Innumerables palabras se lo recordaban. Vincular todo lo que veía y oía con su amor equivalía a estar viva. La conciencia de su propio cuerpo era inseparable del recuerdo de aquel abrazo.
Otoko comprendía que su madre –una mujer sola, con una única hija– estuviera ansiosa por que ella olvidara a aquel hombre. Pero ella no quería olvidarlo. Parecía aferrarse a su recuerdo, como si no pudiera vivir sin él. Probablemente había podido dejar la habitación enrejada de la clínica psiquiátrica gracias a su perdurable amor por Oki.
En una ocasión en que él estaba haciéndole el amor, Otoko, en su delirio, le rogó que se detuviera. Oki aflojó su abrazo y ella abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas y refulgían.
–Apenas te puedo ver, chiquito. Tu rostro está desdibujado, como si estuviera bajo el agua.
Hasta en esos momentos lo llamaba "chiquito".
–¿Sabes una cosa? Si tú murieras no podría seguir viviendo. ¡Simplemente no podría!
En los ojos de Otoko habían brillado lágrimas. No eran lágrimas de tristeza; eran lágrimas de entrega.
–En ese caso no quedaría nadie como tú para recordarme –había replicado Oki.
–No podría conformarme con recordar al hombre que he amado. Preferiría morir yo también. Y tú me lo permitirías, ¿no?
Otoko acarició el cuello de él con su rostro.
Al comienzo él no la tomó en serio. Luego dijo:
–Supongo que si alguien pretendiera asestarme una puñalada o me amenazara con una pistola tú te interpondrías para protegerme.
–Daría mi vida por ti con todo gusto, en cualquier momento.
–No es eso lo que quiero decir. Pero si algún peligro me amenazara tú me escudarías sin siquiera pensarlo, ¿no?
–Por supuesto.
–Ningún hombre haría eso por mí... Y esta muchachita...
–¡No soy una muchachita!
–¿Eres tan adulta, realmente? –preguntó él, mientras acariciaba los pechos de Otoko.
Oki pensaba también en el niño que ella llevaba en su vientre y en lo que podría sucederle si él muriera repentinamente. Otoko sólo se enteró de eso mucho más tarde, cuando leyó la novela.
Al comentar que Otoko se desgastaba en el verano, la madre pensaba sin duda en que ahora su hija ya no perdía peso por el recuerdo de Oki.
A pesar de su apariencia frágil, Otoko nunca había padecido una enfermedad grave. Por supuesto que todos los sufrimientos que había provocado su romance con Oki la habían dejado exhausta y macilenta, con una extraña expresión en la mirada. Pero no tardó en recuperarse físicamente. La juvenil capacidad de recuperación de su cuerpo convertía a sus lacerados sentimientos en algo incongruente. A no ser por la mirada melancólica de sus ojos, cuando pensaba en Oki, nadie habría advertido su tristeza. Y hasta esa ocasional sombra sólo contribuía a acentuar su belleza.

Desde su más tierna infancia, Otoko sabía que su madre perdía peso en verano. Solía enjugar el sudor que le bañaba la espalda y el pecho y, aunque ella no lo decía, advertía que su delgadez era debida a una extremada sensibilidad al calor. Pero Otoko era demasiado joven como para preocuparse por aquella debilidad, hasta que su madre le hizo notar que la había heredado. Sin duda la tendencia debía de haber existido desde hacía mucho tiempo.
Antes de llegar a los treinta años, Otoko comenzó a usar siempre quimono, de modo que su esbeltez ya no resultaba tan evidente como cuando usaba faldas o pantalones. Con todo, era innegable que adelgazaba mucho todos los veranos. Ahora, aquel fenómeno la hacía pensar en su madre muerta.
Verano a verano, la debilidad y la pérdida de peso de Otoko se iban haciendo más notables.
–¿A qué tónico se puede recurrir para evitar esto? –preguntó a su madre en una oportunidad–. En los periódicos aparecen avisos de muchas medicinas... ¿has probado alguna?
–Supongo que algo ayudarán –respondió la mujer con vaguedad y luego de una pausa prosiguió con tono diferente–: Otoko, la mejor medicina para una mujer es el matrimonio.
Otoko permaneció en silencio.
–¡El hombre es la medicina que da vida a la mujer! Todas las mujeres tienen que consumirla.
–¿Aun cuando se trate de un veneno?
–Aun así. Tú ya probaste el veneno y aún no lo admites, ¿no? Pero yo sé que puedes encontrar un buen antídoto. A veces se necesita un veneno para contrarrestar otro veneno. Quizás el remedio sea amargo, pero tienes que cerrar los ojos y tragarlo. Es posible que experimentes náuseas y creas que no te va a pasar por la garganta.

La madre de Otoko murió sin que su hija siguiera aquel consejo. Ése debió de ser su último dolor. Era cierto que Otoko nunca había pensado en Oki como en un veneno. Ni siquiera en la habitación enrejada de la clínica psiquiátrica había experimentado resentimiento u odio hacia él. Sólo estaba loca de amor. La poderosa droga que había tomado para quitarse la vida no tardó mucho en ser totalmente eliminada de su cuerpo; Oki y su hijita tampoco estaban ya junto a ella y las cicatrices que habían dejado podían llegar a desaparecer. Pero su amor por Oki permanecía intacto.
El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.
Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes...

Aquel día, como lo venía haciendo mañana a mañana al despertar, Otoko se masajeó la frente con la yema de los dedos y luego hizo correr las manos por su nuca y bajo sus brazos. Tenía la piel húmeda. Le pareció que la humedad que brotaba de sus poros había empapado el quimono de dormir.
Keiko parecía sentirse atraída por el olor y la tersura de la húmeda piel de Otoko y a veces le arrancaba las prendas más próximas a su cuerpo. Otoko odiaba intensamente el olor a transpiración.
Pero la noche anterior, Keiko había llegado después de las doce y media y se había sentado inquieta, evitando los ojos de su amiga.
Otoko estaba en la cama, con el rostro cubierto por un abanico –para evitar la luz del plafón– y la mirada fija en la serie de bocetos de rostros de bebé que había sujetado a la pared. Parecía absorta en su contemplación y apenas si dedicó una mirada a Keiko.
–Es tarde, ¿no? –fue su único comentario.

No le habían permitido ver a su hijita, pero le habían dicho que tenía el pelo renegrido. Al exigir más detalles sobre el aspecto de la niña, su madre le había dicho:
–Era pequeñita y deliciosa; muy parecida a ti.
Otoko comprendía que sólo lo había dicho para consolarla. En los últimos años había visto fotografías de niños recién nacidos y todos le habían parecido muy feos. Incluso había visto alguna que otra fotografía de criaturas en el instante del parto o cuando aún no les habían cortado el cordón umbilical. Las encontraba simplemente repulsivas.
Por consiguiente, no tenía una idea clara del rostro y de la forma de su hijita. Sólo podía apelar a la visión que llevaba en su alma. Sabía muy bien que la criatura de su Ascensión de un infante no se asemejaría a su niña muerta; pero no tenía la intención de hacer un retrato realista. Quería expresar su sentimiento de pérdida, su dolor y su cariño por alguien a quien jamás había visto. Había acariciado ese proyecto durante tanto tiempo, que la imagen de su niña muerta se había convertido para ella en un símbolo de anhelo. Pensaba en el cuadro cada vez que estaba triste. Porque, además, aquel cuadro sería un símbolo de su supervivencia a través de los años que siguieron a su tragedia y de la melancolía y belleza de su amor por Oki.
Hasta ese momento no había logrado pintar un rostro de bebé que la satisficiera. Los rostros de los querubines y del Niño Jesús estaban trazados, por lo general, con líneas firmes y su aspecto era artificial; parecían adultos en miniatura. En lugar de uno de esos rostros fuertes y definidos, ella quería pintar un rostro de ensueño, un espíritu nimbado, que no perteneciera a este mundo ni al otro. Debía comunicar una sensación de serenidad, de paz y a la vez sugerir un mar de tristeza. Pero, con todo, Otoko se negaba a ser demasiado abstracta.
¿Y cómo pintar el cuerpo de un niño prematuro? ¿Cómo debía tratar el fondo, los motivos secundarios? Otoko había hojeado una y otra vez los álbumes de Redon y de Chagall, pero aquellas delicadas fantasías le eran demasiado extrañas como para estimular su imaginación.
Una vez más recordó los viejos retratos japoneses de niños santos: eran retratos basados en la leyenda del juvenil San Kobo, quien se soñó a sí mismo sentado en un loto de ocho pétalos, dialogando con Buda. En las pinturas más antiguas, la figura aparecía pura y austera, pero más tarde se fue suavizando y adquirió un encanto voluptuoso, hasta el punto de que algunos de aquellos niños podían ser tomados por preciosas niñitas.
La noche anterior al Festival de la Luna Llena, cuando Keiko le pidió que la retratara, Otoko había pensado que su profundo interés por la Ascensión de un infante la había hecho concebir la idea de una Santa Virgen pintada a la manera de los retratos del niño santo. Pero más tarde comenzó a preguntarse si la atracción que ejercían sobre ella los cuadros de San Kobo no contendría un elemento de narcisismo, de enamoramiento de sí misma. Quizás en ambos casos se ocultara un deseo reprimido de hacer su autorretrato. ¿No era posible que esas imágenes sagradas no fueran otra cosa que una visión de la santidad de Otoko? La duda la hería como un puñal clavado por ella misma en su pecho contra su propia voluntad. Tuvo que arrancárselo. Pero la cicatriz subsistió y a veces dolía.
Por supuesto que no tenía intención de copiar los retratos del niño santo, pero era indudable que esa imagen acechaba en las profundidades de su alma. Hasta los títulos Ascensión de un infante y Santa Virgen sugerían que a través de esos cuadros ella quería purificar, y hasta santificar, su amor por la niña muerta y por Keiko.

Keiko había tomado el retrato de la madre de Otoko por un autorretrato de ésta, cuando vio el cuadro por primera vez. Más tarde, el cuadro siempre recordó a Otoko que –además de confundir a la mujer que allí se representaba– Keiko la había calificado de adorable. La ternura del recuerdo había llevado a Otoko a pintar a su madre joven y bella: pero quizás allí también existiera un elemento de narcisismo. El lógico parecido no era explicación suficiente. Quizás hubiera pintado, inconscientemente, su autorretrato.
Otoko seguía amando a Oki, a la niñita muerta y a su madre. ¿Pero era posible que esos amores hubieran permanecido inalterables desde los tiempos en que habían sido una realidad tangible? ¿No existía la posibilidad de que algo de esos mismos amores se hubiera transformado sutilmente en amor por sí misma? De ser así, ella misma no lo habría advertido, por supuesto. La muerte le había arrancado a su hijita y a su madre, y de Oki se había separado en forma definitiva. Sin embargo los tres seguían viviendo dentro de ella. Pero sólo Otoko les otorgaba esa vida. La imagen que conservaba de Oki había flotado junto a ella en la corriente del tiempo y quizá los recuerdos de su amor estuvieran teñidos por los colores de su amor por sí misma. Quizás hasta se hubieran transformado. Nunca se le había ocurrido pensar en que los recuerdos son sólo fantasmas y apariciones. Quizá fuera lógico que una mujer que había vivido sola por dos décadas, sin amor ni matrimonio, se consagrara a los recuerdos de un amor desafortunado Y que esa consagración adquiriera matices de egolatría.
Y hasta el hecho de haberse prendado de su discípula Keiko, tanto menor que ella y de su mismo sexo, ¿no era acaso otra forma de amarse a sí misma? De otro modo nunca habría soñado con retratar a una muchacha como Keiko –una joven que se estaba volviendo peligrosa– como Santa Virgen budista, sentada sobre una flor de loto. ¿No querría ella, Otoko, crear una imagen pura y adorable de sí misma? Al parecer, la chica de dieciséis que amaba a Oki siempre existiría dentro de ella y nunca envejecería.

Otoko se sentía muy molesta y en una mañana como esa, cuando el calor de una noche estival en Kyoto dejaba su quimono húmedo de transpiración, lo habitual era que se levantara no bien despertaba. Pero ese día permaneció tendida, con el rostro vuelto hacia la pared sobre la cual había fijado los bocetos de bebés. Aquellos bocetos no le habían resultado fáciles. Aunque su hijita sólo había pasado por este mundo durante un brevísimo lapso, Otoko quería pintar una especie de niño–espíritu, una criatura que nunca hubiera entrado en el mundo de los seres humanos.
Keiko estaba aún profundamente dormida, con la espalda vuelta hacia Otoko. Tenía el cuerpo envuelto en una fina manta de lino, que se había corrido por debajo de su pecho. Estaba acostada sobre un lado, con las piernas juntas. Ambos pies asomaban bajo la manta. Keiko vestía habitualmente al estilo japonés, de modo que los dedos de sus pies –naturalmente largos y finos– no habían sido deformados por los zapatos de tacones altos. Aquellos dedos eran tan esbeltos y de huesos tan finos, que Otoko tuvo la sensación de que pertenecían a una especie de ser no del todo humano. Había llegado al extremo de evitar mirarlos. Pero cuando los tomó entre sus manos experimentó un curioso placer al pensar que no podían pertenecer a una mujer de su propia generación. Era una sensación aterradora.
Una oleada de perfume ascendió hasta ella. Era una fragancia demasiado densa para una muchacha joven; pero Otoko la reconoció, era un perfume que Keiko usaba de tanto en tanto. Comenzó a preguntarse por qué lo había usado la noche anterior.

Cuando Keiko llegó de regreso después de la medianoche, Otoko estaba demasiado absorta en los bocetos como para prestarle mayor atención. La muchacha se metió en la cama sin siquiera bañarse y no tardó en quedarse dormida. Pero quizás Otoko igual la hubiera creído dormida, porque ella misma se hundió muy pronto en el sueño.
No bien se levantó, Otoko contorneó la cama de Keiko, en la penumbra, contempló el rostro dormido de la muchacha y comenzó a deslizar los postigos de madera. Keiko siempre se despertaba de buen humor por las mañanas y se levantaba de un salto para ayudarla á correr los postigos. Pero esa mañana se limitó a sentarse en la cama y a observar la operación. Por fin se levantó y dijo:
–Perdón. Creo que no me dormí antes de las tres de la mañana.
Comenzó a destender la cama de Otoko.
–¿Te molestó el calor?
–Ajá.
–No dobles mi quimono de dormir, por favor. Quiero lavarlo.
Otoko se dirigió al baño, con el quimono en el brazo. Keiko la siguió para usar el lavabo. Parecía tener prisa, hasta cuando se lavó los dientes.
–¿No quieres bañarte?
–Sí.
–Por lo visto te acostaste con el perfume que habías usado ayer.
–¿Sí?
–Así es –afirmó Otoko y observó con desconfianza la expresión distraída de la muchacha–. ¿Dónde estuviste anoche, Keiko?
No hubo respuesta.
–Báñate. Te sentirás mejor.
–Sí. Más tarde.
–¿Más tarde? –repitió Otoko y la miró.
Cuando abandonó el cuarto de baño, Otoko encontró a Keiko eligiendo un quimono.
–¿Piensas salir? –le preguntó con cierta brusquedad.
–Sí.
–¿Has quedado en encontrarte con alguien?
–Sí.
–¿Con quién?
–Con Taichiro.
Otoko pareció no entender.
–El Taichiro de Oki –explicó Keiko sin vacilar, pero omitió la palabra "hijo".
Otoko no pudo formular comentarios: le faltaba la voz.
–Ayer fui a recibirlo al aeropuerto y prometí mostrarle hoy la ciudad. O quizás él me la muestre a mí... Otoko, yo nunca te oculto nada. Primero iremos al Templo Nisonin... Él quiere ver una tumba que está en la ladera vecina.
–¿Quiere ver una tumba? –repitió Otoko, como un débil eco.
–Dice que es la tumba de un antiguo noble de la corte.
–¿Ah, sí?
Keiko se despojó de su quimono de dormir y permaneció desnuda, de espaldas a Otoko.
–Creo que, después de todo, me voy a poner un quimono interior. Parecería que hoy también va a hacer calor, pero no me siento cómoda sin ropa interior.
Otoko la contempló en silencio mientras la muchacha se vestía.
–Y ahora el obi bien ajustadito –comentó Keiko mientras se abrochaba la prenda.
Otoko observó el rostro de Keiko en el espejo, mientras ésta se aplicaba algunos cosméticos. Keiko sorprendió su mirada.
–No me mires así –dijo.
Otoko procuró suavizar su expresión.
Keiko se miró en uno de los espejos laterales del tocador y acomodó un rizo sobre una de sus bellísimas orejas. Luego hizo ademán de ponerse de pie, pero se arrepintió y escogió un frasco de perfume.
Otoko frunció el entrecejo.
–¿No basta con el perfume de anoche?
–No te preocupes.
–Estás bastante inquieta, ¿no?
Otoko hizo una pausa.
–Keiko, ¿por qué te encuentras con él?
–Me escribió para hacerme saber que venía –respondió la joven; se puso de pie, se dirigió a la cómoda y guardó apresuradamente varios quimonos que había sacado para hacer su elección.
–Dóblalos con prolijidad –dijo Otoko.
–Está bien.
–Tendrás que doblarlos de nuevo.
–Está bien –replicó Keiko, pero no volvió a mirar la cómoda.
–Ven para acá, te lo ruego –dijo Otoko con expresión grave.
Keiko se acercó, se sentó frente a ella y la miró a los ojos. Otoko desvió la mirada y preguntó de repente: –¿Te vas sin desayunar?
–No importa. Anoche cené muy tarde.
–¿Tan tarde como para no desayunar?
–Sí.
–Keiko –comenzó nuevamente Otoko–: ¿por qué te encuentras con él?
–No lo sé.
–¿Te gusta estar con él?
–Sí.
–De modo que eres tú quien deseaba el encuentro. Eso parecía explicar la inquietud de Keiko.
–¿Puedo preguntarte por qué? –prosiguió Otoko. Keiko no respondió.
–¿Es forzoso que lo veas? –preguntó Otoko y bajó los ojos, como si observara su propio regazo–. Yo preferiría que no lo hicieras. No vayas, por favor.
–¿Por qué no? No tiene nada que ver contigo, ¿no?
–¡Ya lo creo que tiene que ver conmigo!
–Pero es que tú ni siquiera lo conoces.
–¡Has pasado una noche con su padre y, sin embargo, no tienes inconvenientes en salir con él!
Otoko no podía pronunciar los nombres "Oki" y "Taichiro".
–Oki es tu ex amante, pero a Taichiro no lo has visto nunca. No tiene nada que ver contigo. Está bien que es hijo de Oki... pero no es tu hijo.
Otoko sintió que aquellas palabras se le clavaban como un dardo. Le recordaban que la esposa de Oki había dado a luz una niña poco después de la muerte de su propia hijita.
–Keiko –dijo–, estás tratando de seducirlo, ¿no?
–Fue él quien me escribió para anunciarme su llegada.
–¿Estás en tan buenos términos con él?
–No me gusta tu elección de palabras.
–¿Cómo quieres que lo formule? ¿Qué relación tienes con él? –preguntó Otoko y se pasó el dorso de la mano por la frente húmeda–. Eres un ser temible.
En los ojos de Keiko apareció un extraño brillo.
–Otoko, odio a los hombres.
–No vayas. Te ruego que no vayas. ¡Si vas preferiría que no regresaras! ¡Si te vas hoy no vuelvas nunca más!
–¡Otoko!
Keiko parecía al borde de las lágrimas.
–¿Qué piensas hacer con Taichiro?
Las manos de Otoko temblaban sobre su regazo. Era la primera vez que pronunciaba aquel nombre.
Keiko se puso de pie.
–Me voy –anunció.
–Te ruego que no vayas.
–Abofetéame, Otoko. Abofetéame como lo hiciste el día que fuimos al Templo del Musgo.
Se detuvo unos instantes, como si aguardara el golpe, y luego se alejó.

Otoko estaba bañada en un sudor frío. Permaneció sentada, con los ojos fijos en las hojas de un bambú, que refulgían a la luz del Sol. Por fin se levantó y se dirigió al baño. El ruido del agua la sobresaltó. Quizás habría abierto demasiado el grifo. Con movimiento apresurado cerró el paso del agua y luego lo volvió a abrir, dejando correr un débil chorro, y comenzó a lavarse. Se sentía un poco más tranquila, pero la tensión no había desaparecido de su cabeza. Se aplicó una toalla mojada sobre la frente y sobre la nuca.
Al regresar a la otra habitación, se sentó frente al retrato de su madre y a los bocetos de su bebé. Se estremeció de horror ante sí misma. Todo aquello era la consecuencia de vivir con Keiko; pero afectaba su existencia íntegra, agotaba sus fuerzas y la hacía terriblemente desdichada. ¿Cuál había sido su razón de vivir? ¿Por qué seguía existiendo?
Otoko sintió necesidad de llamar a su madre. De pronto recordó el Retrato de mi anciana madre, obra póstuma de Nakamura Tsumé. El artista había precedido a la madre en la muerte. Otoko encontraba aquel cuadro profundamente conmovedor, en parte, porque ese último retrato era el de la madre del pintor. Nunca había visto el cuadro original, de modo que era difícil saber cómo era en realidad; pero hasta la reproducción fotográfica la emocionaba.

En su juventud, Nakamura Tsumé había pintado cuadros fuertes y sensuales de la mujer a la que amaba. Utilizaba mucho el rojo y se decía que había experimentado influencias de Rouault. Su Retrato de Eroshenko, una de sus obras maestras, era una serena y reverente expresión de la noble melancolía del poeta ciego; pero en maravillosos colores cálidos. En aquel último retrato de su madre, en cambio, los colores eran oscuros y fríos y el estilo muy simple. Mostraba a una anciana agobiada y enjuta, sentada de perfil, contra el fondo de una pared entablada. En un nicho de la pared, justo delante de su cabeza, había un jarro de agua y del otro lado pendía un termómetro. Por supuesto que el termómetro podía haber sido colocado allí sólo por razones de composición, pero a Otoko la impresionaba tanto como las cuentas de orar que asomaban entre los dedos de la anciana, apoyados sobre el regazo. De alguna manera, aquellos objetos parecían simbolizar los sentimientos del artista –próximo a morir– respecto de la muerte. El cuadro, en conjunto, producía la misma impresión.
Otoko extrajo el álbum de Nakamura de un armario y comparó el retrato de la madre del artista con el que ella había pintado de su propia madre. Ella había preferido retratar a su madre en plena juventud, a pesar de que ésta ya había muerto. Por otra parte, aquella no era de ninguna manera su última obra ni flotaba sobre ella la sombra de la muerte. El suyo era un estilo completamente distinto, encuadrado en la tradición japonesa, y sin embargo, con la reproducción del retrato de Nakamura a la vista, advertía el sentimentalismo de su propia pintura. Cerró los ojos con fuerza y sintió que se iba a desmayar.

Había pintado a su madre inspirada por un ferviente deseo de consuelo. Sólo había pensado en ella como mujer joven y bella. ¡Qué superficial y egoísta parecía aquello comparado con la ferviente devoción de un artista que estaba en los umbrales de la muerte! ¿No habría sido así su vida entera?
Había comenzado el retrato trazando los bocetos sobre la base de una fotografía que mostraba a su madre más joven y bella aún de lo que luego se la vería en el cuadro. Mientras trabajaba, Otoko echaba de tanto en tanto una mirada al espejo para observar su propio rostro, que tenía mucha semejanza con el de su madre. Quizá fuera natural que el cuadro tuviera una especie de primorosa lindura... ¿Pero además no se alcanzaba a detectar la falta de un espíritu profundo?
Otoko recordaba que su madre siempre se había negado a dejarse fotografiar desde que se instalaron en Kyoto. El fotógrafo de la revista de Tokyo había pedido que posaran juntas, pero la anciana había huido... Otoko sospechaba ahora que lo había hecho por dolor. Vivía en Kyoto con su hija como una proscripta, como alguien que oculta su infamia. y hasta había cortado todo vínculo con sus amigos de Tokyo. La propia Otoko no dejaba de sentirse proscripta; pero como sólo tenía dieciséis años cuando llegó a Kyoto, su soledad y su aislamiento eran distintos de los de su madre.
También la distinguía de ella su amor por Oki, que se mantenía vivo a pesar de las heridas que le había infligido.
Al estudiar su retrato y el de Nakamura, se preguntó si no debía pintar a su madre nuevamente.

Keiko había partido para encontrarse con el hijo de Oki y Otoko sentía que la estaba perdiendo. No podía evitar la ansiedad.
Aquella mañana, Keiko no había mencionado ni una sola vez la palabra "venganza". Había dicho que odiaba a los hombres, pero no se podía prestar demasiado crédito a esas palabras. Ya se había traicionado al partir sin desayuno, con el pretexto de que había cenado tarde la noche anterior. ¿Qué pensaba hacer Keiko al hijo de Oki? ¿Qué sería de ellos y qué haría ella, la propia Otoko, después de haber vivido durante tantos años cautiva del amor por Oki? De pronto sintió que no podía esperar sentada.
Habiendo fracasado en su intención de detener a Keiko, lo único que podía hacer era tratar de encontrarlos y hablar con el propio Taichiro. Pero Keiko no le había dicho dónde paraba el joven ni dónde pensaban encontrarse.

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