Imagina que, para comenzar, ni
siquiera alcanzas a verte en el espejo porque la iluminación que proviene de la
vela auxiliar situada a tus espaldas te coloca en posición de contraluz. Tu
rostro ensombrecido da muestras de irritación que no distingues mientras,
cepillándote los dientes, reflexionas en lo malditamente temprano que es. Y es
que ¿qué demonios hace sin luz un sujeto como tú durante las noches,
enclaustrado en tu propia casa y sin un par de tristes baterías para esa radio
portátil que pensabas tirar a la basura desde el año pasado? Nada,
absolutamente nada. Así que ha llegado la hora de hacer un retroceso mental y meterte
en la cama a eso de las diez de la noche: apenas una hora más tarde del horario
en que tu mamá te obligaba cuando estabas en la primaria.
Imagina que entonces refunfuñas
acerca de tu mala suerte de quedarte sin luz eléctrica por culpa del jodido
transformador de la cuadra. Te agachas para escupir en el lavamanos la pasta de
dientes que ha formado una capa de espuma dentro de tu boca y aunque no lo
notes, ese doble que te mira desde el espejo se mantiene impertérrito, sin
dignarse a imitar tus movimientos como se supone que está obligado a hacer. Y
cuando e incorporas nuevamente, él está ahí, mirándote con atención como si
nunca, en todos los años que llevan de compartir vida, hubiese visto a un ser
humano igual a ti.
¿Qué tan dilatadas están tus
pupilas? ¿Cómo se ven tus ojos en medio de la oscuridad? Son preguntas que
siempre han estado escondidas en alguna parte de tu cerebro y es hasta ahora
que un impulso de ociosidad te incita a responderlas. Sales del baño por
minutos para buscar esa linterna de mano que se ha vuelto el mejor amigo de
todos los habitantes de la casa y, en menos de lo que canta un gallo, te has vuelto
a encerrar en el baño. Y entonces haces
lo que tus padres te prohibieron terminantemente desde que tienes memoria:
acercas la linterna a tu cara y con la nariz pegada al espejo, la enciendes
para que su luz te dé de lleno en el ojo. La pupila reacciona al instante y se
contrae de manera violenta. La reacción de la misma te causa gracia y por más
que lo intentes, no puedes dejar de repetir el acto, encendiendo y apagando la
linterna, observando a la vez esos pliegues del iris que nunca has visto tan de
cerca y que en ese momento, te causan tanta admiración como un poquito de asco.
Imagina entonces que cansado y casi
ciego, empiezas a observar otras partes de tu cara, ayudado de la fuerte luz de
la linterna. Descubres entonces todos y cada uno de los poros de la piel recién
lavada. Observas ese lunar en la mejilla que tanto te choca. Te cuentas los
vellos de la nariz y las espinillas que están a punto de salirte otra vez.
Hasta que al fin, te alejas para encender la linterna una última vez y observar
todos esos rasgos que en conjunto le dan vida y personalidad a tu rostro.
Imagina entonces lo que verían
tus ojos. ¿Quién es ese sujeto que te observa desde el espejo? Nunca en tu vida
lo has visto. No lo reconoces ni siquiera cuando él frunce el ceño o parpadea
al compás tuyo. Porque ese no eres tú. La oscuridad en su mirada no tiene nada
que ver con las habituales ojeras que portas orgulloso. Esa sonrisa burlona
tampoco tiene que ver con las comisuras curveadas de tus labios, ni con esos hoyuelos
que heredaste de tu papá. Y hasta donde te acuerdas, jamás has parpadeado de
una manera tan siniestra. Es más: tú eres moreno claro, no caucásico. ¿Verdad?
¿Sabes qué es lo peor? Que
tampoco te explicas esa sombra detrás de ti. No reflejada en la pared.
Literalmente está detrás de ti, asomándose por un costado de tu cabeza. Te
giras para encontrarte con la maldita vela, cuya flama bailotea alegremente
gracias a la ráfaga aire que has provocado con tu impertinente movimiento. Por
un momento cunde el pánico: ¿y si la vela se apagaba? No hay problema: tienes
en tu mano la linterna. Lo mejor sería ir a dormir ya. No es que tengas que
levantarte temprano mañana, pero sin luz no hay nada qué hacer y ya te has
pasado un considerable rato dentro del baño. Tomas la vela por su suporte y,
cuando estás a punto de salir, volteas por puro instinto al espejo, para
encontrarte con el rostro de algo que definitivamente no eres tú.
De la impresión dejas caer la
vela, que se apaga para bien universal, porque malo hubiera sido incendiar la
cortina que divide a la regadera del resto del cuarto.
Tu primer instinto es encender
nuevamente la linterna, que apuntas a todos lados con la intención de encontrar
(¿o no encontrar?) algo que no pertenezca ahí.
Pero por más que tus ojos
cansados recorren los rincones apenas iluminados del baño, no detectas nada
extraño. Nada relevante. Y aunque la curiosidad de mirar por detrás de la
cortina te mata, tu instinto de supervivencia (¿o cobardía?) te detiene y
prefieres entonces dirigir la linterna al espejo colgado justo encima del
lavamanos. Mala idea: la luz regresa a ti, cegadora, matadora, y todavía
deslumbrado, iluminas tu propio rostro desde abajo para volver a observarte en
el espejo.
No lo hubieras hecho. Jamás en tu
vida has observado así de cerca un espectáculo tan espeluznante. ¿Qué han hecho
contigo? ¿Por qué no te reconoces? Y si ése que te mira desde el espejo no eres
tú… ¿qué hay con el cuerpo parado en frente del lavamanos? Respiras agitado,
sudas frío, te estremeces y un vacío se instala en tu estómago. No puedes dejar
de mirarte, de mirarlo. ¡Quieres volver! ¡Usurpador! ¡Que te regrese tu cuerpo!
¡Tu vida! ¿En dónde estás? Porque ese vacío sombrío ya no es tu baño. Esos ya
no son tus ojos. Esa ya no es tu cara. Tú ya no eres tú. Nunca lo fuiste. Nunca
lo volverás a ser. ¿Y tu familia? ¿Se darán cuenta? ¿Se preguntarán a dónde has
ido cuando el usurpador sea descubierto? ¿Quién es el usurpador? ¿Tu familia
sigue siendo tu familia? ¿No habrán sido atacados por otros usurpadores
también?
Imagina entonces que, cuando el
deseo de gritar se torna insoportable, cuando te sabes perdido y muerto, la
corriente regresa. El foco en el techo se enciende iluminando el baño, cuyos
mosaicos reflejan la luz haciendo del
cuarto un trocito de cielo con olor a pino. Apagas la linterna por reflejo y
entonces tú vuelves a ser tú. Sales del baño y prefieres omitir tu pequeño
episodio de terror metiéndote directamente a la cama.
Duermes con la luz encendida.
Duermes con la luz encendida.
Antes que nada: me olvido de los Blogs. Si no hubiese sido por esto, no sabría de tus antiguas entradas. No sé, como que pensaba que actualizabas Stille nada más. Soy horrible :c pégame (?).
ResponderEliminarEn fin, a ver: cortito, sencillo y con una segunda persona que le da ese toque sakhdkahska. No suele gustarme mucho esta persona gramatical, pero aquí queda bien por la fuerza que le da al relato. Uno se siente ahí, frente al espejo, con las pupilas dilatadas, la linterna en la mano y el aroma de la vela, consumiéndose (no sabía que por ahí hubiera también esa creencia de no tener que mirarte al espejo cuando no hay luz).
Ah, la oscuridad es todo un tema, pero ya te dije que no le tengo miedo. Es extraña, una cosa rara y asjdhagdjga. Tengo una observación, pero te la dejaré en privado ;)
Te adoro, corazón, hablamos por donde ya sabes ♥
Descuida, corazón. En realidad nada más actualizo (o actualizaba) Stille. Lo demás que ves ahí no tiene importancia xD son cosas que kasdjkalsdj, tú me entiendes. (?)
EliminarSí, acá también hay esa creencia. Eso y ya sabes que a mí la oscuridad si me asusta. Imagino que sabes el contexto en que ésto surgió (semana de pesadilla sin luz Dx). En fin. Al menos creo que se cumplió el propósito: hacer que el que lee visualice la escena, pese a que no está tan, tan cargado de detalles.
Me dijeron también que quizás causaría más impacto si lo narrara en primera persona, aunque no sé, no me gusta escribir mucho en primera y elegí la segunda porque es impersonal pero como más llegadora (?) Igual me alegra que te aya gustado, y gracias por las observaciones. Que por cierto, me siento kasdjal respondiendo comentario como si estuviera en AY (? la costumbre (?
Gracias por leer y comentar. Sabes lo mucho que significa para mi. Te adoro. c: