—Bueno. El
caso es que el tipo éste no podía vivir sin decir el nombre de su novia cada
cinco minutos, porque si no, se moría —explica el vagabundo del abrigo negro—. Angie se llamaba ella. Angélica, en realidad. Pero como la mujercita era fan de
los Rolling y decía tener algo de
británica en su familia, así se quedó: Angie. Aunque Angie era más mexicana que
un taco. Digo, era de aquí de Neza, la pobrecilla. No podía negar la cruz de su
parroquia.
Los cinco
sueltan una carcajada ante la ocurrencia del mendigo, que pese a no ser el mejor
comediante, la soltura de su charla logra hacer la perfecta dupla con el
alcohol que los universitarios mozalbetes ya llevan encima. Elizabeth, Luis,
Iván, Daniela y Edén, sentados sobre la banqueta que da directamente hacia la avenida
Rancho Viejo, no hacen más que mirar de manera expectante al simpático
personaje urbano de barbas sucias y raído abrigo negro quien, a fuerza de
ganarse un par de monedas, les ha prometido contarles historias aún mejores que
las de la guapísima Sherezada Y a
falta de dinero para otra Indio y
tiempo de sobra gracias a la ausencia de micros…
—¿Y cómo era
eso? —pregunta Daniela. Sus brackets brillan ante la luz de la farola cuando se
atreve a increpar, sonriente, al vagabundo—. Digo… ¿un amarre? ¿Mal de ojo?
—¿Quiere la
receta, damita? —pregunta él, a lo cual las burlas del resto del grupo no se
hacen esperar—. No se sabe, la verdad. Todo comenzó cuando el tipo éste y Angie
discutieron. Siempre discutían los infelices. ¡Tremendo numerito que montaron!
Digo, los vecinos del edificio en donde ella vivía ya estaban acostumbrados a
sus escándalos, sobre todo porque Angie pegaba tremendos gritotes cada vez que
la madre salía y éste se la… Y bueno. El caso es que pelearon, y a la
desgraciada de Angie se le ocurrió gritarle algo como “y más vale que te
acuerdes siempre de mi nombre, pendejo. Porque nunca en tu pinche vida te vas a
olvidar de mi” —las risas vuelven a escucharse ante la voz de ardilla del
vagabundo—. Nah, no es que fuera dramática. Tenía como dieciséis años,
Angeliquita. Le gustaban chiquitas, al tipo éste.
—Chiquitas y
con carácter. Picosas les diría mi abuela.
—¡Exacto!
¿Cómo dices que te llamas? ¿Edén? Ándale, tú me comprendes. El caso es que
parece que fue así como le echaron la maldición. La maldición y todos los
platos de la cocina de la madre de Angélica, que luego ya no lo podía ver en su
casa porque quién sabe qué tipo de barbaján pedófilo era, que quería robarle la
inocencia a su retoñito. Si supiera la doña que a la Angie ya le decían en el
ce-ce-hache “La Mota”, porque te echabas un porro con ella y te dejaba con una
sonrisota… En fin. El caso es que desde ahí, cada vez que el tipo éste pasaba
más de cinco minutos sin decir el nombre de Angie, le daban unos ataques que en
serio, parecía que se estaba muriendo. Y casi siempre era cuando se peleaban,
porque en medio de las discusiones él reemplazaba los Angie, Angeliquita,
Angélica, Angelita por los clásicos: pendeja, zorra, perra… Bien dicen que del
amor al odio… ¿o era al revés? Total, que entonces, cada vez que discutían y al
tipo éste se le olvidaba decir “Angie”, se mareaba, empezaba a vomitar, a
enfermarse. Se ponía blanco, blanco. Exageradamente blanco, así como… en fin,
muy blanco. Y obviamente, la pelea paraba ahí. Nada más que para Angie era así
como sospechoso, porque la infame ni siquiera sabía que lo había maldecido. Y
entonces, ya saben, empezaba de pesada: “ay, no chingues. Ahora va a resultar
que estás embarazado y no quieres que te deje ¿no? Tus mamadas, de veras…” —tras su imitación de voz adolescente, que más
bien suena al tono de esposa abnegada, el vagabundo suspira con dulzura—. Ah…
Angie y su boquita de princesa…
Los seis
guardan silencio ante el estridente ruido del motor de un microbús que,
traqueteando, parece acercarse a la misma velocidad que una anciana usando una
andadera. Los cinco muchachos entornan los ojos, esperanzados, pero el microbús
pasa de largo hasta dar vuelta en Avenida Central, perdiéndose en la lejanía e
ignorante de la expresión decepcionada de ellos y el resto de los integrantes
de la fila.
El único
rastro que el vehículo deja es una estela de smog y un pesado olor a gas, que
de inmediato provocan un acceso de tos al vagabundo, quien debe tener los pulmones
ya bastante jodidos porque pareciera que está a punto de escupírselos en la
mugrienta palma de la mano.
—El caso… El
caso es que Angie… —carraspea, controlando por fin la tos—. El caso es que
Angie de todos modos terminó sucumbiendo a sus chantajes involuntarios. Además
porque le gustaba; digo, era universitario. Estudiaba Letras Inglesas en la
facultad de Filosofía, entonces aparte de todo, presumía que su novio sabía
inglés, pero no inglés gringo, sino británico. Y como no, Angeliquita lo obligó
a tomar clases de guitarra, para que se aprendiera todas las canciones de los
Rolling. De los Beatles no, porque según la Angie, esos eran bien fresas.
—Hija de la…
—¿Verrrr….dad
que sí, Iván? ¿Si te llamas Iván, no? Yo pensé lo mismo. En fin, pues ahí
tienen al tipo éste, tan enamorado que estaba de su Angie, aprendió a tocar la
guitarra. También cantaba, bien feo; qué digo feo, daba pena. Pero según él
cantaba, nada más porque la otra se lo pedía. Claro que la primera canción que
le hizo aprenderse fue Angie, cómo
no. Y ahí tienen al pobre cantando… Angie… Aaaaaangieeeee… Y bueno, podría
decirse que ese fue el principio del fin.
—Imagino que
nadie lo soportaba allá. Qué lata, Angie por aquí y por allá.
—No creo,
Luis. Como que tampoco iba gritándolo.
—Ese es el
problema, preciosa —interrumpe el vagabundo—. Con un poco de tiempo se fue
dando cuenta que la real maldición no era estar repitiendo el nombre de Angie,
sino que alguien le escuchara repetir
el nombre de Angie. Podía pasarse haciendo planas con la voz: Angie, Angie,
Angie… pero si nadie le oía, igual empezaba con sus achaques.
—Qué mal gusto
—murmura Elizabeth.
—No; qué…
—Peeeeen…sar
que sí, eso le trajo muchos problemas. Imagínense: primero con sus amigos, que
como era de esperarse, ya estaban hasta la coronilla de que siempre estuviera
hablando de Angie. Y como era muy extraño que de pronto dijera el nombre de
Angie sin motivo aparente, tuvo que usar estrategias. En todas las pláticas, cada
vez que alguien contaba una anécdota, el tipo éste escuchaba y cuando ya no
aguantaba más, siempre salía con que Angie, o él y Angie, habían pasado por una
situación parecida. Si alguien presumía de algún talento, ya fuese propio o de
un conocido, Angie siempre sabría hacerlo también. O quizás no, de tal manera
que todos se le quedaban mirando con cara de “¿y luego?”. En fin, que Angie
terminó siendo conocida como todo un estuche de monerías y él, como un idiota
obsesionadísimo con su novia y mitómano en potencia. Al final, ya nadie podía
mantener una conversación con él, a nadie se le antojaba saber hasta el color
de los calzones de Angie, y el tipo éste se quedó poco a poco sin amigos. Sin
escuela también: lo corrieron de todas las clases porque ni los profesores
soportaban que interrumpiera nada más para hablar de su novia. Hubiera pasado
en extraordinarios, pero de nada más pensar en el nombre de Angie, ni cabeza
tenía para estudiar. Y la familia, ¡ay, la familia!
—O sea que se
quedó jodido, el pobre.
—Más que
jodido. Ya ni siquiera podía dormir en paz, porque apenas se quedaba dormido,
empezaba a convulsionarse, más muerto que vivo. ¿Y a quién le iba a llamar para
hablarle de Angie, si ya se había quedado sin amigos y no se atrevía a
despertar a los hermanos o a los padres? Porque digo, el amor filial se acaba
cuando empiezan las horas de sueño.
—Pues a Angie.
—Elemental, mi
querido Watson —el vagabundo chasquea los dedos en dirección a Luis—. Al
principio, a la Angie se le hacía muy romántico. El encanto del detalle le duró
una semana, pues Angie era de buen dormir. Total, que terminó mandándolo muy
lejos, y pues el tipo éste, aferrado como buen hombre enamorado y sobre todo,
maldecido, no dejó de buscarla. Al final tuvo resultados: manguerazos de agua
fría y una orden de restricción que la madre consiguió cuando fue a demandarlo al
Ministerio Público. Resultados negativos, pero los tuvo.
—¡Qué bruja!
—No, preciosa.
Bruja la madre de Angie, que el tipo éste se enteró poco después que la doña
tenía mala fama y unos familiares muy reconocidos en Catemaco. Al parecer,
Angeliquita hermosa terminó sin querer heredando los talentos de la ‘ñora.
Privilegios de primogénito, a lo mejor.
—¿Era la
mayor?
—En realidad
era hija única. Sí o sí debía cargar con el don familiar.
—¿Y luego?
—Luego… pues
pasó lo que tenía que pasar. Sin la escuela, la familia se negó a mantener al
tipo éste, además de que nunca duraba en los pocos trabajos que llegaba a
conseguir. En la mayoría ni siquiera lo aceptaba: imagina la mala impresión de
pasarte una entrevista hablando de la ex novia. Con Angie no hubo modo:
buscarla significaba cárcel y otro baño de agua fría. En fin, pues al final el
tipo éste, todavía demasiado enamorado de Angie…
Pero su
monólogo se interrumpe cuando un microbús, esta vez el correcto, se estaciona
delante la fila, en el paradero. Los estudiantes, la mayoría en estado beodo, son víctimas del deleite colectivo que significa por fin regresar a casa. Elizabeth,
Luis, Iván, Daniela y Edén se levantan sonrientes —no se sabe si es gracias a
la catarsis provocada por la llegada del camión o porque realmente se han
entretenido con la historia del vagabundo— y avanzan para ingresar al
descuidado pero económico medio de transporte, no sin antes dejar en la mano derecha
del hombre cinco pesos —en monedas de cincuenta centavos— y en la izquierda, un
sándwich de jamón, queso y lechuga que Daniela no se comió en el transcurso del
día.
Apenas arranca
el micro, otro vagabundo –que carece de abrigo pero porta un chaleco que apenas
y se le sostiene al cuerpo— llega para sentarse al lado del vagabundo original.
—¿Qué pasó? —pregunta
con el ceño fruncido al ver que, en la mano enguantada del vagabundo del chaleco, se sostiene una guitarra Yamaha a la que le falta una cuerda—. ¿No pudiste
vender a mi Angie?
—¿Quién la iba
a querer? Ya está igual de vieja que tú.
Con una mirada
que oscila entre la melancolía y el rencor, el vagabundo del abrigo negro toma
entre sus brazos flacos el descuidado instrumento que el otro anciano intenta
pasarle. Se la apoya entre las piernas y sus manos recorren con devoción la
curva que le recuerda tanto a esa cintura estrecha que desde hace más de
cuarenta años no ha vuelto a tocar. En tanto, el vagabundo del chaleco le
arrebata el sándwich de Daniela, chasqueando la lengua cuando se da cuenta que
está hecho con las tapas del pan. Tan entretenido está masticando que ni se
inmuta al escucharle entonar los mismos acordes, la misma letra de esa canción
que ya se sabe de memoria, pese a no saber inglés.
La lastimosa —y
fea— voz del vagabundo del abrigo negro se pierde en el rumor de la avenida
Rancho Viejo.
—
Angie… Angie… where will it lead us from here…?
-R.
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