Las cosas nunca se olvidan. Tan sólo se asimilan y se
aprende a vivir con ello.
Las horas viajan por tus manos y se te disgregan entre los
dedos como el agua del río de tus propios pensamientos. Las lágrimas pasan a
segundo plano cuando sientes que te ahogas en tu propia monotonía y las
sonrisas y palabras que antes eran como un respiro de vida ahora no son más que
recuerdos almacenados en aquel sótano descuidado en el que se ha convertido tu
corazón. Las preguntas se almacenan en tu mente como infracciones de tránsito,
aquellas que una y otra vez prometes que pagarás y nada más no ves el momento
de tirarlas a la basura.
Un gato solitario maúlla en el tejado y el eco de su aguda
voz resuena en las paredes de tu soledad. Y frente a tus ojos ves zozobrar a
tus ilusiones como aquel castillo de naipes que nunca pudiste completar. Y como
siempre, eres incapaz de responderle a tu subconsciente la razón del estado
anímico de tu alma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario