Resumen: Los mimos siempre le han causado más repulsión que simpatía. Sin embargo, a manos de uno de los seres que más odia en este mundo, está a punto de descubrir la verdadera elocuencia del silencio.
Género: Comedia, Romántico, Drama.
Clasificación: No menores de 13 años.
Palabras: 1,917
Disclaimer: Debido a que esto es un fanfiction, he de decir que los personajes protagonistas (al menos en cuanto a la descripción física) no me pertenecen, pero la trama de la historia sí, la cual es completamente ficticia. Me desligo completamente de responsabilidad si es que llegase a tener algún parecido con la realidad.
— ¡Mira, Dom! ¡Qué simpático!
—Linda… es sólo un mimo — replicó el muchacho, cansinamente. ¿Qué de simpático podía tener eso?
—No seas amargado. ¡Mira, ahí hay lugar!
Dominic Howard no pudo más que revolear los ojos para luego dejarse arrastrar hasta el tumulto de gente que se congregaba alrededor del sujeto en cuestión. Desde luego, la gran mayoría de los presentes eran niños acompañados por sus padres y/o madres. Sin embargo, podían apreciarse también algunas parejas adolescentes que como ellos, disfrutaban del paseo dominical típico de los romances jóvenes, topándose con las mudas ocurrencias del muchacho aquel, cuyo rostro artificiosamente empalidecido denotaba que probablemente no sobrepasaba –o ni siquiera alcanzaba— los veinte años.
Si la memoria no le fallaba, la improvisada puesta en escena llevaba aproximadamente un mes interrumpiendo la habitual pasividad de la plaza. Treinta días en los que Cristina, su adorada novia, señalaba siempre en dirección al mimo con la clara intención de acercarse a contemplar sus payasadas. Un mes de evasivas por parte de Dominic, quien detestaba con todo su británico ser a los mimos, payasos, arlequines, pierrots y cualquier otro espécimen maquillado que se le pareciera. ¿La razón? Que por alguna causa seguramente metafísica, o algún castigo divino –resultado seguramente de una vida anterior poco benévola—, a estas desagradables criaturas les resultaba tremendamente divertido meterse con él. Dígase de fiestas infantiles, carnavales, obras de teatro interactivo o cualquier otro espectáculo semejante; de las posibles veinte, cien, doscientas personas asistentes, el rubio siempre resultaba elegido como víctima de sus aplaudidas burlas.
Y desde luego, esta vez no sería la excepción. Después de todo, es una irrevocable ley de vida que si hay probabilidad de que algo salga mal, seguramente resultará mal.
Pero Dominic no llegaba siquiera a considerar hacer caso a ese tal Murphy. Más resignado que otra cosa y de pie a un lado de Cristina, atinó sólo a cruzarse de brazos con actitud indiferente. Su expresión incluso irritada contrastaba enormemente con las risas y muecas alegres del resto del público, completamente prendado por la simpatía del mimo.
El muchacho tenía talento, desde luego. Con sus lánguidos movimientos, eternamente espontáneos y cómicos, resultaba imposible pensar que fuesen actos premeditados o incluso ensayados. Sus vivaces gestos faciales eran tan expresivos que podían, sin duda alguna, reemplazar incluso al mejor chiste jamás contado, o al poema mejor declamado. Con un perfil como ese no se corría riesgo de transmitir la idea o sentimiento equivocado; a menos claro, que el interlocutor no se tratase de un ser con demasiadas lucen encendidas o perteneciera más bien al estatus distraído –como era el caso de Dom—. De no ser por la evidente corta edad del muchachito y omitiendo ciertos detalles que solamente son capaces de vislumbrarse en el desempeño de un novato, se podría hasta afirmar que se trataba de un actor profesional.
Claro que todo eso a Dominic le importaba menos que un pepino. Howard se limitaba a mirar hacia todos lados con aire ausente, sin buscar nada o a nadie en especial; hasta que, finalmente, víctima del más cruel de los aburrimientos, se dispuso a encender un cigarrillo que le mantuviera entretenido el resto del acto. Ese fue su gran error; había olvidado completamente la regla de oro:
Dale a un mimo un motivo para imitarte y no te lo quitarás de encima el resto del día; haz algo que te haga resaltar del resto de la gente y considérate condenado.
El humo escapó de sus labios en una fina línea, que ascendió al cielo para luego diluirse en el a aire gracias la placentera brisa veraniega. Aparentando inclusive un par de años más de los que realmente poseía, y con una clara actitud de sentirse al menos no rey del mundo, pero sí del campus, observó el humo por unos segundos, con la vista perdida en algún punto extraviado del cielo. Aprovechando el tedio, se demoró en esa posición todo lo que quiso, y al bajar el rostro de nuevo, se encontró con que la mirada de ese actorcillo de tercera estaba demasiado fija en la propia. Incluso por encima del hecho de que el muchacho fingía pasear a un perro extremadamente agresivo –Dominic supuso que era un Rottweiler especialmente rabioso—, la intensidad del contacto visual era tal que el rubio reparó entonces en el color celeste de los ojos ajenos. Color que le pareció atisbar, brillaba con esa malicia que solo aquel tipo de seres endemoniadamente maquillados conocía.
“Ay, no…”
Oh, sí. Dominic imaginó de pronto que sus párpados demoraban siglos en subir y bajar, puesto que en un abrir y cerrar de ojos –literalmente—, el mimo había arreglado cualquiera que fuese el problema con su descarriada mascota y ahora estaba de pie a un escaso medio metro de su persona, inclinado hacia adelante y con los dedos índice y medio extendidos frente a sus labios carmín intenso, separados apenas unos milímetros, como sosteniendo algo delgadísimo entre estos. A Howard le llevó un par de segundos más procesar que el descolorido personajillo le estaba pidiendo fuego.
— ¡Tu encendedor, Dom! — lo apuró la divertida voz de Cristina, convencida de que su novio no había captado todavía el mensaje.
Derrochaba entusiasmo. Probablemente tenía que ver el hecho de encontrarse tan cerca del centro de atención, pues Dominic sabía de antemano que si a Cris —y a la ya casi veintena de muchachas del gentío— le llamaba la atención el jodido mimo, no era precisamente por sus dotes actorales. De cualquier modo, y sintiéndose incomodísimo por ser el blanco de casi cincuenta pares de ojos, no tuvo más remedio que sacar de nuevo el mechero y encender el invisible pitillo con su mano izquierda. No le sorprendió que este tardara más de lo debido en arder. Soltó un suspiro y miró al cielo por una fracción de segundo, con un indudable “¿Por qué a mí?” tatuado en su faz.
Sin embargo, tuvo ganas de arrojarse desde la punta del Big Ben y aterrizar de cara al piso cuando, posando nuevamente sus ojos en el mimo, distinguió su propia angustia reflejada en el maquillado rostro de este. Eso sí, con el sentimiento multiplicado por doscientos y acompañado con un dramático ademán de suspiro. La tortura había comenzado.
Una desganada sonrisa se le dibujó en los labios cuando a sus espaldas escuchó las risas de los transeúntes reunidos en la plaza, a la cual se sumaba la cantarina voz de Cristina. Se llevó de nuevo el cigarrillo a la boca y apenas reaccionó cuando el muchacho imitó todos sus movimientos, contrarios a la dirección de los propios, con evidente exageración. Más, casi se asustó cuando pretendió arrojar la ceniza del cigarrillo al piso, pues apenas levantaba una mano, el mimo lograba sincronizarse perfectamente con él. Era como estar observándose al espejo; “un espejo bastante siniestro”, pensó. Así pues, prefirió mantenerse estático. No tenía intenciones de darle más cuerda a ese desgraciado.
Pero como era de esperarse, aquello no fue impedimento para que el mimo se inventara una dramatización de lo que al parecer, era un día en la vida de ese rubio con expresión amargada que fumaba como locomotora: ya sea caminando, estudiando o trabajando, nunca se olvidaba de mantener la mano izquierda en alto, sosteniendo el pitillo a medio consumir, golpeándolo de vez en cuando con el dedo índice para sacudirle la ceniza acumulada. El incremento en la irritación de Dominic no se hizo esperar; que él no era tan torpe, tan descuidado, tan desafortunado ni mucho menos tan amanerado como el otro —y ahora el resto de la gente, novia incluida— suponía.
Pero la burla de ello no se comparó en nada con la carcajada general que sacudió la plaza cuando, una vez el mimo atisbó el llamativo color amarillo de los pantalones ajenos, se llevó las manos al rostro, cubriéndose los ojos, víctima al parecer de un terrible deslumbramiento por parte de la prenda ajena. Dominic ya tenía suficiente. Con lo poco intacto que quedaba de su dignidad, tiró la colilla del cigarro al piso, aplastándola con la punta del pie y sin más, se giró para darle la espalda al imitador, desapareciendo entre la multitud mientras Cristina le llamaba con gritos que eran mitad indignación, mitad diversión por la reacción de su novio.
Aún con el Sol oculto, y la Luna como la fuente de luz más potente, el calor propio de la estación impedía que desde hacía rato la brisa nocturna causara estragos en su salud, pues en cuestión de estado anímico no podía estar más arruinado. La visión de Dominic resultaba patética a sus propios ojos y a los de algunos transeúntes que le miraban de reojo patear una lata de soda vacía, caminando sin dirección alguna y con las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta. El diagnóstico era evidente: mal de amores que seguramente había intentado ahogar con un par de tragos, que desde luego no habían servido más que para aumentarle el desconsuelo que se reflejaba en su desdichada faz.
Expresión que no le duró mucho tiempo cuando cayó en cuenta que estaba de regreso en la plaza, ahora vacía. A excepción de un muchacho, vestido con pantalón negro, camiseta blanca y suspensores, que se frotaba el rostro con una toalla, sentado en una de las banquitas del lugar. Dominic no necesitó del maquillaje para reconocerlo: era ese sujeto el culpable de sus desgracias; sus guasas eran las causantes de que su enojo con Cristina terminase en una riña de mayores proporciones. Envalentonado debido a su estado ligeramente alcoholizado, el rubio caminó resueltamente hasta él. Sólo hasta que el mimo lo tuvo enfrente, interrumpió su tarea de aseo, levantando el rostro con expresión curiosa.
—Te crees muy gracioso ¿no?
El muchacho ladeó el rostro, aparentemente sin reconocerlo o comprender sus intenciones. Enarcó una ceja, expectante a que su interlocutor abriera la boca nuevamente.
—Pues a mí no me haces una puñetera gracia ¿entiendes? — escupió el rubio con furia.
Pero el mimo continuaba sin hablar. Se limitó a negar con la cabeza, levantándose para guardar la toalla dentro de su atestado morral, ignorando al sulfurado rubio.
— ¿Qué? ¿Te comieron la lengua? ¡Habla, estúpido, que no estoy para tus jueguitos! – gritó, extendiendo los brazos a los lados. Pero el mimo pasó olímpicamente por alto su reclamo, colgándose el bolso al hombro y alejándose de ahí, lo que fue suficiente para hacerlo explotar.
— ¡No me ignores, payaso de mierda!
Y contrario a su actitud normalmente pacifista, le alcanzó, tomándolo del hombro para girarlo y lanzarle un puñetazo directo al rostro, que tomó al otro completamente desprevenido, desplomándose en el piso. No le escuchó quejarse, más sonrió complacido cuando atisbó su expresión adolorida y la sangre de su labio roto. Se agachó, dispuesto a tomarlo del cuello para continuar zurrándolo, cuando una alarmada muchacha llego disparada de quién sabía dónde, empujándolo hasta hacerlo caer de lado.
— ¿Y a ti qué te sucede, imbécil? – le espetó ella, arrodillándose en el suelo para auxiliar a su amigo—. ¿Cuál es tu problema?
— ¿Cuál es mi problema? ¡¿Cuál es su problema?! – repuso Dominic con vehemencia, poniéndose en pie—. ¿Así arregla sus problemas? ¿Ignorándome? ¿O es que se cree la gran mierda como para dirigirme la palabra?
— ¿Es que tú eres idiota o qué? – rugió la muchacha, poniéndose en pie junto con el mimo. El rubio casi retrocedió ante la mirada de profundo resentimiento que esta le lanzaba—. ¡Él no te estaba ignorando, grandísimo imbécil! ¡Él no puede oír ni hablar!
Dios mío. Debería estar duchándome porque viajo en un rato, pero justo me topé con esto.
ResponderEliminarMi primera y gran impresión: felicitaciones. Escribes la zorra. Las descripciones del estado anímico de Dominic, su repulsión por los payasos y su reacción ante el show del mimo me fascinaron, en serio, no pretendo escatimar en elogios. Eres MUY buena, te felicito.
Quiero citar esta parte:
“Ay, no…”
Oh, sí. Dominic imaginó de pronto que sus párpados demoraban siglos en subir y bajar, puesto que en un abrir y cerrar de ojos –literalmente—, el mimo había arreglado cualquiera que fuese el problema con su descarriada mascota y ahora estaba de pie a un escaso medio metro de su persona, inclinado hacia adelante y con los dedos índice y medio extendidos frente a sus labios carmín intenso, separados apenas unos milímetros, como sosteniendo algo delgadísimo entre estos. A Howard le llevó un par de segundos más procesar que el descolorido personajillo le estaba pidiendo fuego.
— ¡Tu encendedor, Dom! — lo apuró la divertida voz de Cristina, convencida de que su novio no había captado todavía el mensaje.
Coño, que morí. La imagen mental del mimo encima de él, simulando pedirle fuego fue demasiado divertida. Admito que a mi tampoco me caen muy bien los mimos y payasos, entonces empaticé un poco con Dominic, pero igual es un hijoeputa. Qué pesado! Ah! Y Cristina! Me calló muy bien ella, aunque me gustaría poder imaginármela mejor físicamente. Es como la típica muchacha entusiasta y risueña.
En la parte final, al principio pensé que el mimo lo ignoraba para no caer en el juego, pero más pronto que tarde me cayó la teja y me dije "AAAAHH, ESTE HUEÓN ES MUDO!" Y así fue. Qué shock para Dominic, se debió sentir como el hoyo.
En verdad espero que continúes esto, porque promete ene. Escribes con mucha calidad, te admiro.
Te he interrumpido antes de entrar a la ducha xD lo lamento.
EliminarMe alegra muchísimo que te haya gustado. Admito que cuando leí tu comentario me dio mucha ilusión, porque me encanta como escribes, y que te hayas dado el tiempo de leer y comentar para mí vale mucho. De verdad, gracias!
Me alegra saber que las descripciones en cuanto a los movimientos del mimo se entendieron y pudieron crear imágenes mentales. Lo admito, yo me divertí montones molestando a Dom, y bueno, dado que el fic es en gran parte comedia, al menos cumplió su cometido con hacerte reír un poquito. La idea era que igual, quien leyera empatice con Dom, puesto que generalmente los mimos son bastante "despreciados" por lo que hacen, aunque al final de cuentas sea su modo de vida, su chiste. En lo personal, los mimos no me causan mayores conflictos, pero los payasos sí: ¡me aterran! así, feo, feo. No viene al caso pero igual tenía que comentarlo xD en ello (y en algunas experiencias de conocidos) me basé para escribir la perspectiva de Dom.
En el próximo cap espero dar una mejor descripción de Cristina, o en su defecto, subir una foto para que puedas imaginarla mejor.
Y bueno, de nuevo, gracias por leer y comentar. Nos vemos en la próxima actualización, ya veremos si Dom realmente se sintió como el hoyo :P
QUE NO TE IMAGINAS TODO LO QUE ME HA GUSTADO ESTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!!!! <3
ResponderEliminarEscribes precioso y y y no sé cómo expresarme, estoy hiperventilada XD Me gustó mucho. Mucho así como MUCHO! El detalle de que a Dom le apesten los mimos me dejó loca (a mí me pseudo-gustan, pero me dan miedo :P es raro...), me encantó toda la descripción sobre el 'rechazo' que siente al ver a Matt, pero creo que es entendible (yo también he sido objeto de ''burlas'' y no, no es muy entretenido xD). Y el hecho de que Dom terminara peleándose con Cristina "por culpa del mimo" fue simplemente... perfecto.
Sobre Matt: creo que sería el primer mimo de la historia que me encantaría conocer :D jajajaja. Cuando Dom va a enfrentarlo y Matt no dice ni "huh?" automáticamnte asocié la situación al título y me dije "no puede ser :(" pero claro, Matt es mudito... qué pena me dio eso :(
Siento que tiene mucho mmm, cómo decirlo, potencial? Este fic. Sea cortito o sea largo, da igual, la historia en sí ya partió excelente :D espero con ansias la siguiente parte!
¡Me alegra mucho que te haya gustado! Especialmente porque bueno, la premisa fue tuya, y es lo que me ha animado a escribir esto.
EliminarxD entiendo tu punto. En lo personal los mimos no me provocan rechazo, aunque a veces sí son medio tétricos. Los que sí me dan miedo -que no soporto porque se me acercan y en serio, lloro xD- son los payasos. Pero con los demás de la "especie" no tengo inconvenientes. Pero sí, entiendo eso de que es fastidioso que de pronto cierto personajillo te tome como el centro de sus burlas. Y bueno, conozco a personas que realmente les pasa lo que a Dom: los mimos los siguen y se ensañan con ellos por la misma cara de mal genio que portan al ser fastidiados. Igual a mí me pasa, que esas personas son las más divertidas de molestar; así que me divertí muchísimo molestando a Dom :P
Jaja bueno, el título dice mucho. Demasiado revelador, creo. Pasa que yo apesto para los títulos ): fue la opción "menos peor" que se me ocurrió.
Muchísimas gracias por leer y comentar (: nos vemos en la siguiente actualización. Que yo espero sea semanal, al igual que espero el próximo cap sea más larguito. :D
HDLIUT´4TPHSRT EN SERIO AMÉ, ADORE TU FORMA DE ESCRIBIR <333 Es que djkfkd es tan, no sé, profesional (? no se me ocurre una palabra adecuada. En fin, si, recién estoy empezando a leerlo, pero me encantó, más que todo por como escribes, ya que no suelo meterme en los fics de una, soy shuer lenta (?
ResponderEliminarxD Profesional? ¿De dónde?
EliminarComo sea, muchísimas gracias por pasar a leer y mucho más, por pasar a comentar. Eres bienvenida. Me alegro que te haya gustado.
Y descuida, que yo también ando lenta para escribir, así que estamos en las mismas xD
lo acabo de leer es hermoso
ResponderEliminarfelicidades ala autora la segire
!!!!!!!!!!